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EL SANTO QUE NO MATÓ NINGÚN DRAGÓN (Y AL QUE EL PROPIO VATICANO CANONIZÓ SIN SABER MUY BIEN QUÉ HABÍA HECHO)Hoy es 23 de...
23/04/2026

EL SANTO QUE NO MATÓ NINGÚN DRAGÓN (Y AL QUE EL PROPIO VATICANO CANONIZÓ SIN SABER MUY BIEN QUÉ HABÍA HECHO)

Hoy es 23 de abril. En Aragón se regalan libros y borraja. En Cataluña se regalan libros y rosas; y media Europa se sacan los pendones a la calle para celebrar a un hombre del que, en rigor, no sabemos casi nada. Un tipo que, con total seguridad, no mató ningún dragón y al que el papa Gelasio I, allá por el año 494, tuvo que admitir en el santoral con una frase que es una joya de la diplomacia vaticana: lo incluyó junto a aquellos cuyos nombres «son justamente reverenciados, pero cuyos actos solo son conocidos por Dios». Que viene a significar que lo canonizaron sin tener la más remota idea de qué había hecho el buen hombre. Empezamos bien.

La tradición nos dice que Jorge fue un soldado de Capadocia (hoy, Turquía) al servicio del emperador Diocleciano, que murió mártir por no querer renunciar a su fe cristiana. Eso es, en esencia, todo lo que la historia puede certificar con cierta solidez. Lo demás es una montaña de capas superpuestas: la devoción popular de Oriente, los cruzados con ganas de un santo guerrero, un fraile dominico del siglo XIII con demasiada imaginación, y siglos de pintores ávidos de un buen tema con dragón y doncella en apuros.

A partir de ese 494, comenzaron a surgir las historias apócrifas sobre su vida. Funciona así la maquinaria del santoral: primero canonizas, luego ya se inventa algo. En realidad no tenemos información histórica sobre San Jorge, y el único dato cierto es su martirio, que tuvo en Palestina el 23 de abril del año 303. Lo del dragón llegó varios siglos después, cuando alguien decidió que un mártir anónimo necesitaba mejor currículum.

En el siglo IX aparece la popular historia de san Jorge a caballo como vencedor de un dragón, y pega el gran pelotazo con Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova, en su "Legenda sanctorum", una colección de fábulas sobre santos que acabó conociéndose como la Leyenda Dorada, y que tuvo una gran influencia en la extensión de la leyenda de San Jorge en Occidente, y en la literatura y la pintura. El relato ubica la hazaña en Silene, Libia. Un dragón exigía sacrificios humanos y, cuando le tocó a la hija del rey, apareció Jorge para despachar al bicho de una lanzada. Como recompensa, el caballero no pidió oro, sino que todo el pueblo se bautizara. Demasiado perfecto para ser verdad. Y, en efecto, no lo era.

Lo que nadie menciona mucho en los actos oficiales de hoy es que la historia de Jorge y el dragón tiene muchos elementos comunes con el antiguo mito griego de Perseo y Andrómeda Wikipedia, que a su vez lo había tomado de tradiciones orientales aún más antiguas. Algunos historiadores consideran que en Capadocia pudo haber una integración de elementos paganos, y que un posible predecesor de San Jorge es el dios frigio Sabacio, cuya imagen a caballo arrollando una serpiente sería el origen de la popular representación del santo sobre un caballo blanco. La Iglesia, siempre pragmática, sabía que es más fácil cambiar el santo que quitarle al pueblo su leyenda.

El negocio funcionó de maravilla. Jorge se convirtió en la «franquicia» más exitosa de la Edad Media. Fue paladín de cruzados y templarios; Ricardo Corazón de León lo adoptó para Inglaterra y Aragón hizo lo propio tras la batalla de Alcoraz en 1096, donde supuestamente el santo apareció a caballo para ayudar a las huestes de Pedro I. Incluso en Georgia se le venera con tal fervor que muchos creen que el nombre del país viene de él (aunque, siendo rigurosos, el nombre deriva del persa gurgan, «tierra de lobos»).

Así que, feliz San Jorge, Sant Jordi o como lo llamen en su tierra, que atiende en una docena de idiomas.
l

22/04/2026
19/04/2026

Usted vive en un planeta donde los árboles se avisan del peligro
a través de raíces que se tocan bajo la tierra.

Donde los pulpos sueñan en colores.

Donde los elefantes vuelven a los huesos de sus mu***os y se quedan allí en silencio, como recordando.

Donde las abejas bailan para decirse adónde volar.

Donde las flores florecen después del fuego, como si el renacer fuera su manera de hablar.

Donde los cuervos recuerdan los rostros crueles y enseñan a sus hijos a reconocerlos.

Donde las hormigas hacen ciudades con túneles y puentes invisibles al ojo apurado.

Donde los gatos ronronean con una frecuencia que puede ayudar a sanar huesos.

Donde las ballenas cantan canciones que cruzan los océanos y cambian un poco en cada encuentro.

Donde las ardillas adoptan crías huérfanas y las cuidan como propias.

Donde los delfines se llaman entre sí por su nombre, y los caballos reconocen el sonido de una voz amiga.

Donde las mariposas recuerdan rutas de migración que sus antepasados siguieron muchos veranos atrás.

Donde los hongos crean redes infinitas bajo la tierra, ayudando a los bosques a respirar unidos.

Donde los lobos cuidan a sus mayores y cantan juntos a la luna.

Donde las luciérnagas vuelven a encender la noche para que los grillos tengan algo que cantar.

Donde los peces se agrupan para protegerse, moviéndose como si fueran un solo cuerpo.

Donde las tortugas regresan año tras año al mismo lugar donde nacieron.

Donde los árboles viejos guardan en sus anillos la historia del clima, del tiempo y del hombre.

Donde la vida, incluso en silencio, se acuerda del beso de la luz.

Usted vive ahí.
En un mundo que siente,
que cuida,
que recuerda.

Feliz día :)

El mejor antídoto… PerdónCurso El Libro de tu Vida
14/04/2026

El mejor antídoto… Perdón
Curso El Libro de tu Vida

¿Qué ocurre cuando una mujer se casa con un hombre al que no ama, por darle gusto a sus padres, y ese hombre resulta ser...
06/04/2026

¿Qué ocurre cuando una mujer se casa con un hombre al que no ama, por darle gusto a sus padres, y ese hombre resulta ser el dictador más poderoso de la historia de México? ¿Acaso el deber puede convertirse con el tiempo en algo parecido al amor? ¿Y qué queda de una esposa que no puede dar hijos, que en su época eso era imperdonable, pero que logra hacer algo aún más difícil: domesticar al viejo zorro de la guerra, enseñarle a comer con cubiertos y a no escupir en la alfombra?

En Oaxaca, después de casada, Carmelita tuvo que aprender a congeniar con el temperamento reservado y las sencillas costumbres militares de Porfirio Díaz. No era tarea fácil. El general había pasado la mayor parte de su vida en campañas, durmiendo al raso, comiendo lo que hubiera, mandando a hombres que le temían y le obedecían sin cuestionar. Ahora, una mujer joven, educada en la buena sociedad, tenía que enseñarle modales. Los domingos, después de misa, salía a pasear en carruaje con su marido. Visitaban su hacienda, La Noria, y las de algunas amistades. Era una vida tranquila, ordenada, muy distinta del caos de las batallas.

En 1883, por fin pudieron hacer su viaje de bodas. No fue un viaje cualquiera. Porfirio Díaz sería el delegado de México en la Exposición Internacional de Saint Louis, Missouri. Aprovecharon para recorrer Estados Unidos. En un viaje que duró diez semanas, recorrieron once mil millas, por mar y por tierra. Visitaron Monterrey, San Antonio, Austin, Nueva Orleans, Pittsburgh, Chicago, Búfalo, Niágara, Washington y Nueva York. Fueron invitados a veintiséis recepciones formales y a otras tantas informales. Porfirio Díaz, que en México era visto por muchos como un dictador sanguinario, logró en Estados Unidos el reconocimiento como político y estadista. Además, consiguió importantes convenios de inversión para México. Carmelita, a su lado, sonreía, conversaba, encantaba a los anfitriones. Era la esposa perfecta para un hombre que necesitaba lavar su imagen.

En Nueva York, decidieron visitar al exiliado expresidente Sebastián Lerdo de Tejada. Lerdo era el padrino de Carmelita, el hombre que la había cargado en brazos cuando era niña, el que la había visto crecer. Pero también era el enemigo jurado de Porfirio Díaz, el hombre a quien Díaz había derrocado en la batalla de Tecoac, el que llevaba cinco años exiliado, viendo desde lejos cómo su país se transformaba bajo el mando de su adversario. Carmelita le escribió una carta, hermosa y desgarradora, en la que intentaba tender un puente:

"Mi muy querido padrino: […] Si usted supiera que bueno y generoso es mi marido, le perdonaría usted todos los males que involuntariamente le ha causado. Él está deseoso de que usted vuelva a México, tan deseoso como papá y mamá; sus enemigos lo calumnian presentándolo como un hombre cruel y rencoroso, siendo el reverso, humanitario y generoso como pocos. Hoy irán a verle, y como no dudo que usted los recibirá, ya me preparo yo para tener la gran dicha de verlo y quizá volveremos juntos a México…"

Sebastián Lerdo de Tejada se negó a recibirlos. El rencor, esa herida que no cicatriza con el tiempo, era más fuerte que el cariño que alguna vez le tuvo a su ahijada. Nunca le perdonó a Carmelita que se hubiera casado con Porfirio Díaz. Pero ella no se rindió. Insistió con otra carta, aún más íntima, aún más reveladora:

"Muy querido padrino: Si continúa usted disgustado con papá, no hay motivo para que usted persista en estarlo conmigo. Sabe usted, mejor que ninguno, que mi matrimonio con el general Díaz, fue obra exclusiva de mis padres a quienes, por darles gusto, he sacrificado mi corazón, si sacrificio puede llamársele el haber dado mi mano a un hombre que me adora y al que yo solo correspondo con filial cariño… No temo que Dios me castigue por haber dado este paso, pues el mayor castigo será tener hijos de un hombre a quien no amo; no obstante, lo respetaré y le seré fiel toda la vida. No tienes nada, padrino, que reprocharme. Me he conducido con perfecta corrección dentro de las leyes sociales, morales y religiosas."

Las cartas de Carmelita son un testimonio estremecedor de lo que significaba ser mujer en el México del siglo XIX. No se casó por amor. Se casó por obediencia. Y aunque respetaba a su marido, aunque le era fiel, aunque aprendió a quererlo con el tiempo, en el fondo de su corazón siempre hubo un vacío. El vacío de no haber podido elegir.

Para bien o para mal, Carmelita no pudo casarse con José Martínez Negrete, el hombre de quien estaba enamorada. Quién sabe si hubiera sido feliz en ese posible matrimonio. La vida es impredecible. Carmelita resultó estéril, algo que en una mujer de esa época se consideraba imperdonable. Una esposa que no podía dar hijos era una esposa fracasada, aunque su marido fuera el presidente de la república. Quizá, con José, tampoco hubiera tenido un largo matrimonio. Para cuando escribió aquella carta a su padrino, José ya había fallecido, a la edad de veintiocho años, durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló el puerto de Mazatlán. El amor de su vida había mu**to joven, sin que ella pudiera despedirse. El destino, a veces, es cruel de maneras que ni la poesía puede explicar.

Carmelita no pudo tener hijos, pero aceptó a los tres hijos del general Díaz, que tenían catorce, ocho y seis años de edad. Y adoptó como hijo al propio general Díaz. Porque eso hizo realmente: lo adoptó. Le enseñó a subir las escaleras sin correr, a comer con cubiertos, a no hablar mientras masticaba los alimentos y a no escupir en la alfombra. También le recortó el bigote y le blanqueó el color de la piel, evitando que se expusiera demasiado al sol. La mujer que no pudo ser madre se convirtió en la madre de su propio marido. Y él, el hombre más poderoso de México, el que había derrotado a ejércitos enteros, el que había gobernado con mano de hierro durante décadas, se dejó domesticar. No por amor, quizás, sino por algo más profundo: la necesidad de tener a alguien que lo cuidara.

Si bien no tuvieron hijos, los unió algo quizá superior al amor: "Ser la pareja que mostraba a México y al mundo lo que era la estabilidad matrimonial". En una época donde los políticos cambiaban de esposas como de camisa, Porfirio Díaz se mantuvo fiel a Carmelita. Todo hace suponer que fueron felices a pesar de la diferencia de edades. Porque el general Díaz, que en su juventud había tenido amoríos pasajeros, después de casarse con Carmelita, ya no tuvo otros. No se sabe si fue por fidelidad o por cansancio. Pero el hecho es que se convirtió en un esposo ejemplar.

Carmelita acompañó a don Porfirio al destierro. Cuando la Revolución estalló y el viejo dictador tuvo que huir de México, ella no lo abandonó. Fue con él a París, donde vivieron sus últimos años en el exilio, lejos de todo el poder que habían acumulado. Y estuvo presente a la hora de su muerte. Escribió después, con el dolor de quien ha perdido a su compañero de toda una vida:

"Cuando le cerré los ojos y lo besé por última vez, creía morir también. Realmente el corazón sucumbiría al dolor si no sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan sólo pasajera ausencia."

No era el amor apasionado de los poemas. Era algo más sólido, más terrenal. Era el amor que nace de compartir la vida, las p***s, las alegrías, las derrotas. Era el amor de una mujer que se casó sin amar y que, con el tiempo, aprendió a querer. No a la manera de las novelas, sino a la manera de la vida real.

Ella regresó a México veinte años después. Murió el 25 de junio de 1944, a una edad avanzada, habiendo sobrevivido al general por casi tres décadas. En sus últimos años, vivió tranquila, recordando quizás aquellos domingos en Oaxaca, aquellos paseos en carruaje, aquel hombre de bigote recortado que aprendió a comer con cubiertos por ella.

La historia de Carmelita es la historia de una mujer que no pudo elegir a quien amar, pero que supo construir un amor donde otros solo habrían encontrado resignación. No fue la esposa apasionada de los cuentos románticos. Fue algo más valioso: fue una compañera leal, una madre adoptiva, una civilizadora de caudillos. Y aunque la historia recuerda a Porfirio Díaz como dictador, a ella la recuerda como la mujer que, sin aspavientos, sin discursos, sin reclamar nunca su lugar, logró humanizar al hombre más temido de su tiempo. Eso, quizás, es un poder más sutil pero no menos real que el de gobernar un país.

© Edición protegida por Asombroso | Basado en material de: Fuente original: Archivo General de la Nación (México), cartas personales de Carmelita Romero Rubio, biografías de Porfirio Díaz, hemeroteca de la época porfiriana, testimonios de la familia Díaz, documentos del exilio en París, registros históricos de la Ciudad de México | Compartir solo con créditos:

Mi tía fue la oveja negra de la familia.Eso decían todos.Que era inestable.Que cambiaba mucho de trabajo.Que nunca sentó...
22/03/2026

Mi tía fue la oveja negra de la familia.

Eso decían todos.

Que era inestable.
Que cambiaba mucho de trabajo.
Que nunca sentó cabeza.
Que siempre andaba “buscándose”.

Yo crecí escuchando eso.
Así que aprendí a mirarla desde arriba.

Con lástima.
Con juicio.
Con distancia.

Cuando murió, fui al velorio por compromiso.

Vi mucha gente que no conocía.

Demasiada.

Una señora se me acercó y me dijo:

—Tu tía me dio trabajo cuando nadie me contrataba.
Otra me dijo:
—Pagó parte de los estudios de mi hijo.
Un hombre dijo:
—A mí me recibió en su casa tres meses.

Yo me quedé quieto.

Porque en mi familia la contaban como un fracaso.
Y afuera había un montón de personas hablándome de su generosidad como si hubiera sido gigante.

Después entendí algo brutal:

A veces la familia solo recuerda de ti lo que no encaja con sus expectativas.

Y el mundo, en cambio, sí alcanza a ver todo lo que hiciste con lo que te dolía.

(Tomado de la red)

🎤🧠 | Cantar no solo mejora tu ánimo: también fortalece tu sistema inmunológicoDiversos estudios en psiconeuroinmunología...
21/03/2026

🎤🧠 | Cantar no solo mejora tu ánimo: también fortalece tu sistema inmunológico
Diversos estudios en psiconeuroinmunología han evidenciado que cantar puede incrementar los niveles de inmunoglobulina A (IgA), un anticuerpo clave en la defensa de las mucosas frente a infecciones respiratorias. Al mismo tiempo, esta actividad contribuye a reducir el cortisol, hormona asociada al estrés crónico que debilita la respuesta inmune. La combinación de respiración controlada, estimulación emocional positiva y regulación neuroendocrina convierte al canto en una práctica accesible con efectos fisiológicos medibles.

Adicionalmente, el canto especialmente en grupo promueve la liberación de endorfinas y oxitocina, favoreciendo el bienestar psicológico y la cohesión social, factores indirectos que inciden en la salud integral. Si bien no sustituye intervenciones médicas, se posiciona como una estrategia complementaria de promoción de la salud, con evidencia moderada de impacto en la función inmunológica y la reducción del estrés.

Fuente: Fancourt, D. & Steptoe, A. (2010); Kreutz, G. et al. (2004) – estudios sobre canto, IgA y cortisol.

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