06/04/2026
¿Qué ocurre cuando una mujer se casa con un hombre al que no ama, por darle gusto a sus padres, y ese hombre resulta ser el dictador más poderoso de la historia de México? ¿Acaso el deber puede convertirse con el tiempo en algo parecido al amor? ¿Y qué queda de una esposa que no puede dar hijos, que en su época eso era imperdonable, pero que logra hacer algo aún más difícil: domesticar al viejo zorro de la guerra, enseñarle a comer con cubiertos y a no escupir en la alfombra?
En Oaxaca, después de casada, Carmelita tuvo que aprender a congeniar con el temperamento reservado y las sencillas costumbres militares de Porfirio Díaz. No era tarea fácil. El general había pasado la mayor parte de su vida en campañas, durmiendo al raso, comiendo lo que hubiera, mandando a hombres que le temían y le obedecían sin cuestionar. Ahora, una mujer joven, educada en la buena sociedad, tenía que enseñarle modales. Los domingos, después de misa, salía a pasear en carruaje con su marido. Visitaban su hacienda, La Noria, y las de algunas amistades. Era una vida tranquila, ordenada, muy distinta del caos de las batallas.
En 1883, por fin pudieron hacer su viaje de bodas. No fue un viaje cualquiera. Porfirio Díaz sería el delegado de México en la Exposición Internacional de Saint Louis, Missouri. Aprovecharon para recorrer Estados Unidos. En un viaje que duró diez semanas, recorrieron once mil millas, por mar y por tierra. Visitaron Monterrey, San Antonio, Austin, Nueva Orleans, Pittsburgh, Chicago, Búfalo, Niágara, Washington y Nueva York. Fueron invitados a veintiséis recepciones formales y a otras tantas informales. Porfirio Díaz, que en México era visto por muchos como un dictador sanguinario, logró en Estados Unidos el reconocimiento como político y estadista. Además, consiguió importantes convenios de inversión para México. Carmelita, a su lado, sonreía, conversaba, encantaba a los anfitriones. Era la esposa perfecta para un hombre que necesitaba lavar su imagen.
En Nueva York, decidieron visitar al exiliado expresidente Sebastián Lerdo de Tejada. Lerdo era el padrino de Carmelita, el hombre que la había cargado en brazos cuando era niña, el que la había visto crecer. Pero también era el enemigo jurado de Porfirio Díaz, el hombre a quien Díaz había derrocado en la batalla de Tecoac, el que llevaba cinco años exiliado, viendo desde lejos cómo su país se transformaba bajo el mando de su adversario. Carmelita le escribió una carta, hermosa y desgarradora, en la que intentaba tender un puente:
"Mi muy querido padrino: […] Si usted supiera que bueno y generoso es mi marido, le perdonaría usted todos los males que involuntariamente le ha causado. Él está deseoso de que usted vuelva a México, tan deseoso como papá y mamá; sus enemigos lo calumnian presentándolo como un hombre cruel y rencoroso, siendo el reverso, humanitario y generoso como pocos. Hoy irán a verle, y como no dudo que usted los recibirá, ya me preparo yo para tener la gran dicha de verlo y quizá volveremos juntos a México…"
Sebastián Lerdo de Tejada se negó a recibirlos. El rencor, esa herida que no cicatriza con el tiempo, era más fuerte que el cariño que alguna vez le tuvo a su ahijada. Nunca le perdonó a Carmelita que se hubiera casado con Porfirio Díaz. Pero ella no se rindió. Insistió con otra carta, aún más íntima, aún más reveladora:
"Muy querido padrino: Si continúa usted disgustado con papá, no hay motivo para que usted persista en estarlo conmigo. Sabe usted, mejor que ninguno, que mi matrimonio con el general Díaz, fue obra exclusiva de mis padres a quienes, por darles gusto, he sacrificado mi corazón, si sacrificio puede llamársele el haber dado mi mano a un hombre que me adora y al que yo solo correspondo con filial cariño… No temo que Dios me castigue por haber dado este paso, pues el mayor castigo será tener hijos de un hombre a quien no amo; no obstante, lo respetaré y le seré fiel toda la vida. No tienes nada, padrino, que reprocharme. Me he conducido con perfecta corrección dentro de las leyes sociales, morales y religiosas."
Las cartas de Carmelita son un testimonio estremecedor de lo que significaba ser mujer en el México del siglo XIX. No se casó por amor. Se casó por obediencia. Y aunque respetaba a su marido, aunque le era fiel, aunque aprendió a quererlo con el tiempo, en el fondo de su corazón siempre hubo un vacío. El vacío de no haber podido elegir.
Para bien o para mal, Carmelita no pudo casarse con José Martínez Negrete, el hombre de quien estaba enamorada. Quién sabe si hubiera sido feliz en ese posible matrimonio. La vida es impredecible. Carmelita resultó estéril, algo que en una mujer de esa época se consideraba imperdonable. Una esposa que no podía dar hijos era una esposa fracasada, aunque su marido fuera el presidente de la república. Quizá, con José, tampoco hubiera tenido un largo matrimonio. Para cuando escribió aquella carta a su padrino, José ya había fallecido, a la edad de veintiocho años, durante la epidemia de fiebre amarilla que asoló el puerto de Mazatlán. El amor de su vida había mu**to joven, sin que ella pudiera despedirse. El destino, a veces, es cruel de maneras que ni la poesía puede explicar.
Carmelita no pudo tener hijos, pero aceptó a los tres hijos del general Díaz, que tenían catorce, ocho y seis años de edad. Y adoptó como hijo al propio general Díaz. Porque eso hizo realmente: lo adoptó. Le enseñó a subir las escaleras sin correr, a comer con cubiertos, a no hablar mientras masticaba los alimentos y a no escupir en la alfombra. También le recortó el bigote y le blanqueó el color de la piel, evitando que se expusiera demasiado al sol. La mujer que no pudo ser madre se convirtió en la madre de su propio marido. Y él, el hombre más poderoso de México, el que había derrotado a ejércitos enteros, el que había gobernado con mano de hierro durante décadas, se dejó domesticar. No por amor, quizás, sino por algo más profundo: la necesidad de tener a alguien que lo cuidara.
Si bien no tuvieron hijos, los unió algo quizá superior al amor: "Ser la pareja que mostraba a México y al mundo lo que era la estabilidad matrimonial". En una época donde los políticos cambiaban de esposas como de camisa, Porfirio Díaz se mantuvo fiel a Carmelita. Todo hace suponer que fueron felices a pesar de la diferencia de edades. Porque el general Díaz, que en su juventud había tenido amoríos pasajeros, después de casarse con Carmelita, ya no tuvo otros. No se sabe si fue por fidelidad o por cansancio. Pero el hecho es que se convirtió en un esposo ejemplar.
Carmelita acompañó a don Porfirio al destierro. Cuando la Revolución estalló y el viejo dictador tuvo que huir de México, ella no lo abandonó. Fue con él a París, donde vivieron sus últimos años en el exilio, lejos de todo el poder que habían acumulado. Y estuvo presente a la hora de su muerte. Escribió después, con el dolor de quien ha perdido a su compañero de toda una vida:
"Cuando le cerré los ojos y lo besé por última vez, creía morir también. Realmente el corazón sucumbiría al dolor si no sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan sólo pasajera ausencia."
No era el amor apasionado de los poemas. Era algo más sólido, más terrenal. Era el amor que nace de compartir la vida, las p***s, las alegrías, las derrotas. Era el amor de una mujer que se casó sin amar y que, con el tiempo, aprendió a querer. No a la manera de las novelas, sino a la manera de la vida real.
Ella regresó a México veinte años después. Murió el 25 de junio de 1944, a una edad avanzada, habiendo sobrevivido al general por casi tres décadas. En sus últimos años, vivió tranquila, recordando quizás aquellos domingos en Oaxaca, aquellos paseos en carruaje, aquel hombre de bigote recortado que aprendió a comer con cubiertos por ella.
La historia de Carmelita es la historia de una mujer que no pudo elegir a quien amar, pero que supo construir un amor donde otros solo habrían encontrado resignación. No fue la esposa apasionada de los cuentos románticos. Fue algo más valioso: fue una compañera leal, una madre adoptiva, una civilizadora de caudillos. Y aunque la historia recuerda a Porfirio Díaz como dictador, a ella la recuerda como la mujer que, sin aspavientos, sin discursos, sin reclamar nunca su lugar, logró humanizar al hombre más temido de su tiempo. Eso, quizás, es un poder más sutil pero no menos real que el de gobernar un país.
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