27/11/2025
💊“EL DÍA EN QUE LA FIEBRE GANÓ: CRÓNICA DE UNA AUTOMEDICACIÓN QUE PUDO EVITARSE” 🕯️
La madrugada estaba inquieta. El llanto del bebé no cesaba y el termómetro marcaba una cifra que a cualquier madre le encoge el alma. En casa no había más que ese frasco que siempre había estado ahí, el que en otras ocasiones había servido para bajar la fiebre del hermano mayor. Parecía lo más lógico: una pequeña dosis, solo para aliviarle el malestar, solo hasta que amaneciera. Nadie imagina que el peligro puede esconderse en lo cotidiano.
Pasaron las horas y el niño dormía más de lo usual. Al día siguiente, su piel comenzó a adquirir un tono amarillento, primero en los ojos, luego en las manos. Al principio pensaron que era cansancio, o el reflejo de la luz. Pero la palidez cambió a un color que ningún padre debería ver.
En el hospital, las palabras fueron tan duras como inevitables: su hígado estaba gravemente afectado. Lo que se había dado con amor había superado la dosis segura y desencadenado una intoxicación que su pequeño cuerpo no pudo soportar. El medicamento que tenían en casa —ese mismo que parecía inofensivo— había cruzado la delgada línea entre la ayuda y el daño. La fiebre había cedido, sí… pero el precio fue demasiado alto.
Y así, el silencio que siguió a esa noche se convirtió en una lección que aún hoy se repite en cada servicio de urgencias: los medicamentos no son iguales para todos, y en los niños, cada miligramo importa.
El P4rac3tamol, usado correctamente, es un aliado seguro. Pero una mínima desviación en la dosis puede volverse una amenaza. No se trata de miedo, sino de precisión. En los pequeños, el margen entre el alivio y el peligro es tan estrecho que solo un profesional puede calcularlo con certeza.
Esta historia no busca culpas, sino conciencia. Porque en el afán de aliviar, muchos padres confían en la intuición, en la experiencia, en el consejo rápido de alguien bien intencionado. Pero la medicina no se improvisa. Cada gota, cada jarabe, cada cucharadita tiene detrás una ciencia exacta, una dosis que puede salvar o dañar.
El amor hacia un hijo se mide también en la prudencia de detenerse, de consultar, de no arriesgar. Cuando la fiebre toca a la puerta, lo urgente no es medicar: es buscar ayuda médica.
Que esta historia, escrita con el respeto que merece una vida pequeña, sirva para recordar que ninguna fiebre vale más que la seguridad de un niño. Porque a veces, lo que parece un gesto de alivio puede volverse irreversible… y el mejor remedio sigue siendo la orientación médica oportuna.👌💯
Deja de hacerle caso a la vecina, o la comadre.
NO SE AUTOMEDIQUE !!!
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