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Experiencia Talleres de preparación para el parto ( curso psicoprofiláctico ). Servicio de doulas Talleres de preparacion para el parto

Se esperaba que este bebé naciera para Reyes, pero el cérvix tenía otros planes y empezó a abrirse. Faltaban tres días p...
20/12/2025

Se esperaba que este bebé naciera para Reyes, pero el cérvix tenía otros planes y empezó a abrirse. Faltaban tres días para la celebración del cumpleaños de uno de los dos hijos mayores de la familia, cuando a la dilatación se le dio por avanzar pausada y sigilosamente, sin reparar en el hecho de que se avecinaba la fiesta, adelantada expresamente para evitar el riesgo de que se superpusiera con el parto. Los padres que tienen más de un crío se ven con frecuencia orillados a ensayar equilibrios complejos con una balanza en la que pesan múltiples y misteriosos elementos. Fue así que la familia optó por desprender membranas para ver si ello conseguía reorganizar el caos que amenazaba con avecinarse.

Las contracciones empezaron casi de inmediato y nos fuimos acercando a su casa para atravesar con tiempo la marea de tráfico propia de los anocheceres de fin de año, todos los que participaríamos del nacimiento: Una fotógrafa, una amiga de la familia con su hija de 21 años, una neonatóloga, una ginecóloga y la doula; fuimos llegando por tandas. Los hijos de 4 y 9 años bajaban corriendo la escalera cada vez que el timbre sonaba, esperando ansiosos la llegada de Itzel, la médica que además de atender éste, se había encargado de asistir los nacimientos de cada uno de ellos. Un arbolito de navidad, una nochebuena y un tendedero con cinco botas de fieltro bordadas con los nombres de cada miembro de la familia –incluido el del bebé que estaba por nacer– adornaban la estancia en la que decenas de cajitas de dulces esperaban a ser entregadas a los invitados el día del cumpleaños.

A cubetadas se fue llenando una tina inflable que ocupaba el sitio protagónico de la escena. El calentador parecía incapaz de cumplir por sí mismo con la encomienda de elevar a 37 grados semejante cantidad de agua, de modo que los invitados habían tomado en sus manos la labor del acarreo. Mientras tanto circulaban galletas de chocolate, té con miel, risas y relatos hasta que, como sucede generalmente, la cháchara se fue apagando. Las cubetas de agua dejaron de circular, la charla bajó de volumen y los niños pararon de correr entre los bultos y las visitas para subir a la habitación de sus papás a ver una película. Sin que nadie organizara nada, cada cual fue encontrando su lugar en la escena. La amiga de la familia se ocupó de identificar y proveer lo que pudiera necesitarse mientras su hija acompañaba a los niños en la habitación de arriba. La mujer que ayudaba con las labores de la casa, y que había estado también en el parto de otro de los hijos, se encargó de calentar agua en enormes ollas de ponche para mantener la tina a la temperatura adecuada. La neonatóloga instaló su estación de trabajo mientras comentaba con la amiga –que también era pediatra– sobre la belleza de los nacimientos en casa. Su marido se enfocó en ser el sostén que ella necesitaba, y también el de sus hijos que, de cuando en cuando, se asomaban con cara de susto para preguntar si Itzel ya había llegado y ver, de paso, cómo estaba la cosa en la planta baja. Finalmente ella, al centro de ese universo que orbitaba en equilibrio a su alrededor, buceaba el espacio húmedo, oscuro y profundo de su cuerpo, buscando el origen de la existencia.

Cuando la cosa empezó a ponerse intensa decidió que había llegado el momento de llamar a su ginecóloga, que estaba a unas pocas cuadras de la casa. Llegó enseguida, no a tomar el control de nada, sino a sumarse a la circunvalación de la vida. La abrazó y le dijo cosas bellas, tomó una foto de las botas navideñas, cruzó algunas palabras con los que estábamos ya instalados… y recién después de todo eso le propuso revisarla para que pudiera saber cómo iba avanzando. Ocho centímetros; faltaba el último tramo.

Pasó un rato sumergida en el agua caliente, pero supo pronto que su bebé no nacería ahí. Salió de la tina y se sentó en el mismo banco de madera en el que años atrás había pujado a su segundo hijo. También entonces la tina había sido llenada con esfuerzo para finalmente no necesitarse; la planeación no parece ser compatible con el parto. Se tocó, se observó y encontró el modo de hacer lo que minutos atrás le parecía imposible; alumbrar la vida. Su marido lloró.

Con nochebuenas fue decorada la foto del niño, conectado aun con la placenta que lo había provisto de alimento y oxígeno durante casi nueve meses. Sus hermanos mayores se acercaron por turnos para examinarlo: “me dan miedo los bebés” dijo la más grande, “es que muerden” explicó el pequeño… sin prisa ni presiones se fueron familiarizando a su tiempo con el recién llegado. No había prisa ni presiones porque nadie estaba “cumpliendo con un trabajo” ni deseando concluir para ir a otra parte, sino disfrutando de la belleza ligera de la llegada de vida. “Qué lindos son los nacimientos en estos tiempos donde todos estamos relajados” comentó Itzel mientras charlábamos sentados en los sillones cuando mientras la pediatra le mostraba a la mamá cuánta leche producían sus senos.

Sacar los nacimientos de los hospitales comprende mucho más que cambiar el lugar en el que ocurre el parto; implica un cambio radical de paradigma. El nacimiento en casa deja de ser una tarea a resolver para un equipo de profesionales, para reclamar el lugar que le corresponde, como un evento extraordinario al que un puñado de privilegiados es invitado a asistir.

Mercedes Campiglia Calveiro

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En 2008, la bióloga Katie Hinde descubrió algo que la ciencia había ignorado durante siglos: la leche materna no es una receta fija, es un mensaje en constante cambio.
Mientras estudiaba macacos en California, Hinde notó un patrón extraño. Si la madre tenía un hijo varón, la leche era espesa, rica en grasas y proteínas (combustible de alto octanaje). Si tenía una hija, la leche era más abundante y cargada de calcio. ¿Cómo sabía el cuerpo de la madre cambiar la fórmula química según el s**o del bebé?
Esto la llevó a descubrir el mecanismo más fascinante de la biología humana: el "flujo retrógrado".
Durante años pensamos que la leche solo iba en una dirección (de madre a hijo). Estábamos equivocados. Cuando un bebé amamanta, el vacío creado succiona una pequeña cantidad de saliva del bebé hacia el interior del p***n de la madre.
​Aquí ocurre la magia: El tejido mamario de la madre analiza esa saliva. Es un escáner biológico.
Si la saliva contiene señales de que el bebé tiene fiebre o una infección, el cuerpo de la madre comienza a fabricar anticuerpos específicos para esa enfermedad en cuestión de horas.
Si el bebé está estresado, la leche cambia sus niveles hormonales (como el cortisol) para influir en su temperamento.
​La leche cambia de la mañana a la noche. Cambia si el bebé está enfermo. Cambia si es niño o niña.
Como concluyó Hinde: "La leche materna es comida, es medicina y es señal". Es el sistema de comunicación más sofisticado de la naturaleza, una conversación silenciosa entre dos cuerpos que ni siquiera la tecnología moderna ha logrado replicar por completo.
Validación histórica y científica, Katie Hinde, PhD -
Laboratorio de Lactancia Comparativa, Arizona State University.

04/12/2025

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