05/12/2025
EL MIEDO QUE SE VOLVIÓ PORTAL
Hay una escena en la vida de Yeshúa que pocas veces se honra con la profundidad que merece.
Una escena tan humana y tan divina a la vez, que se vuelve el corazón del misterio Crístico.
Es la noche de Getsemaní.
Ahí, bajo los olivos, lejos del ruido y de las multitudes, Yeshúa deja de enseñar con palabras y comienza a enseñar con la verdad desnuda de su humanidad.
Esa noche, el Evangelio dice que pronunció una frase que estremeció el tiempo: “Mi alma está profundamente triste, hasta la muerte.”
(Mt 26:38).
El original griego lo describe como perílypos: abrumado de angustia, sumergido en tristeza, emocionalmente colapsado.
Lucas, médico, revela algo aún más impactante: “Su sudor se volvió como gotas de sangre.” (Lc 22:44)
Hematohidrosis, el cuerpo rompiéndose por dentro ante un miedo extremo.
El Dios-hombre sintiendo la fragilidad del ser humano en su forma más pura.
Y sin embargo… Justo ahí, en ese temblor, comienza el portal. Porque el miedo de Yeshúa no contradice su divinidad. La revela.
Los antiguos cristianos lo expresaron con una frase luminosa: “Lo que no se asume, no se redime.”
(Athanasius).
Yeshúa no vino a escapar de la condición humana, vino a encarnarla por completo: la duda, el cansancio, la soledad, el temblor del alma ante el destino.
Los evangelios apócrifos lo confirman.
En el Evangelio de los Nazarenos se dice que su cuerpo tembló tanto que tuvo que sostenerse de un olivo.
En el Evangelio de Pedro se habla de su “temor intenso” y de su “ansiedad humana”.
Jesús no estaba representando un papel. Estaba revelando un camino.
El arquetipo del héroe —diría Jung— aquel que atraviesa una Noche Oscura del Alma, un punto en el que la identidad antigua se desmorona para permitir que nazca algo más grande.
Eso fue Getsemaní: el lugar donde la identidad humana de Yeshúa se quebró en mil pedazos
para que pudiera emerger el Cristo.
Ese miedo fue el punto de máxima contracción antes de la expansión del Campo Crístico.
El momento donde la función de onda colapsa y la conciencia despliega su verdadera amplitud.
Getsemaní fue iniciación.
Fue el instante en que Yeshúa:
• entregó el último residuo de su voluntad humana
• soltó el control del ego
• activó en su cuerpo la coherencia del Rayo Madre
• y permitió que el Cristo tomara el mando.
Porque cuando Yeshúa cayó en agonía,
no fue un acto de debilidad.
Fue el momento exacto en que la dimensión humana se hizo a un lado
para que emergiera la grandeza del Cristo.
Por eso Getsemaní es el verdadero umbral. El lugar donde el miedo se convierte en llave. El punto donde lo humano se vuelve puente hacia lo eterno.
¿Y por qué es tan importante para nosotros?
Porque Yeshúa no atravesó el miedo para demostrar poder, sino para mostrarnos que sentir miedo es parte del camino, que el miedo no es señal de falta espiritual sino señal de encarnación.
Y que la verdadera victoria no es no tener miedo, sino atravesarlo con conciencia, igual que Él.
Sí: Yeshúa sintió miedo.
Y al atravesarlo, activó su poder crístico total.
Ese es el mensaje.
Ese es el espejo.
Ese es el portal.
Créditos a quien corresponda