04/04/2026
En esta Semana Santa, entiende que lo que pongas en tu plato no define quién eres ante Dios. El sacrificio real no se hace en el estómago, se hace en el corazón y en la forma en que tratas a los que tienes cerca. De nada sirve que te prives de un pedazo de carne si tu boca está llena de críticas, envidias o palabras que lastiman a los tuyos.
Muchos se cuidan de no romper la tradición del pescado, pero no tienen problema en dejarle de hablar a un hermano, en ignorar a quien necesita ayuda o en guardar rencores que pudren el alma. Es muy fácil cambiar el menú por unos días, pero es muy difícil cambiar el orgullo. Un filete no te hace malo, ni un pescado te hace santo; lo que te define es lo que sale de tu interior cuando nadie te está mirando.
La verdadera fe no se trata de cumplir con un rito para limpiar la conciencia. Se trata de cómo vives, de la paz que das y de la mano que extiendes. No te confundas: a Dios no le importa tu ayuno si tu vida está vacía de bondad. Si vas a sacrificar algo, que sea tu egoísmo y tu indiferencia, porque eso vale mucho más que cualquier abstinencia que se quede solo en el plato.