24/01/2026
El niño al que Pennywise no pudo asustar
Hay algo más perturbador que el miedo extremo: la ausencia total de miedo. En IT de Stephen King existe un momento casi silencioso —pero psicológicamente brutal— donde el monstruo que vive del terror se encuentra con alguien que no le ofrece nada. Ese límite se llama Patrick Hockstetter.
Patrick no es valiente ni fuerte; es un niño con rasgos claramente sociópatas: ausencia de empatía, desconexión afectiva, placer en el control y en el daño. Desde una lectura psicológica, Patrick no teme porque el miedo implica reconocer al otro como amenaza y a uno mismo como alguien que vale la pena preservar. Patrick no registra ninguna de las dos cosas. Por eso, cuando IT aparece, el mecanismo habitual falla.
Patrick camina solo. Cuando la figura emerge —incorrecta, invasiva, demasiado cercana— no hay sobresalto. Pennywise cambia de forma, se aproxima, espera el gesto mínimo: el cuerpo tensándose, la huida, la respiración rota. Nada. Patrick lo observa como se observa un objeto curioso, casi con fastidio. No hay fantasía que activar, no hay recuerdo infantil al que aferrarse, no hay angustia reprimida que amplificar. El monstruo insiste, se acerca más, invade el espacio… y por primera vez no obtiene respuesta emocional. En ese instante ocurre algo rarísimo: Pennywise no disfruta.
Desde una lectura psicoanalítica, ahí aparece un quiebre narcisista. IT necesita el miedo no solo como alimento, sino como confirmación de su omnipotencia. Ser temido lo sostiene. Frente a Patrick no hay reflejo, no hay sometimiento, no hay angustia devuelta. No es que Patrick sea más poderoso; es que no hay sujeto psíquico con quien jugar. No hay vínculo.
Y entonces Pennywise cambia de estrategia.
No juega. No estira el momento. No seduce con el terror. Patrick no es saboreado. En el libro, IT lo elimina de forma rápida y fría: lo mata, sí, pero no como a los otros. No porque tenga miedo de él, sino porque no hay nada que extraer. El cuerpo muere, pero el miedo nunca aparece. Pennywise “come”, pero no se alimenta. Es un acto sin goce.
Psicológicamente, esto es devastador: incluso el monstruo ancestral tiene límites. El terror necesita un sistema emocional funcional para operar. Cuando no hay culpa, ni angustia, ni fantasía, el horror se queda sin escenario. Patrick no derrota a Pennywise; solo le demuestra algo insoportable: que la ausencia total de miedo no es fortaleza, es vacío. El miedo humaniza, regula, conecta. Su desaparición absoluta no es libertad, es deshumanización.
Por eso este pasaje es tan incómodo: porque nos recuerda que el verdadero opuesto del miedo no siempre es el coraje. A veces es la nada. Y frente a la nada, incluso el monstruo deja de jugar.