27/02/2026
Reflexión 👉 La madre del adicto: más acusada que escuchada.
A la madre del adicto no la miran como persona: la miran como expediente.
La ven como “la causa”, no como alguien que también está viviendo una tragedia en cámara lenta.
En cuanto alguien escucha la palabra adicción, aparece el tribunal:
“¿Qué hiciste mal?”
“¿Por qué no lo cuidaste?”
“¿Dónde estabas?”
Y lo más cruel es que muchas veces esa madre ya se lo preguntó mil veces antes que tú. Se lo repite de noche. Se lo tatúa por dentro. Se lo cobra con su cuerpo: con ansiedad, con insomnio, con culpa.
Pero aquí hay algo que casi nadie quiere escuchar:
culpar a la madre es una forma elegante de no mirar el problema real.
Porque si decimos “fue la mamá”, entonces el mundo se siente a salvo: como si la adicción fuera un castigo “merecido” y no una historia compleja donde se mezclan carácter, entorno, heridas, vínculos, pérdidas, impulsos, soledades… y decisiones que se fueron torciendo con el tiempo.
Y sí: a veces hubo madres ausentes.
A veces hubo madres sobrecargadas.
A veces hubo madres que amaron con miedo.
Pero incluso ahí, la pregunta más humana no es “¿de quién fue la culpa?”, sino: ¿qué se rompió en el vínculo y cómo se repara sin destruir a nadie?
Porque hay madres que hicieron “todo” y el hijo consumió.
Y hay madres que hicieron “poco” y el hijo también consumió.
Eso nos obliga a aceptar una verdad incómoda: un hijo no es un proyecto que sale perfecto si sigues el manual. Un hijo es un sujeto. Y un sujeto puede amar a su madre… y al mismo tiempo cargar algo que no sabe decir.
A veces la madre está tan acostumbrada a ser acusada, que ya ni habla: se defiende.
Se explica.
Se justifica.
Se endurece.
O se vuelve rescatista para “demostrar” que sí ama, que sí vale, que sí es buena.
Y ahí la adicción gana doble: por el consumo… y por la dinámica.
Escuchar a una madre no es absolverla.
Es darle un lugar para respirar.
Es reconocer que ella también necesita tratamiento emocional.
Porque nadie acompaña bien desde la vergüenza.
Y si tú eres esa madre, déjame decirte algo sin maquillaje:
tu hijo necesita una madre real, no una madre condenada.
Una madre que pueda mirar su propia historia, su propio miedo, su propio impulso de control… y empezar a sanar aunque el hijo todavía no cambie.
Porque cuando una madre deja de vivir como acusada… empieza, por fin, a vivir como alguien que también merece ser escuchada.
Si esto te movió algo, suéltalo aquí: ¿qué es lo más duro que te han dicho por ser mamá de alguien que consume?
—Kalefh
Psicólogo en adicciones
WhatsApp 443 227 1958
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