Psicóloga Marisol Sebastián Rendón

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Psicóloga & Psicoterapeuta
Transformo desafíos en crecimiento con ciencia y calidez.
•Espacio seguro y sin juicios
• Herramientas basadas en evidencia
(conductual contextual)
• Aceptación y acción valiosa
Ética + rigor científico.
• ACT •DBT •FAP

Muchas personas creen que el cambio depende de cuánto desean algo. Pero en la práctica, no es el deseo lo que marca la d...
20/03/2026

Muchas personas creen que el cambio depende de cuánto desean algo. Pero en la práctica, no es el deseo lo que marca la diferencia, sino lo que haces de forma repetida, incluso cuando no tienes ganas.

Querer algo es fácil en los momentos de claridad. Lo difícil es sostener acciones pequeñas cuando aparece la pereza, la duda o el desánimo. Ahí es donde entran los sistemas: esas rutinas simples que te acercan, paso a paso, a lo que te importa.

No necesitas sentirte motivado para empezar. A veces es al revés: primero te mueves, luego aparece la energía. Una caminata corta, abrir el cuaderno, responder ese mensaje pendiente. Acciones pequeñas, pero constantes. Porque cada vez que haces algo alineado con lo que quieres, refuerzas el camino.

También es clave el entorno. Si todo a tu alrededor te empuja a posponer, será más difícil avanzar. Pero si haces ajustes, dejar lo importante a la vista, reducir distracciones, definir momentos concretos para actuar, el camino se vuelve más fácil. No dependes tanto de la fuerza de voluntad, sino de lo que ya está preparado para ayudarte.

Y cuando fallas, no significa que no sirvas. Significa que el sistema necesita un ajuste. Menos exigencia, más claridad, pasos más simples. Volver a empezar no es retroceder, es seguir entrenando.

Al final, no te transformas por lo que piensas o deseas en los días buenos, sino por lo que haces de forma consistente en los días normales. Ahí es donde realmente ocurre el cambio.

A veces la mente se llena de vueltas innecesarias. No porque esté fallando, sino porque está intentando proteger, antici...
20/03/2026

A veces la mente se llena de vueltas innecesarias. No porque esté fallando, sino porque está intentando proteger, anticipar y resolver… incluso cuando no hace falta. Se queda atrapada repitiendo escenas, revisando palabras, imaginando futuros que no han ocurrido. Y en ese intento de controlarlo todo, termina alejándonos del momento presente.

Pensar no es el problema. El problema aparece cuando nos fusionamos con cada pensamiento, como si fuera una orden o una verdad absoluta. Entonces dejamos de observar y empezamos a obedecer. Nos tensamos, evitamos, postergamos, o nos perdemos en una conversación interna que no tiene fin.

Hay otra forma de relacionarse con lo que aparece en la mente. No se trata de luchar contra ello ni de eliminarlo, sino de cambiar la postura: notar los pensamientos como eventos pasajeros, no como instrucciones obligatorias. Darles espacio sin dejar que dirijan cada paso.

El cuerpo puede ser una puerta de regreso. Respirar con atención, moverse, sentir el contacto con el entorno. No como escape, sino como ancla.
También ayuda preguntarse: ¿qué es importante para mí ahora? No lo que la mente insiste en resolver, sino lo que realmente quiero construir, cuidar o sostener. Y desde ahí, dar pequeños pasos, aunque la mente siga hablando.

La calma no siempre llega cuando la mente se queda en silencio. A veces aparece cuando dejamos de pelear con ella y empezamos a vivir, incluso con el ruido de fondo.

Muchas veces la autoexigencia no aparece porque sí.Empieza con una sensación incómoda: culpa, miedo a fallar, la idea de...
16/03/2026

Muchas veces la autoexigencia no aparece porque sí.

Empieza con una sensación incómoda: culpa, miedo a fallar, la idea de que “no es suficiente”. Entonces hacemos algo para que esa sensación se vaya: trabajamos más, nos esforzamos más, aceptamos más cosas.

Por un momento parece que funciona. La incomodidad baja, sentimos que estamos “cumpliendo”. Y a veces incluso recibimos reconocimiento por ser responsables, productivos o por “poder con todo”.

Pero poco a poco el ciclo se repite: vuelve la sensación de no ser suficiente… y la respuesta vuelve a ser hacer más.

Así, sin darnos cuenta, entramos en una rueda donde el descanso se siente como culpa y el valor personal parece depender de cuánto hacemos.

El problema no es esforzarse. El problema es cuando sentimos que nunca podemos parar.

Porque la autorrealización no debería sentirse como una carrera interminable, sino como una vida donde también hay espacio para el descanso, los vínculos y el cuidado propio.

Muchas veces pensamos que para cambiar nuestra vida necesitamos grandes decisiones, motivación extrema o transformacione...
15/03/2026

Muchas veces pensamos que para cambiar nuestra vida necesitamos grandes decisiones, motivación extrema o transformaciones radicales. Sin embargo, desde el conductismo radical sabemos que la conducta se moldea a partir de pequeñas variaciones que, al repetirse en el tiempo y bajo ciertas contingencias, generan trayectorias completamente nuevas.

Un pequeño cambio levantarte 10 minutos antes, responder de forma diferente en una conversación difícil, acercarte un poco más a algo que valoras puede parecer irrelevante en el momento. La diferencia inicial casi no se nota. Pero la conducta tiene historia, y cada acción modifica el contexto en el que ocurrirán las siguientes.

Las terapias contextuales, parten de una premisa similar: no buscamos una vida perfecta, sino movernos ligeramente en la dirección de lo que es importante para nosotros. No se trata de eliminar el dolor o esperar a sentirnos listos, sino de ajustar la dirección, aunque sea un grado.

Ese pequeño giro cambia la relación que tenemos con nuestros pensamientos, con nuestras emociones y con nuestras acciones. Con el tiempo, esas micro-decisiones construyen patrones nuevos. Y los patrones, repetidos lo suficiente, terminan convirtiéndose en destinos.

Por eso, el cambio psicológico rara vez ocurre en un solo momento espectacular. Ocurre en pequeños actos consistentes, casi imperceptibles al inicio, pero profundamente significativos cuando se miran a lo largo del tiempo.

A veces no necesitamos cambiar toda nuestra vida.
A veces solo necesitamos cambiar ligeramente la dirección del siguiente paso.

El corazón de las terapias contextuales es ayudar a las personas a construir una vida con sentido, incluso en presencia ...
13/03/2026

El corazón de las terapias contextuales es ayudar a las personas a construir una vida con sentido, incluso en presencia del dolor emocional.

A diferencia de otras terapias que buscan eliminar pensamientos o emociones difíciles, las terapias contextuales parten de una idea muy poderosa:

El problema no es sentir emociones difíciles; el problema es cuando nuestra vida empieza a girar alrededor de evitarlas.

Muchas veces tratamos de:
• no sentir ansiedad
• evitar la tristeza
• controlar nuestros pensamientos
• alejarnos de situaciones que nos incomodan

Y sin darnos cuenta, nuestra vida se va haciendo cada vez más pequeña.

Las terapias contextuales proponen algo diferente:
no luchar constantemente contra lo que sentimos, sino aprender a relacionarnos de otra forma con nuestra experiencia interna.

En lugar de preguntarnos:

¿Cómo dejo de sentir esto?

La pregunta se transforma en:

¿Cómo puedo seguir construyendo una vida valiosa incluso cuando esto aparece?

Hay momentos que te reconectan con el propósito.Esta semana fue uno de ellos: compartir espacio, conversación y reflexió...
03/03/2026

Hay momentos que te reconectan con el propósito.
Esta semana fue uno de ellos: compartir espacio, conversación y reflexión con grandes referentes de las terapias conductuales y contextuales como la Dra. María Xesús Froxán Parga, el Mtro. Juan Pablo Boggiano, el Dr. Matthieu Villatte, el Dr. Jorge Barraca y el Dr. Paulo Abreu.

Más allá de los nombres que ya dicen mucho me quedo con algo más profundo: la coherencia entre lo que investigan, lo que enseñan y cómo viven la ciencia.

Porque la ciencia no solo se estudia.
Se practica, se cuestiona, se comparte…
y cuando se vive con pasión, rigor y compromiso, también emociona.

Vivimos en una cultura que nos enseña a mirar siempre hacia adelante. La próxima meta, el próximo logro, la próxima vers...
27/02/2026

Vivimos en una cultura que nos enseña a mirar siempre hacia adelante. La próxima meta, el próximo logro, la próxima versión de nosotros mismos. Nos acostumbramos tanto a la idea de “lo que falta” que dejamos de reconocer lo que ya sostiene nuestros días: la salud que aún nos acompaña, las personas que permanecen, las pequeñas rutinas que nos dan estabilidad.

En el contexto personal, esta constante búsqueda puede convertirse en una carrera interminable. Pensamos que seremos felices cuando llegue ese ascenso, cuando tengamos más dinero, cuando cambie nuestra situación. Sin embargo, muchas veces la verdadera riqueza ya está presente: en la capacidad de levantarnos cada mañana, en la paz de una conciencia tranquila, en el aprendizaje acumulado tras cada error.

En el ámbito familiar y afectivo, ocurre algo similar. A veces anhelamos relaciones ideales, gestos extraordinarios o palabras perfectas, mientras pasamos por alto el amor cotidiano que se expresa en actos simples: una conversación sincera, un mensaje inesperado, una presencia que no se va. Lo extraordinario suele esconderse en lo habitual.

En lo profesional y académico, la ambición es necesaria, pero cuando se convierte en obsesión, nos roba el disfrute del proceso. Olvidamos celebrar los pequeños avances, los esfuerzos silenciosos, la disciplina que día a día construye algo más grande. Queremos resultados inmediatos y olvidamos que todo florece a su tiempo.

También en el plano social vivimos comparándonos. Las redes nos muestran lo que otros han alcanzado, y eso puede hacernos sentir que vamos tarde o que no tenemos suficiente. Pero cada vida tiene su propio ritmo, y comparar procesos distintos solo alimenta la insatisfacción. Agradecer lo presente no significa conformarse; significa reconocer que el punto en el que estamos también tiene valor.

Aprender a agradecer el hoy no es renunciar a los sueños, sino caminar hacia ellos con plenitud. Es entender que lo que llegará será fruto de lo que hoy cuidamos. Y que, muchas veces, cuando aprendemos a apreciar lo que tenemos, descubrimos que ya éramos más ricos de lo que pensábamos.

Las emociones no aparecen al azar ni son un error que deba corregirse. Surgen en relación con tu historia, tu contexto y...
26/02/2026

Las emociones no aparecen al azar ni son un error que deba corregirse. Surgen en relación con tu historia, tu contexto y aquello que es importante para ti. La alegría, el miedo, la tristeza o el enojo son respuestas del organismo que señalan algo relevante: necesidades, límites, pérdidas, riesgos o valores en juego. Ignorarlas o luchar contra ellas suele alejarnos de información valiosa y nos lleva a reaccionar en automático.

Cuando reconoces que cada emoción cumple una función, cambia tu manera de responder. En lugar de fusionarte con el miedo o intentar suprimir la tristeza, puedes observarlos como experiencias internas que traen un mensaje. El miedo puede estar conectado con algo que deseas proteger; la tristeza puede reflejar una pérdida significativa; el enojo puede indicar que un límite importante fue traspasado.

El objetivo no es sentir menos, sino relacionarte de forma más consciente con lo que sientes. Desde esa apertura, puedes elegir acciones coherentes con tus valores, en lugar de actuar solo para evitar el malestar. Así, las emociones dejan de ser obstáculos que hay que eliminar y se convierten en señales que te orientan hacia decisiones más alineadas contigo y con la vida que quieres construir.

El duelo no es una tarea que se completa ni una meta que se alcanza.No es un obstáculo que se “vence”.Desde una mirada c...
18/02/2026

El duelo no es una tarea que se completa ni una meta que se alcanza.
No es un obstáculo que se “vence”.

Desde una mirada contextual, el dolor no es el enemigo; la lucha constante contra él suele ser lo que más nos inmoviliza. Cuando intentamos “superar” el duelo, muchas veces estamos intentando eliminar el dolor, borrar el vínculo, o volver a la realidad anterior. Y eso no es posible.

El duelo es el proceso de aprender a vivir con una ausencia significativa.
No implica dejar de sentir, sino dejar de resistir lo que sentimos.

Aceptar, en este marco, no significa resignarse ni estar de acuerdo con lo ocurrido. Significa abrir espacio a la experiencia interna, tristeza, enojo, añoranza, vacío sin que esas emociones dirijan completamente nuestra conducta.

La pregunta deja de ser:

“¿Cuándo dejará de doler?”

Y se transforma en:

“¿Cómo quiero vivir ahora, incluso con este dolor presente?”

Desde enfoques como ACT, el duelo se convierte en un acto de amor persistente: el dolor aparece porque hubo algo valioso. La tristeza es la huella del vínculo. Y en lugar de tratar de extirparla, podemos aprender a sostenerla mientras seguimos caminando hacia lo que importa.

Aceptar una nueva realidad es integrar la pérdida en la historia personal, no borrarla. Es permitir que el recuerdo y el amor coexistan con la vida que continúa.

El duelo no se supera.
Se transforma.
Y nosotros también.

A veces pensamos que cambiar nuestros hábitos depende solo de “fuerza de voluntad”, pero desde el conductismo entendemos...
07/02/2026

A veces pensamos que cambiar nuestros hábitos depende solo de “fuerza de voluntad”, pero desde el conductismo entendemos algo diferente: nuestra conducta no aparece por arte de magia, se aprende y se mantiene por las consecuencias que la rodean.

Cada hábito, levantarnos temprano, hacer ejercicio, revisar el celular a cada rato o postergar tareas se forma porque algo lo refuerza. Si una acción nos da placer, alivio o recompensa inmediata, el cerebro la repite. Si no hay consecuencias claras, esa conducta se debilita.

Desde la neuropsicología esto cobra aún más sentido: cuando repetimos una conducta, se fortalecen las conexiones neuronales asociadas a ella. El cerebro busca ahorrar energía y automatiza lo que practicamos. Los ganglios basales ayudan a convertir acciones en rutinas, y la dopamina actúa como señal de recompensa, diciéndonos: “esto vale la pena, hazlo otra vez”.

Por eso no somos “flojos” ni “desorganizados” por naturaleza; muchas veces solo estamos respondiendo a aprendizajes previos y a circuitos que se han reforzado con el tiempo.

Cambiar un hábito no es cuestión de castigarnos, sino de rediseñar el ambiente: hacer más fácil la conducta que queremos, más difícil la que queremos dejar, y reforzar los pequeños logros. Cada repetición construye nuevas conexiones neuronales.

El cambio no ocurre de un día para otro, ocurre repetición tras repetición. Paso a paso, el cerebro aprende un nuevo camino.

Nuestros hábitos no nos definen… pero sí se construyen todos los días. Y lo mejor: si se aprendieron, también se pueden dejar de usar esos hábitos inviables y construir nuevos más efectivos a la vida que queremos.

La violencia en una relación no solo afecta las emociones; también modifica la forma en que el cerebro procesa la realid...
31/01/2026

La violencia en una relación no solo afecta las emociones; también modifica la forma en que el cerebro procesa la realidad. Cuando el daño es constante o impredecible, el sistema nervioso entra en un estado de alerta prolongada, aprendiendo a sobrevivir más que a sentir seguridad.

Desde la neuropsicología, sabemos que la exposición repetida al miedo y a la amenaza activa de manera crónica estructuras como la amígdala, mientras se inhiben funciones del lóbulo prefrontal, responsables de la toma de decisiones, la reflexión y la planificación. Por eso, no es que la persona “no piense con claridad”, sino que su cerebro está priorizando la protección.

La violencia intermitente daño seguido de afecto o arrepentimiento genera una respuesta similar a la de los circuitos de recompensa. El cerebro aprende a esperar el alivio después del dolor, fortaleciendo el apego y dificultando la ruptura del vínculo, incluso cuando hay conciencia del daño.

En este contexto, callar, minimizar o justificar no son fallas de carácter, sino respuestas neuropsicológicas adaptativas. El cuerpo y la mente se organizan para resistir lo intolerable.

Comprender la violencia desde esta mirada nos invita a dejar el juicio y acercarnos con más empatía. Salir de una relación violenta no es solo irse: es reentrenar al cerebro para volver a sentir seguridad, autonomía y elección.

Empezar de nuevo no borra lo vivido. Implica detenerse, mirar con honestidad y aceptar la experiencia tal como fue, sin ...
13/01/2026

Empezar de nuevo no borra lo vivido. Implica detenerse, mirar con honestidad y aceptar la experiencia tal como fue, sin castigo ni negación. Desde ahí, elegir conscientemente cómo seguir. Aun con miedo, duda o incomodidad, avanzar en dirección a lo que da sentido es un acto de crecimiento. No perdiste tiempo: te entrenaste en vivir, en sentir y en aprender.

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