10/10/2025
No estabas exagerando: eso era ansiedad.
Esa sensación de que el pecho se cierra cuando entras a un lugar lleno de gente, las manos temblando antes de hablar, la mente que no para de imaginar todo lo que podría salir mal… no era falta de carácter, era tu cuerpo pidiendo calma.
No eras débil: eso fue depresión.
Esa falta de energía para levantarte, esa mirada perdida frente al techo, ese deseo de desaparecer porque ya no sabías cómo seguir… no era flojera ni ingratitud. Era tu mente agotada intentando sobrevivir al peso del dolor.
No eras frío: eso fue trauma.
Esa desconexión, esa dificultad para disfrutar, esa sensación de que algo malo puede pasar incluso en los momentos felices… no era insensibilidad, era tu sistema protegiéndote después de tanto miedo.
No eras dramático: eso fue duelo.
Ese n**o en la garganta al ver una foto, esa lágrima que aparece sin aviso, ese impulso de hablarle a quien ya no está… no era debilidad, era amor transformado en ausencia.
No eras inestable: eso fue estrés crónico.
Esa irritabilidad sin motivo, ese insomnio que no mejora, esa sensación de estar siempre “al borde”… no era mala actitud, era tu sistema nervioso intentando sostener una carga que ya era demasiado pesada.
No eras flojo: eso fue burnout.
Esa mente saturada que no logra concentrarse, ese cansancio que ni el descanso cura, esa falta de motivación por cosas que antes amabas… no era falta de disciplina, era tu cuerpo diciendo basta.
No eras exagerado: eso fue un ataque de pánico.
Esa taquicardia, ese sudor frío, ese miedo a morir sin entender por qué… no era histeria, era tu sistema en alerta total, confundiendo amenaza emocional con peligro real.
No eras indiferente: eso fue disociación.
Esa sensación de mirar tu vida como si no fuera tuya, ese vacío sin nombre, ese piloto automático que te mantiene funcional… no era apatía, era tu mente intentando no colapsar.
Y no, no estás loco.
Estás sintiendo lo que tu historia te enseñó a sentir.
Estás respondiendo como tu cuerpo aprendió a sobrevivir.
Estás entendiendo que pedir ayuda no te hace débil, sino valiente.
Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, recordemos que lo invisible también duele, que el autocuidado no es egoísmo, y que sanar no siempre se nota, pero siempre transforma.
Hablar de salud mental no es una moda: es un acto de conciencia colectiva.
Y reconocer que no todo el sufrimiento se ve, es el primer paso para empezar a curar lo que por años se ha silenciado.