16/02/2026
Hay momentos en los que esperamos sentirnos listos para dar un paso.
Listos emocionalmente.
Listos mentalmente.
Listos espiritualmente.
Y mientras esperamos esa señal interna, la vida sigue pasando.
La verdad es que casi nunca existe ese punto perfecto donde todo encaja y desaparece la duda. La claridad no suele llegar antes del movimiento, llega después. Aparece cuando el cuerpo se atreve a avanzar aun con miedo, cuando el corazón late rápido pero no se detiene, cuando el alma dice “no sé cómo, pero confío”.
Nos enseñaron a creer que primero hay que estar seguros y luego actuar. Pero la experiencia muestra lo contrario: es el paso imperfecto el que ordena el camino. La acción sincera, aunque sea pequeña, rompe la inercia del estancamiento y abre espacios donde antes solo había expectativa.
No se trata de forzar, ni de empujarse desde la ansiedad. Se trata de escuchar ese impulso sutil que no grita, pero insiste. Ese llamado que no promete certezas, solo movimiento. Cuando respondes a eso, algo se acomoda dentro y fuera de ti. Como si la vida dijera: “ah, entonces vamos juntos”.
Hay una inteligencia más grande que se activa cuando eliges avanzar desde la confianza y no desde la urgencia. Cuando te mueves sin necesitar garantías, sin exigir resultados inmediatos, sin negociar con el miedo. En ese estado, las coincidencias aparecen, las personas correctas se cruzan, las decisiones pesan menos.
No porque todo sea fácil, sino porque ya no estás detenido esperando permiso.
A veces, el verdadero acto de fe no es creer que todo saldrá bien, sino moverte aun sin saber cómo saldrá. Con presencia. Con honestidad. Con apertura.
Y entonces sucede algo curioso: el camino responde. No antes, no después. En el mismo instante en que eliges avanzar.
✨tomado de la red