20/11/2025
Ningún hijo o hija ha tenido los mismos padres que sus hermanos.
Cada quien fue criado por una versión distinta de ellos: una edad diferente, un momento vital distinto, un estado emocional que ya no era el mismo.
Ningún hermano ha tenido la misma familia que el otro.
Cada quien vivió un paisaje emocional propio, con sus silencios, sus gestos, sus ausencias y sus formas particulares de amor o de desamor. De entrega o negligencia.
Y sin embargo, dentro de las familias suele emerger una necesidad de imponer un relato común.
Una narrativa colectiva que pretende decidir “cómo fueron las cosas”.
Una especie de colonización del recuerdo: “esto fue así”, “nuestros padres no eran así”, “no exageres”, “todos vivimos lo mismo”.
Pero no. Nadie vivió lo mismo.
Y negar la diferencia en las vivencias es una forma sutil (y a veces devastadora) de luz de gas relacional.
Respetar la singularidad de cada experiencia es un acto de justicia emocional, prima, primo.
"Nuestros padres eran", "lo que vivimos", debe ir siempre seguido de un "para mí, en mi vivencia, desde lo que yo recibí".
Esto no convierte el relato en mentira, ni en revancha, ni en resentimiento.
Es simplemente la verdad subjetiva de una existencia, el derecho a narrar la propia historia sin que otro la invalide.
Desde una mirada sistémica, las familias tienden a organizarse en torno a un relato compartido que actúa como un contrato implícito de pertenencia.
Cuestionar ese relato puede vivirse como una amenaza al equilibrio del sistema.
Por eso, cuando alguien introduce una versión distinta suele generar incomodidad o resistencia: no se discute solo el pasado, sino el orden y la identidad familiar.
No quiero escuchar tu verdad porque parece ponernos a todos en cuestión.
Reconocer que cada miembro tiene una percepción distinta no fragmenta a la familia; la complejiza y la hace más real.
Podemos aceptar que para ti fue de una manera y para mí de otra, sin que una anule a la otra.
Ese reconocimiento mutuo no busca consenso, sino diferenciación: la posibilidad de estar en relación sin tener que pensar igual.
Al legítimo derecho a contar tu verdad se le denomina resentimiento cuando al otro lado hay un muro de hormigón en forma de recuerdos inamovibles.
SM🦋