26/12/2025
He escuchado mil veces eso de “ve a terapia para sanar tus heridas”.
Sanar la herida de infancia, sanar el abandono, sanar esto, sanar aquello…
como si la terapia fuera un lugar al que uno va para borrar lo que pasó
o para que ya no importe.
Y a mí sí me gusta decirlo claro:
las heridas no se sanan.
No vamos a terapia para olvidar,
ni para que deje de doler mágicamente,
ni para fingir que lo que vivimos no nos marcó.
Muchas veces, el trabajo terapéutico es más bien entender:
qué nos pasó,
cuándo nos pasó,
en qué momento de la vida nos agarró
y con qué recursos contábamos —o no— en ese entonces.
También es poder mirar nuestra vulnerabilidad sin juzgarnos,
reconocer el dolor que hubo
y darnos crédito por lo que nos costó seguir.
Porque, aunque suene simple, ahí hay algo muy importante:
a pesar de todo eso, aquí estamos.
Aprendimos cosas.
Hoy somos quienes somos.
No porque la herida haya desaparecido,
sino porque, poco a poco, la fuimos integrando a nuestra historia.
Desde esta mirada, la terapia no promete una vida sin marcas,
sino algo mucho más realista:
que esas marcas no decidan por nosotros sin que nos demos cuenta.
Como decía Donald Winnicott,
no es que no haya daño,
sino que podamos sostenerlo sin quedarnos atrapados ahí.
Y muchas veces, con esa comprensión,
con esa información nueva sobre nosotros mismos,
podemos empezar a tomar decisiones distintas:
más conscientes,
más pensadas,
menos repetidas.
No para cumplir la historia que el dolor parecía dictarnos,
sino para animarnos a hacer una diferente.