24/10/2025
En 1953, cuando la poliomielitis aterrorizaba al mundo y paralizaba a miles de niños cada año, un hombre decidió enfrentarse a la situación con algo más poderoso que el miedo y era su capacidad de ciencia, ética y el amor por la humanidad. Este hombre fue Jonas Salk, y su historia merece ser contada sin pausa.
Salk no era un empresario, no era un político, era un médico con la obsesión de encontrar una vacuna que detuviera la polio. Encerrado en su laboratorio y sin descanso, trabajó fuertemente probando fórmulas, ajustando dosis y lo más difícil, enfrentando dudas. Cuando creyó tener una versión segura de la vacuna, no buscó voluntarios para administrarla, sino que la probó en sí mismo, en su esposa, y en sus tres hijos.
Tenía la convicción de haber encontrado la respuesta y si iba a pedirle al mundo que confiara en su vacuna, él debía hacerlo primero.
Afortunadamente la vacuna funcionó y en 1954 se organizó el mayor ensayo clínico de la historia hasta ese momento, más de 1.8 millones de niños participaron y los resultados fueron contundentes. La poliomielitis comenzó a retroceder lo que daba esperanza en la humanidad.
Pero había algo que aún no terminaba de solucionar y era si debía patentarse. Le preguntaron:
- ¿Va a patentarla? Salk respondió con una frase que se volvió leyenda:
- ¿Se puede patentar el sol?.
Su respuesta fue el rechazo a hacerse millonario, permitió que se distribuyera libremente, salvando millones de vidas. Se estima que, de haberla patentado, habría ganado más de 7 mil millones de dólares. Pero eligió otra riqueza la gratitud de generaciones enteras.
Esta es una historia que podemos llevarla a tiempos actuales, tiempos donde muchos buscan reconocimiento propio antes que solidaridad, donde el ego pesa más que la empatía. Jonas Salk nos da una lección de que el verdadero poder está en servir sin esperar aplausos.
Él pudo haber sido millonario. Eligió ser memorable.
Este contenido es una narración histórica basada en hechos reales. Instituto Salk – Historia de Jonas Salk.