25/03/2026
La jardinera
En ese jardín crecieron dos árboles.
Uno de ellos, fuerte y alto, ya comenzó a extender sus ramas más allá de los muros del jardín. Sus hojas sienten el llamado del viento lejano, y sus raíces, profundas y firmes, ya saben cómo sostenerse por sí mismas.
El otro árbol aún es más joven, todavía busca la sombra, todavía necesita guía… pero ya no es una semilla: también está aprendiendo a crecer hacia su propio cielo.
Y la jardinera —ella— ha sido tan dedicada que, durante años, no ha dejado de regar, podar, proteger… incluso cuando la lluvia ya caía sola o cuando el sol ya hacía su parte.
Sus manos nunca descansaron, su mirada siempre estuvo puesta en los árboles.
Pero un día, algo sutil comienza a suceder.
El árbol mayor, al sentir el viento, no se está yendo por abandono…
se está expandiendo porque el jardín lo hizo fuerte.
Cada centímetro que crece lejos es, en realidad, una evidencia del amor que lo sostuvo.
Y la jardinera, al principio, siente ese vacío como si una parte del jardín se quedara en silencio.
Pero cuando observa con más calma, descubre algo que había olvidado:
El jardín no eran solo los árboles.
Había senderos que nunca caminó.
Flores que nunca sembró.
Un rincón soleado donde podría sentarse simplemente a respirar.
Entonces, poco a poco, sin prisa, comienza a hacer algo diferente.
No deja de cuidar… pero deja de hacerlo todo el tiempo.
Permite que la lluvia riegue.
Permite que el viento fortalezca.
Permite que cada árbol encuentre su propia forma.
Y al hacerlo, sus manos quedan libres.
Al principio, esas manos no saben qué hacer…
y luego recuerdan.
Recuerdan que también pueden sembrar para sí misma.
Que pueden tocar la tierra sin urgencia.
Que pueden crear belleza sin necesidad de protegerla todo el tiempo.
Y en ese espacio nuevo…
algo comienza a abrirse.
No es que el jardín pierda amor.
Es que el amor deja de ser solo cuidado… y se convierte en presencia, en confianza, en apertura.
Incluso hay una puerta en ese jardín…
una que siempre estuvo ahí, pero que había permanecido cerrada mientras ella estaba tan ocupada cuidando.
Y un día, sin forzarlo, simplemente la entreabre.
No porque le falte algo…
sino porque ahora hay espacio.
Y entonces comprende algo profundo:
Que un buen jardín no retiene a sus árboles.
Los prepara para el mundo.
Y que una jardinera sabia no se abandona a sí misma…
porque sabe que, cuando ella florece, todo el jardín respira mejor.
Y así, sin perder a sus árboles…
ella por fin comienza a encontrarse.
Benjamín Guerrero
Terapia HipnoBio