02/11/2025
"Cuando intenté convertirlo en un buen padre"
Durante años creí que el amor podía transformar a una persona. Que si insistía lo suficiente, si le explicaba una y otra vez cómo debía comportarse, si lo enfrentaba con paciencia y lágrimas, un día él entendería.
Soñaba con que despertara convertido en un hombre diferente: un compañero comprensivo, un padre presente, un refugio para sus hijos. Pero ese día nunca llegó.
Mientras esperaba su cambio, fui cambiando yo.
Dejé de reír con mis hijos, dejé de escuchar sus historias, de mirarles a los ojos. Todo lo que hacía giraba en torno a él: a sus enojos, a sus silencios, a su constante descontento.
Yo creía estar luchando por la familia, sin darme cuenta de que esa lucha era una trampa que me alejaba de quienes más amaba.
Mis hijos me miraban discutir, llorar, insistir.
Ellos veían cómo intentaba educar a un adulto que no quería aprender, cómo me desgastaba queriendo salvar a alguien que ni siquiera reconocía su propio daño.
Y mientras tanto, sus miradas se fueron apagando.
Empezaron a encerrarse en sus habitaciones, a guardar silencio. No querían molestar, no querían “provocar” el mal humor de su padre.
Y yo, sin darme cuenta, también los empujaba a ese silencio. Les pedía paciencia, les decía que su padre estaba estresado, que las cosas mejorarían… pero no mejoraban.
El día que me vi en el espejo y no me reconocí, supe que había perdido algo más que la esperanza: me había perdido a mí misma.
No tenía fuerzas, ni ilusión, ni sueños. Solo el miedo de empezar de nuevo y la culpa de haber arrastrado a mis hijos a un mundo que giraba en torno a un hombre que solo pensaba en sí mismo.
Entonces entendí.
No se puede educar a un narcisista.
No se puede construir una familia cuando solo uno está dispuesto a amar de verdad.
El amor no es mendigar atención ni pelear por un poco de ternura. El amor no se arranca de otro a la fuerza.
Mis hijos y yo salimos de esa casa como quien escapa de un incendio.
Nos costó tiempo y lágrimas comprender que no habíamos perdido un hogar, sino que al fin lo estábamos recuperando.
Hoy seguimos sanando. Nos miramos con más ternura. Hablamos sin miedo. Y cuando recordamos esos años, lo hacemos con la certeza de que el amor verdadero no se impone, se comparte.
"Consejo final:
Si estás intentando cambiar a alguien para que tu familia funcione, detente.
El amor no se enseña a golpes de paciencia ni a base de sacrificio.
Nadie merece vivir pidiendo migajas emocionales.
Educa desde el ejemplo, pero no desde el sufrimiento.
Y recuerda: tus hijos no necesitan un padre perfecto… te necesitan a ti, entera, en paz, y libre de quien te apague el alma."