08/12/2025
Erwin Schrödinger, uno de los padres de la física cuántica, hizo una afirmación sorprendente: "La consciencia es la base de todo ser". Esto no era un desliz poético, sino una conclusión incómoda derivada de su famoso experimento mental del gato. La física cuántica sugiere que a nivel fundamental, las partículas existen en un estado de superposición de posibilidades —son ondas de probabilidad— hasta que son observadas. En ese momento, "colapsan" en una partícula concreta. Durante un siglo, los físicos han debatido: ¿qué o quién es ese "observador" que colapsa la función de onda? Algunas interpretaciones apuntan hacia la conciencia misma como un ingrediente activo en la creación de la realidad.
Este hallazgo encuentra un eco asombroso en las tradiciones místicas. El idealismo no-dual del Advaita Vedanta, por ejemplo, postula que todo el mundo fenoménico (Maya) es una proyección de la Conciencia Universal (Brahman). No hay una "materia" separada; todo es mente, idea, sueño divino. El observador y lo observado son uno. La meditación profunda, dicen estos místicos, permite experimentar directamente este sustrato consciente del que emerge la ilusión de la materia.
Esta convergencia no significa que podamos manifestar un coche con solo desearlo. La realidad tiene reglas. Pero sí sugiere que nuestra relación con el mundo es mucho más íntima y participativa de lo que creíamos. No somos espectadores pasivos de un universo ya hecho, sino co-creadores activos a través del acto mismo de la percepción y la intención. Tu atención no es trivial; es un forceps cósmico que ayuda a dar a luz una realidad particular entre infinitas posibilidades. La próxima vez que observes algo —un árbol, una persona, tu propia mano— recuerda que estás participando en el misterio más profundo: el de la existencia misma.