30/09/2025
El fanatismo es la renuncia silenciosa a la libertad más profunda: la libertad de pensar.
Existe algo peor que un político corrupto, es un ciudadano que lo defienda. La corrupción se alimenta del fanatismo del pueblo.
Para filosofar profundamente, Sócrates veía un gran riesgo en los ciudadanos que se volvían fanáticos, pues para él el fanatismo era la negación del pensamiento crítico. Consideraba que quienes seguían ciegamente creencias, líderes o costumbres sin cuestionarlas se apartaban de la verdadera virtud, ya que actuaban movidos por la pasión y no por la razón. Advertía que ese tipo de actitudes podía corromper la vida política de la polis, pues un pueblo incapaz de reflexionar se volvía vulnerable a la manipulación y a la injusticia.
En distintos tiempos, algunos filósofos tb advirtieron sobre los peligros del fanatismo y la ausencia de pensamiento crítico, de Sócrates a Nietzsche, muchos coincidieron en que el fanatismo es un enemigo de la filosofía, porque anula la duda, el diálogo y la libertad del pensamiento. Allí donde domina el fanatismo, la polis, la moral y la cultura se empobrecen, pues ya no se busca la verdad, sino la imposición de una creencia cerrada.
Los modernos, como Kant y Hume, insistieron en que la autonomía de la razón es la única barrera contra la superstición y la intolerancia. Y Nietzsche, con su voz intempestiva, denunció que seguir al rebaño es traicionar la vida misma, pues el hombre que no crea, que no afirma desde sí, está condenado a repetir las cadenas de los otros. Pensar críticamente, en cambio, es un acto de valentía y de responsabilidad, valentía, porque implica enfrentar la incomodidad de la duda; responsabilidad, porque nos recuerda que la polis se construye con ciudadanos despiertos, no con multitudes ciegas.
Solo allí donde el pensamiento crítico florece, la virtud se hace auténtica y la libertad se convierte en destino compartido.