05/01/2026
Muere la Madre del Padre Pío
Lágrimas de Amor
3 de enero de 1929
En diciembre de 1928, Madre Peppa se reunió con su hijo en San Giovanni Rotondo. Su deseo era simple y profundo: pasar la Navidad con el Padre Pío.
Todas las mañanas asistía a la misa que él celebraba. Después de recibir la Sagrada Comunión de él en el altar mayor, al pasar su hijo junto a ella, se inclinaba y besaba la tierra donde había descansado su pie herido. Era un gesto silencioso de madre, lleno de veneración y amor.
A pesar de la nieve, el frío intenso y el viento cortante, todos los días subía caminando desde la casa de Maria Pyle, donde se alojaba, hasta la pequeña iglesia de Santa Maria delle Grazie. Había llegado a San Giovanni Rotondo con un vestido sencillo y ligero, inadecuado para el invierno, y se había negado a aceptar un vestido de lana de nadie.
En Nochebuena, la iglesia estaba abarrotada de fieles. Mamá Peppa se sentó entre el altar de la Inmaculada Concepción y el confesionario del Padre Pío. Desde allí, asistió a tres misas. Luego regresó a casa y se acostó.
Tras tres días de fiebre alta, el médico le diagnosticó neumonía doble. El Padre Pío, quien lo era todo para su madre, la visitó varias veces. Siempre lo acompañaba el superior del convento, quien le llevaba la Sagrada Comunión cada mañana.
El Padre Pío permaneció a su lado hasta el último momento. Fue él mismo, en medio de la emoción de los presentes, quien le administró los últimos sacramentos. Al darse cuenta de que su madre estaba a punto de exhalar, la pena lo invadió: la besó en la frente, sollozó profundamente y se desmayó. Dos médicos lo sostuvieron y lo sacaron de la cama. En su lugar permaneció el superior del convento, el Padre Raffaele, en cuyos brazos falleció la buena mamá Peppa.
Eran las 6:15 a. m. del 3 de enero de 1929.
El Padre Pío yacía en una cama en una habitación contigua. Allí, derramó todo su dolor en un mar de lágrimas. Empapó pañuelo tras pañuelo, y su llanto hizo llorar también a los presentes. De su corazón brotó un lamento sencillo y desgarrador:
"¡Mamma mia! ¡Mamma mia bella!... ¡Mammella mia!"
Alguien, intentando consolarlo, dijo:
"Padre Pío, siempre nos ha enseñado que el dolor es una expresión de amor y debe ofrecerse a Dios. ¿Por qué, entonces, llora así?"
El Padre Pío respondió con la voz entrecortada:
"Es exactamente eso: lágrimas de amor, nada más que amor".
¡Pax et bonum!