04/01/2026
Admitir que algo duele no es un gesto menor ni una frase de taza motivacional: es un movimiento subjetivo de alto calibre. Mientras el dolor permanece negado, racionalizado o maquillado con “estoy bien”, el yo trabaja horas extra sosteniendo una defensa que gasta más energía que el propio sufrimiento. Freud ya advertía que lo no reconocido no desaparece: retorna, usualmente convertido en síntoma, en mal humor crónico o en ese cansancio “sin razón”.
Decir “esto me duele” implica levantar, aunque sea un poquito, la represión. Es permitir que el afecto encuentre palabras, y cuando el afecto se simboliza, deja de necesitar actuar en el cuerpo o en la repetición. No es casual que el inconsciente sea tan creativo cuando se le pide callar. Lacan lo diría con menos azúcar: el dolor que no se dice, se goza… y se repite.
Hay algo profundamente humano y un poco cómico, en resistirse al dolor como si no verlo lo volviera educado. Pero el psiquismo no funciona por buenas intenciones: funciona por reconocimiento. Winnicott agregaría que solo cuando el sujeto puede sentirse sostenido para admitir su fragilidad, el yo deja de actuar el papel del fuerte y empieza, por fin, a respirar.
Así que sí: admitir que algo duele no cura todo, pero inaugura algo esencial. Es el momento en que el síntoma deja de tener que gritar porque, por primera vez, alguien lo escuchó. Y ese alguien, ese plot twist terapéutico, eres tú.