18/10/2025
Neurodivergencia y clase: cuenta la verdad.
En los últimos años, se han multiplicado los contenidos en redes sobre neurodivergencia: experiencias de personas autistas ( o que se nombran con esa condición), con TDAH, con altas capacidades, entre otras.
Estos relatos han sido fundamentales para visibilizar realidades históricamente silenciadas. Al escucharlos, muchas encontramos espejos, palabras y alivio: por fin alguien pone nombre a lo que durante años nos hace sentir raras o inadecuados.
Pero hay algo que casi nunca se dice: la clase atraviesa también la neurodivergencia.
Porque no todas podemos estar en el campo, frente a una masía, con un sombrero estiloso y un té matcha, hablando lentamente y con pausas dramaticas sobre nuestros procesos de autorregulación. No todas tenemos el privilegio de desconectarnos para “cuidarnos”, ni de decorar un despacho con luz natural y plantas.
Contemos la verdad.
La forma en que se vive y se expresa la neurodivergencia no es la misma cuando hay estabilidad económica, afectiva, grupal, que cuando hay precariedad y soledad.
Y, sin embargo, la mayoría de los discursos que circulan en redes vienen de un lugar concreto:
casas amplias y limpias,
rutinas de gimnasio,
acceso a terapias especializadas,
ropa cómoda, algodonosa, que “ayuda a regularse”, novio o criaturas bellas,
contacto con la naturaleza como estrategia de autocuidado.
Abrazo a las amigas o animales de compañía cerca del mar.
Todo eso, que se presenta como herramientas universales, también son privilegios de clase.
¿Y qué pasa con quienes no pueden acceder a nada de eso?
Con quienes viven compartiendo habitación o cama y no tienen un rincón propio para desbordarse.
Con quienes no pueden pagar terapia, férulas de descarga, medicamentos experimentales que no cubre la seguridad social, aunque los necesiten para sobrevivir.
¿Qué hacemos con quienes tienen progenitores que no pueden costearles un acompañamiento especializado (o directamente con quienes son adultas, cobran el Ingreso Mínimo Vital y no llegan a cubrir los gastos básicos)?
Con quienes no cuentan con un ambiente regulador, ni con vínculos seguros, ni con una red que sostenga.
Con quiénes no van a Pilates o se dedican al arte, ni pueden hacer retiros a 300 euros el fin de semana.
Con quienes trabajan en empleos que drenan toda la energía, o encadenan contratos temporales y llegan a casa con el cuerpo hecho trizas.
Con quienes no pueden comprarse un organizador bonito, ni una tablet, ni ropa de lino beige.
Con quienes se regulan como pueden entre el ruido, la ciudad, el cansancio y el alquiler que sube cada año.
Ahí también hay neurodivergencia.
Solo que no suele salir en las fotos.
La conversación sobre “autoregulación”, “productividad consciente” o “amor propio” corre el riesgo de volverse cruel cuando ignora la desigualdad material.
No me voy a cansar de decirlo, prima.
Porque no todas partimos del mismo punto para poder cuidarnos. No todas podemos parar. No todos tenemos tiempo, dinero ni espacio para sostenernos.
Por eso, necesitamos ampliar el relato y hacernos preguntas incómodas:
¿Cómo se vive la neurodivergencia cuando la supervivencia se come toda la energía?
¿Cómo se sostienen los procesos de cuidado sin recursos, sin tiempo, sin red?
¿Qué hacemos con la culpa que genera no poder aplicar todo lo que se nos dice que “deberíamos hacer” para estar bien?
La neurodivergencia no ocurre en un vacío: está atravesada por clase, género, raza, por el acceso o no a apoyos, y por las posibilidades concretas de cada vida.
Invisibilizar esa dimensión no solo borra experiencias, también expulsa del discurso a quienes más necesitarían estar en el centro.
Es tiempo de politizar la conversación.
Ay, María qué pesada, cómo te repites.
Sí.
Pasar del relato individualista (donde cada quien debe gestionar sola su diferencia neurológica y su todo) a un enfoque colectivo, social, comunitario, que reconozca las condiciones materiales como parte del problema y de la solución.
Si solo hablamos de neurodivergencia desde los márgenes del privilegio, corremos el riesgo de construir una narrativa bonita, estética, pero profundamente excluyente.
Y muchas quedarán fuera, una vez más.
Otra vez más, la vida visible y vivible, la música suave y el alimento nutricio para unos cuantos.
María Sabroso
Por si sirve. Te escucho.
Abrazo 🫂 💜
Fotografía de Iroko Oyamada.
Tomado de la red