02/11/2025
La importancia de la perdida desde la psicología
Todos los seres humanos en algún punto de nuestras vidas nos vemos confrontados ante la
idea de que, tarde o temprano la vida llegará a su final, tanto la propia, como la de nuestros
seres queridos, sin embargo, parece ser que nada nos prepara para lidiar con su inminente
ausencia. Ante esto, podemos retomar un concepto de suma importancia de cara a
acontecimientos como la pérdida: la resiliencia, que se vincula con la capacidad de
sobreponerse a situaciones adversas y adaptarse después de experimentar alguna situación
inusual e inesperada. Implica volver a la normalidad, con una actitud fortalecida a pesar de
todo lo difícil que se haya tenido que afrontar a fin de pensar en un mejor futuro.
Si bien la resiliencia puede servir como una estrategia de afrontamiento ante la pérdida de un
ser querido, es inevitable transitar por un proceso de duelo.
El duelo ha sido abordado por diferentes autores, como Sigmund Freud, quien en “Duelo y
Melancolía” lo definió como la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una
abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. Dicho proceso
funciona de la siguiente manera. El examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya
no existe más, y de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese
objeto. A ello se opone una comprensible renuencia. Lo normal es que prevalezca el
acatamiento a la realidad, pero la orden que esta imparte no puede cumplirse enseguida. Se
ejecuta pieza por pieza, con un gran gasto de tiempo y de energía, entretanto la existencia del
objeto perdido continúa en lo psíquico. Este proceso continúa hasta que todos los recuerdos y
esperanzas que estaban ligados a ese objeto (persona, idea, relación, etc.) son revisados y
“cerrados”. Solo cuando cada uno de esos lazos emocionales se ha soltado, la energía afectiva
(la libido) que estaba unida al objeto se libera completamente.
Otra de las autoras que influyeron en cómo se transita por este proceso fue Elisabeth
Kübler-Ross, quién creó un modelo de cinco etapas según el cual toda persona que transita
por un duelo atraviesa. La primera de ellas es la de negación, como una respuesta inicial de
“esto no puede estar pasando” que protege temporalmente de la realidad de la pérdida. La
segunda es la de la ira, como aquellos sentimientos de enojo, resentimiento y furia que
pueden dirigirse hacia uno mismo, los demás o la situación. La tercera es la negociación,
como esos intentos de recuperar el control o de hacer tratos, por ejemplo, con una fuerza
superior, para revertir la pérdida.En cuarto lugar, llegaría la depresión, expresada mediante la
tristeza en la que se puede sumir una persona al comprender la inevitabilidad de la situación.
Y por último, tendría lugar la quinta etapa, que no es otra que la aceptación, dónde no
significa que el dolor desaparezca, sino que se aprende a vivir con la realidad de la pérdida
sin resistirse a ella. Es un estado de paz con la situación.
Estás fechas sirven para conmemorar el paso por nuestras vidas de aquellos seres queridos
que ya no están con nosotros, recordarlos y reafirmar que los vínculos que forjamos con ellos
no se terminan con la muerte, sino que se resignifican y trascienden.
Viktor Frankl afirmaba que la vida es digna de ser vivida, que las personas pueden
sobreponerse a las dificultades, y que, quien tiene un motivo, o un propósito, o una razón para
vivir puede soportar casi cualquier cosa.
Como se puede apreciar, en psicología, la muerte no solo se entiende como el final de la vida,
sino como un proceso que tiene un impacto profundo en nuestra forma de vivir. El
conocimiento y la aceptación de nuestra mortalidad pueden ayudarnos a encontrar un sentido
más profundo en nuestras vidas, tal como se mencionó con Viktor Frankl, o nos lleva a un
proceso de duelo, como lo explicó Elisabeth Küber-Ross y Sigmund Freud. Aprender a vivir
con la conciencia de nuestra muerte, puede impulsarnos a vivir de manera más plena y
auténtica. Al final, la muerte puede enseñarnos a valorar lo que realmente importa: las
relaciones, el propósito y el presente; conmemorando a los que ya no están, pero también,
celebrando a los que aún están con nosotros.
Por P. Psic. Diego García