24/01/2026
Al hombre que le duele gastar en sus hijos, en el fondo, le pesa amarlos.
Existe una pobreza que no tiene nada que ver con el saldo de una cuenta bancaria, sino con la miseria del espíritu. Hay quienes cuentan cada centavo que destinan a su propia sangre como si fuera una pérdida irreparable, una extorsión injusta o un favor inmerecido, olvidando por completo que esos hijos no pidieron venir al mundo. La provisión no es una opción sujeta al estado de ánimo, sino el primer deber sagrado de quien asume el rol de padre; verla como una carga es renunciar a la esencia misma de la protección.
Cuando se entrega el sustento con reproches, con la mano cerrada o exigiendo gratitud eterna por lo básico, no se está simplemente limitando el dinero; se está enviando un mensaje emocional devastador. El niño, que todo lo percibe, no entiende de finanzas ni de crisis, pero es experto en leer el rechazo en los gestos de quien debería ser su refugio. Aprende, de la manera más dolorosa posible, que sus necesidades molestan, que su presencia incomoda y que su existencia tiene un costo que a su padre le amarga pagar.
La verdadera paternidad se ejerce desde la generosidad, entendiendo que el dinero es solo una herramienta para construir bienestar, seguridad y futuro. No se trata de conceder lujos innecesarios, sino de garantizar que a los hijos no les falte lo esencial sin hacerles sentir culpables por comer, por vestir o por estudiar. Quien ve a su descendencia como un número negativo en su balance personal, se está perdiendo la mayor riqueza de todas: la satisfacción de verlos crecer y prosperar gracias a su esfuerzo.
El dinero va y viene, se recupera y se transforma, pero el vínculo que se rompe por la tacañería emocional difícilmente se restaura. Es una tragedia ver cómo algunos acumulan bienes materiales mientras dilapidan el respeto y el cariño de su familia, sin darse cuenta de que la vida es un ciclo y que, a menudo, la soledad de la vejez es el precio exacto de la avaricia de la juventud.
Que nunca tengas que pagar con aislamiento lo que hoy te ahorras en generosidad, porque el día que quieras comprar su cercanía, descubrirás que el amor de un hijo no tiene precio, pero sí tiene memoria.