21/02/2026
Comparto …
En los últimos años se ha normalizado hablar del fenómeno therian como si fuera simplemente una expresión más de identidad personal. Se trata de personas que afirman sentirse, en un plano interno, como un animal —perro, lobo, gato, etc.— y que construyen parte de su identidad alrededor de esa percepción. Hasta ahí, podríamos considerarlo una vivencia subjetiva. El problema comienza cuando esa vivencia pretende trasladarse al plano de la realidad social objetiva.
El caso de la joven que subió a un taxi identificándose como perro y recibió la respuesta de que no podían subir animales no es una anécdota trivial. Es un ejemplo claro de lo que ocurre cuando se desdibujan los límites entre identidad simbólica y realidad biológica. Un conductor de taxi no opera sobre sentimientos identitarios, sino sobre normas concretas. La convivencia social depende de acuerdos compartidos sobre hechos verificables, no sobre autopercepciones.
Ser críticos aquí no es ser crueles. Es reconocer que no toda experiencia subjetiva requiere validación pública. Si cada identidad interna exigiera adaptación estructural del entorno, el orden social se volvería inviable. La identidad personal tiene un ámbito legítimo, pero ese ámbito no puede imponerse por encima de criterios biológicos, legales y funcionales que sostienen la vida colectiva.
Desde una perspectiva psicológica, identificarse con un animal puede expresar una búsqueda de pertenencia, una reacción contra la presión social o una necesidad de singularidad. Sin embargo, cuando esa identificación se vuelve literal en la conducta pública —esperando ser tratado como un animal en contextos formales— estamos ante una señal preocupante. La madurez psíquica implica distinguir claramente entre metáfora y realidad.
La sociedad contemporánea parece oscilar entre dos extremos: la burla automática o la validación incondicional. Ninguno de los dos ayuda. Lo verdaderamente responsable es sostener una posición firme: respetar a las personas, pero no diluir la realidad. No todo lo que alguien siente define lo que objetivamente es. Y si perdemos esa distinción, no estamos ampliando la libertad, sino debilitando el sentido común que permite convivir.