04/01/2026
Perdoné una infidelidad y nadie te prepara para lo que eso te hace por dentro. Todo el mundo habla del engaño, del mensaje, de la otra persona, del día en que te enteras. Pero casi nadie habla del después. Yo decidí quedarme. No porque no doliera, sino porque pensé que podía con eso, que el amor, los años, la historia, iban a pesar más. Él pidió perdón, lloró, prometió, juró que fue un error. Yo asentí, dije que lo intentáramos, y desde ese día mi vida no volvió a ser igual.
Porque después del perdón llega algo peor: la desconfianza constante. Empecé a revisar tonos de voz, horarios, silencios. Si se demoraba, yo me imaginaba cosas. Si sonreía mirando el celular, se me cerraba el pecho. Si se arreglaba más de la cuenta, sentía un n**o en el estómago. Dormía a su lado, pero ya no descansaba. Mi mente no se apagaba nunca. Me comparaba con la otra, con su cuerpo, con su edad, con todo. Dejé de sentirme suficiente, aunque él dijera que sí lo era.
Nadie habla de cómo una infidelidad te rompe por dentro aunque decidas seguir. Yo empecé a callar. A no reclamar para no “revivir el tema”. A tragarme preguntas para no parecer tóxica. A fingir normalidad frente a otros. Sonreía, pero por dentro estaba agotada. Me sentía débil por haber perdonado y culpable por no poder olvidar. Mi autoestima se fue desgastando en silencio. Me volví insegura, temerosa, hipervigilante. Ya no confiaba ni en mí.
Hoy sigo aquí, pero no soy la misma. Perdí la tranquilidad, la ligereza, la confianza ciega que tenía antes. Perdonar no me devolvió la paz, solo me enseñó a vivir con miedo. Y aunque muchos dicen que perdonar es de valientes, nadie habla del precio que se paga por quedarse. Porque la infidelidad no se queda en el pasado, se instala en tu cabeza, en tu cuerpo, en tu forma de amar. Y eso también duele.
Historia anónima