05/11/2025
(versión extendida) Los placeres contemplativos vs el hedonismo instantáneo
Es complicado escapar de la era de la información. Ciertamente muchas personas hemos caído en un sistema que constantemente empuja la voluntad de las demás.
Hace tiempo estuve platicando con mi terapeuta. Los espacios terapéuticos los he aprendido a valorar con mucho recelo; bajo cierta lógica, las terapias conductuales muchas veces buscan ofrecer un espacio que vaya más allá de la conversación. Lo entiendo: quieren, de una forma u otra, separarse de la tradición psicoanalítica; quieren profesionalizar un servicio y proveerlo de herramientas que van más allá de la conversación —como el análisis funcional de la conducta, el manejo de contingencias, la DBT, la ACT, por mencionar otras herramientas—.
Pero tampoco debemos olvidar que la esencia del trabajo es la conversación. El tecnicismo es tan solo un elemento que potencializa algo que ya de por sí funciona: la palabra.
Quizá me estoy desviando demasiado. Es raro alimentar ciertos procesos donde puedo escribir libremente. Recuerdo las clases de escritura del posgrado: nos enseñaron que la esencia de una buena escritura implica contemplar el proceso a base de un hedonismo absoluto, dejarte absorber por tus palabras y eventualmente centrarte en el aparato técnico de la escritura. Eso es lo que hago actualmente: quiero que cada encuentro, cada momento que tengo para compartir cómo me siento, sea orientado a una acción placentera y/o contemplativa.
¿A qué me refiero?
Los seres humanos, desde un punto de vista contemporáneo, estamos atrapados en la era de la inmediatez. Todos los días nos levantamos y perpetuamos una rutina que nos desgasta constantemente. Eventualmente nuestra mente se agota, porque es poco realista pensar que los seres humanos tenemos una naturaleza multifrenética. Qué mentira más bella creada por los estándares capitalistas y de hiperproducción.
Esos lemas de “elige lo que te apasiona para que no sientas que estás trabajando” son tan solo monumentos a nuestra propia hipocresía. Los seres humanos no somos máquinas, ¿y sabes qué? Eso está bien.
Dormir ocho horas es tan productivo como aguantar una jornada de catorce; caminar por dos horas contemplando la naturaleza, sin ningún tipo de gratificación instantánea, también es ser productivo; tomar una cerveza con moderación con tus amigos, mientras recuerdan con cariño y melancolía, también es una actividad productiva.
Si he de ser productivo, ¿por qué no serlo alimentando el valor de nuestras almas? ¿Desde cuándo contribuir al monumento de las mentiras se ha vuelto un común denominador?
Algo ideal, lo sé. Qué bello sería preocuparse por “¿qué nueva aventura hará de mi vida algo más emocionante?” en lugar de “¿cómo pagaré la renta el próximo mes?”.
En ese sentido, a veces pienso que esta epidemia de padecimientos mentales es, en realidad, un contexto deprimente de por sí. La depresión se nutre de pequeños placeres que eventualmente corrompen la postergación del placer. Los seres humanos somos hedonistas; nuestra naturaleza no consiste en evaluar cómo una actividad tendrá efecto a largo plazo: nuestro sistema está hecho para sobrevivir.
Y, como aquel oso que hiberna cada año y consume miles de calorías con el objetivo de sobrevivir, lo mismo pasa con los seres humanos.
A lo largo de mi compleja existencia, con experiencias dolorosas pero también positivas, he aprendido que los placeres instantáneos solo me han generado o perpetuado más dolor. Como aquel pobre adicto que destroza su sistema de recompensa, que consume sin pensar, que escapa del dolor y abandona aquel eco primordial de la condición humana: ese efecto cortical, ese fenómeno neurocognitivo que nos aprisiona todos los días —la conciencia—, pero que también nos ha dado la oportunidad de contemplar otras realidades.
En ese sentido, debemos sentir dolor, pero es importante no caer en la romantización del sufrimiento. La sobreexigencia parte de un aura de expectativas que te hace postergar el placer; pero, al final, el espectro de nuestro propio desgaste nos termina cobrando factura y eventualmente caemos en los instintos más básicos.
El hedonismo instantáneo es ese paliativo que solo calma los síntomas, pero no resuelve el problema de fondo.
Ahí podemos identificar dos tendencias:
La primera surge del desgaste por la autoexigencia: nuestro sistema no tiene otra opción que buscar un placer que nos estabilice mediante un shock de endorfinas.
La segunda proviene de hábitos diametralmente opuestos: un consumo constante de materiales y estímulos altamente adictivos —alcohol, cafeína, azúcar, dr**as, fármacos controlados, carbohidratos, masturbación, s**o, interacciones, exceso—.
Al final, el objetivo de un sistema de hiperproducción reside en el consumo. Todos contribuimos, de una forma u otra, a este sistema enajenante.
He aprendido con el paso del tiempo que el placer contemplativo, de una forma u otra, es más valioso: esas pequeñas metas que no son tan evidentes a corto plazo, como aquel ser humano que escribe, plasma sus pensamientos y al final se siente feliz por el resultado; como aquel fisicoculturista que se somete a rutinas que llevan al extremo el cuerpo humano; o como ese estudiante ansioso que busca atraparse en conocimientos absolutos, que demanda el esfuerzo máximo de la capacidad humana, pero al terminar el libro, el cuento, la narración o el escrito, trasciende en su espíritu.
Y, lejos de vanagloriarse del intelectualismo, pienso en aquel que trabaja arduamente solo para compartir un espacio de placer con su familia, o en aquella madre o padre que se esfuerza por salir adelante con tal de ver a su hijo progresar.
Esos momentos son los que verdaderamente trascienden con nosotros.
He comprendido que mi vida ha estado plagada de una extraña combinación entre esas dos tendencias. Simplemente estoy cansado de vivir así, de sobreexigirme más de la cuenta.
Quiero aumentar esos placeres que tardan más en llegar. He sufrido, y sufro bastante todos los días; mi rutina es un constante ir y venir. Quiero que el desgaste no sea una señal para exigirme más; quiero que cada pequeño paso, por muy pequeño que sea, sea una señal de que “stop, es todo por hoy.”
Quiero que la gente entienda que las cosas llevan tiempo; que el dolor es inevitable, pero también temporal; que los placeres instantáneos solo conducen a un dolor eterno; que el sufrimiento constante es un desgaste mental construido a base de mentiras; que la hiperproducción no es saludable.
Y en ese sentido, uno se va preguntando:
¿Qué cosas has dejado de hacer que te gustaría retomar?
¿Qué ajustes le darías a tu rutina?
¿Cómo podemos hacer que un placer contemplativo —aunque tarde en hacer efecto— sea un común denominador en tus patrones de comportamiento?
¿Cómo construimos nuevamente la felicidad?
¿Cómo reconciliarnos con la conciencia y aceptar que las cosas simplemente pasan?
¿Qué es necesario en nuestras vidas para vivir en equilibrio y plenitud?