06/01/2026
LE ROBÉ LA MOCHILA A UN CHICO QUE LLORABA EN EL PARQUE, PENSANDO QUE TENÍA UNA LAPTOP O UNA CONSOLA. CUANDO LA ABRÍ EN MI ESCONDITE Y VI LO QUE HABÍA DENTRO, CORRÍ MÁS RÁPIDO QUE CUANDO HUYO DE LA POLICÍA PARA DEVOLVERLA.
Me llamo Ciro. Soy carterista. Vivo de lo ajeno. Tengo un radar para las víctimas fáciles. Esa tarde, vi a un chico de unos 17 años sentado en un banco del parque, con la mirada perdida y los ojos rojos. A su lado tenía una mochila deportiva que parecía muy pesada y llena. "Bingo", pensé. "Ahí lleva una laptop gamer o libros caros". Aproveché un momento en que él se tapó la cara con las manos para sollozar. Pasé corriendo, agarré la mochila por el asa y me eché a correr. El chico no gritó. Ni siquiera me persiguió. Eso fue lo primero que me extrañó. Normalmente, la gente grita "¡Ladrón!". Él se quedó quieto, como si ya no le importara nada.
Llegué a mi callejón seguro, tres cuadras más lejos. Me senté en el suelo, ansioso por ver mi botín. La mochila pesaba muchísimo. "Seguro es algo de metal, algo valioso", me dije. Abrí la cremallera. Mi sonrisa se borró al instante. No había computadora. No había dinero. No había ropa. Había tres cosas:
Una piedra de río enorme y pesada.
Una cuerda gruesa de nudos, de unos dos metros.
Una carta en un sobre blanco que decía: "Para mi mamá".
Se me heló la sangre. Abrí la carta con manos temblorosas. "Mami, perdóname. Ya no puedo con el acoso en la escuela. Me dicen que no sirvo para nada. Hoy voy al Puente Viejo. La piedra es para que no flote. La cuerda es por si la piedra falla. Te amo, pero estarás mejor sin un hijo fracasado."
Miré la hora. Eran las 6:45 PM. El sol se estaba poniendo. El Puente Viejo estaba a 10 minutos corriendo. Yo era un ladrón. Un delincuente. Se suponía que no debía importarme. Podía tirar la mochila y olvidarme. Pero la imagen del chico llorando en el banco, esa resignación cuando le robé... me golpeó el alma. Le había robado su "herramienta" para morir, pero él seguía teniendo la intención. Cerré la mochila. Me la eché al hombro. Y corrí. Nunca había corrido tan rápido en mi vida. Ni cuando me perseguían las patrullas. Mis pulmones ardían.
Llegué al Puente Viejo. El chico estaba allí. Estaba subido en la barandilla, mirando al agua oscura abajo. Sin la mochila, parecía que iba a saltar igual. —"¡Epa! ¡Tú! ¡El de la mochila!", grité, ahogándome por el esfuerzo. El chico se giró, sorprendido. Me vio llegar sudando, con su mochila en la mano. —"¿Por qué volviste?", preguntó con voz mu**ta. "¿Vienes a robarme los zapatos también?".
Tiré la mochila al suelo, saqué la piedra y la lancé al río con furia. PLAF. Luego saqué la cuerda y la tiré también. Me acerqué a él, jadeando. —"Te robé porque soy una rata, chico. Buscaba dinero. Pero leí tu carta". El chico empezó a llorar. —"Déjame en paz. No valgo nada. Ni siquiera pude cuidar mi mochila". Lo agarré de la camiseta y lo bajé de la barandilla de un tirón, tirándolo al suelo de asfalto seguro. —"Escúchame bien", le dije, señalándome el pecho. "Yo soy un ladrón. Soy la escoria de la sociedad. Nadie daría un peso por mí. Y aún así... yo corrí veinte cuadras para salvarte. Si un delincuente como yo cree que tu vida vale la pena ser salvada, entonces tú no tienes derecho a tirarla".
El chico me miró, aturdido por la lógica brutal de mis palabras. —"Pero... me duele mucho", susurró tocándose el pecho. —"Lo sé. La vida golpea duro. Pero hoy no te vas a morir. Hoy vas a ir a casa, vas a abrazar a tu mamá y vas a romper esa carta".
Me senté con él en el suelo del puente hasta que dejó de llorar. Le acompañé caminando hasta la puerta de su casa. Cuando abrió la puerta y su madre salió a recibirlo (sin saber nada), el chico me miró una última vez. —"Gracias... ¿cómo te llamas?". —"No importa. Solo soy el tipo que te robó la muerte".
Me fui caminando solo. Esa noche no cené porque no robé nada de valor. Pero dormí mejor que nunca en mi vida, sabiendo que mis manos rápidas, por una vez, sirvieron para algo bueno.
🧠 Reflexión Profunda para llevar:
A veces, el universo usa mensajeros extraños para decirte que te quedes.
No siempre es un ángel blanco o un amigo sabio quien te salva. A veces es un extraño, un accidente, o incluso un ladrón, lo que interrumpe el plan fatal. Ciro no era un héroe, pero en ese momento eligió ser humano. El chico pensaba que su vida no tenía valor, pero su vida fue tan valiosa que hizo que un criminal cambiara su rumbo y corriera para salvarlo. Si estás pasando por un momento oscuro, recuerda: incluso en las situaciones más absurdas o dolorosas (como que te roben la mochila), puede haber una señal oculta de que tu historia aún no ha terminado.
Vía Doña Diabla fans