03/03/2026
Hace unos días se publicó un vídeo con la entrevista a Beto, una persona condenada a 72 años de prisión por secuestro.
En el vídeo se narra su historia; partes de ella se encuentran en la imagen de esta publicación. No sabemos con certeza qué de su relato es completamente verídico. Sin embargo, negar lo que cuenta implicaría asumir que vivimos en una sociedad donde esas realidades no existen, y sabemos que no es así.
Beto está en la cárcel y debe asumir las consecuencias legales de sus actos. Sus delitos provocaron sufrimiento en muchas personas, y eso no puede minimizarse.
Pero escuchar historias como la suya inevitablemente abre una pregunta: ¿Cómo se construyen las conductas antisociales y violentas? Sabemos que esto no surge de la nada, se moldea en contextos específicos: ausencia de cuidado, exposición temprana a la violencia, falta de figuras de apoyo, precariedad, abandono. Nada de esto excusa el daño causado, pero sí ayuda a comprender los procesos que pueden estar detrás.
Muchas personas sostienen que la violencia no es justificable. Coincido. Sin embargo, también vale la pena preguntarnos desde qué lugar hablamos. ¿Cuántos de nosotros crecimos con el privilegio de tener seguridad, cuidado, afecto, oportunidades, o cualquier forma de amor? No todas las personas tuvieron ese punto de partida.
Si tú no contaste con esas condiciones y, aun así, aprendiste a cuidar, a amar, a ofrecer apoyo y a no reproducir la violencia que viviste, eso merece un reconocimiento profundo. No es lo común. Implica un esfuerzo enorme, muchas veces silencioso.
Reflexionar sobre casos como el de Beto no significa justificar la violencia, sino intentar comprenderla para prevenirla. Porque si no miramos las condiciones que la producen, seguiremos reaccionando solo ante sus consecuencias. Y allá afuera, habrá muchas infancias como las de Beto, aspirando a que en otra vida les toque algo mejor.