04/01/2026
MADRE, NO ES SOLO ES LA SUSTANCIA: ES UNA GUERRA POR EL ALMA DE TU HIJO
Madre, te hablo directo, sin condenarte, porque yo sé que hay dolores que no se explican con palabras. Ver a un hijo atado a las dr**as no es “una etapa”. No es “un vicio cualquiera”.
Es una angustia que te aprieta el pecho, que te roba el sueño, que te hace mirar el teléfono con miedo, que te pone a imaginar escenarios horribles en la noche. Y encima, muchas veces te sientes sola, incomprendida, y hasta culpable, como si todo fuera tu responsabilidad. Pero escucha bien: no estás sola, no estás loca y no estás tarde.
Dios está viendo lo que tú ves… y también lo que tú no ves.
Porque aquí hay una verdad que las madres necesitan entender para no pelear mal: muchas veces el alcohol es solo la punta del iceberg. Debajo hay una guerra por el alma, por la identidad, por el propósito y por el destino de ese hijo.
La Biblia lo dice sin maquillaje: “No tenemos lucha contra sangre y carne” (Efesios 6:12). Eso significa que tu hijo no es tu enemigo. Tu hijo no es “un caso perdido”. Tu hijo es un campo de batalla en una temporada, y el enemigo quiere usar esa atadura para apagarlo por dentro, destruirlo por fuera y robarle el futuro.
¿Y cómo trabajan las tinieblas? No empiezan con destrucción de golpe. Empiezan con engaño, con seducción, con anestesia. El enemigo entra como ladrón (Juan 10:10): primero roba paz, después roba identidad, después roba fuerzas. Te ofrece el alcohol y la droga como “descanso”, como “escape”, como “olvido”, como “valor”. Le dice al hijo:
“Tú no puedes con esto, tómate algo y se te va”. Y cuando el dolor se calma por un rato, él cree que encontró alivio… pero lo que encontró fue una cadena. Porque el enemigo nunca ofrece algo para sanar, ofrece algo para esclavizar. Y mientras más bebe, más necesita.
Mientras más necesita, más se esconde. Mientras más se esconde, más se endurece. Y ahí nacen las mentiras: “Yo lo controlo”, “yo paro cuando quiera”, “nadie me manda”, “tú no entiendes”, “déjame en paz”.
Eso no es solo carácter. Muchas veces es una mente atrapada, una voluntad debilitada y un corazón lleno de heridas.
Y aquí viene algo que tú, madre, tienes que escuchar sin culpa: el enemigo no solo ataca al hijo. También te ataca a ti. Porque él sabe que si logra quebrarte a ti, se debilita la cobertura espiritual. Él trabaja para cansarte, para agotarte, para llevarte a la
desesperación, para que tú te conviertas en puro llanto y pierdas el gobierno espiritual. Te empuja a un lugar donde ya no oras con fe sino con pánico, donde ya no adoras sino que solo sobrevives, donde empiezas a decir por dentro: “No hay solución”. Y cuando una madre llega a ese punto, las tinieblas celebran, porque no tuvieron que destruirla físicamente; solo tuvieron que apagar su esperanza.
¿Sabes qué pasa en el mundo espiritual cuando tú dejas de adorar? No es que Dios se aleje. Dios no se va. Pero tú pierdes una llave poderosa: la adoración te mantiene firme, te alinea, te devuelve claridad, te recuerda quién es Dios cuando el panorama te grita lo contrario. La adoración no cambia a Dios, te cambia a ti. Te saca del miedo y te vuelve a poner en la posición correcta.
Por eso el enemigo quiere que dejes de adorar. Porque si tú adoras, aunque llores, no te derrumbas. Si tú adoras, aunque no veas cambios rápidos, tu espíritu no se rinde. Si tú adoras, tu casa no queda sin fuego.
Madre, el diablo es real y la Biblia lo llama adversario que ronda buscando a quien devorar (1 Pedro 5:8). Pero también hay una realidad más fuerte: Dios está más cerca de lo que tú sientes. Salmo 34 no es teoría, es refugio: “Clamaron los justos, y Jehová oyó… cercano está Jehová a los quebrantados de corazón” (Salmo 34:17–18). Eso significa que en tus noches de angustia, cuando te escondes en el baño para llorar, cuando te acuestas con el corazón apretado, cuando miras la puerta esperando que tu hijo llegue bien, el Padre no te está mirando desde lejos. Él está cerca. Él oye. Él sostiene.
Y Isaías 41:10 te lo firma con autoridad: “No temas, porque yo estoy contigo… yo te ayudaré… yo te sustentaré.” Dios no te dice “no llores”, Dios te dice “no te sueltes”. No te dice “sé fuerte por ti misma”, te dice “Yo te sostengo”. Hay procesos donde Dios trabaja en silencio, no porque esté ausente, sino porque está haciendo raíces profundas. Él está trabajando donde tú no ves: en la conciencia, en los pensamientos, en el entorno, en las puertas que se cierran, en amistades que se rompen, en planes de destrucción que se frustran, en convicciones internas que empiezan a despertar.
Te voy a decir algo bien real: a veces tú no ves nada… pero tu oración está haciendo presión en lo invisible. Tu clamor está levantando un muro. Tu adoración está manteniendo tu mente en pie. Y aunque tu hijo no lo diga, hay momentos donde él siente un vacío, una inquietud, un cansancio de esa vida… y ahí es cuando Dios empieza a hablarle. Muchas veces el Padre no hace el espectáculo que tú quisieras, pero sí hace el trabajo profundo que salva.
Y Dios te dice en medio de tu angustia: “Hija, no te culpes como si tú fueras Dios. Tú eres madre; Yo soy Padre. Tú haces tu parte; Yo hago la Mía. No te voy a dejar sola en esto. No voy a permitir que el enemigo escriba el final. Tu hijo no está fuera de Mi alcance. Yo lo sé encontrar incluso cuando se pierde a sí mismo. No me sueltes, aunque no veas. No abandones el altar, aunque no sientas. Yo estoy obrando en silencio.”
Madre, si hoy tú estás con ansiedad, con desesperación, con la fe temblando y los ojos llenos de lágrimas, quiero que recuerdes esto: tu dolor no es debilidad, tu dolor es evidencia de amor. Pero no permitas que el dolor te gobierne. Entrégaselo al Padre. Llora, sí. Descansa, sí. Pide ayuda, sí. Pero no declares derrota. Porque el que empezó la obra sabe terminarla, y lo que hoy parece imposible, mañana se convierte en testimonio.
No te ofrezco promesas vacías. Te doy una oportunidad de cambiar todo lo pasado a un presente hermoso