03/02/2026
Puntos de vista / Publicado el 25 de enero de 2026
¿Crisis de autoridad?
𝐏𝐨𝐬𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝: 𝐞𝐥 𝐨𝐜𝐚𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐭𝐨𝐬
𝐸𝑛 𝑙𝑎 𝑒𝑟𝑎 𝑑𝑒 𝑙𝑎 ℎ𝑖𝑝𝑒𝑟𝑐𝑜𝑛𝑒𝑐𝑡𝑖𝑣𝑖𝑑𝑎𝑑, 𝑙𝑎 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑓𝑖𝑎𝑛𝑧𝑎 ℎ𝑎𝑐𝑖𝑎 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑜𝑐𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑒𝑥𝑝𝑒𝑟𝑡𝑜 𝑛𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑠𝑖𝑠𝑡𝑒: 𝑠𝑒 𝑝𝑟𝑜𝑓𝑢𝑛𝑑𝑖𝑧𝑎. 𝑈𝑛 𝑎𝑛𝑎́𝑙𝑖𝑠𝑖𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑠𝑒𝑠𝑔𝑜𝑠 𝑐𝑜𝑔𝑛𝑖𝑡𝑖𝑣𝑜𝑠, 𝑙𝑎𝑠 𝑒𝑚𝑜𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑦 𝑙𝑎𝑠 𝑛𝑢𝑒𝑣𝑎𝑠 𝑓𝑖𝑔𝑢𝑟𝑎𝑠 𝑑𝑒 𝑎𝑢𝑡𝑜𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑥𝑝𝑙𝑖𝑐𝑎𝑛 𝑝𝑜𝑟 𝑞𝑢𝑒́ 𝑙𝑎 𝑒𝑣𝑖𝑑𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑖́𝑓𝑖𝑐𝑎 𝑝𝑖𝑒𝑟𝑑𝑒 𝑡𝑒𝑟𝑟𝑒𝑛𝑜 𝑓𝑟𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑎𝑙 𝑑𝑖𝑠𝑐𝑢𝑟𝑠𝑜 𝑠𝑖𝑚𝑝𝑙𝑖𝑠𝑡𝑎 𝑦 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑝𝑖𝑟𝑎𝑡𝑖𝑣𝑜.
Autor: Dr. Ariel Kraselnik*
“Son tiempos peligrosos. Nunca hemos tenido tanto acceso a la información, y a la vez, jamás ha existido tanta resistencia al aprendizaje”.
Esta frase es de Tom Nicholls, autor de “La muerte de la experiencia”, un libro publicado en el año 2017. Desde ese momento hemos vivido, entre otras cosas: la profundización de las hiperconectividad y las redes sociales, una pandemia, el estallido de numerosas guerras y la llegada de la inteligencia artificial a nuestra vida cotidiana. Todo esto no ha hecho sino agravar el diagnóstico de Nicholls.
“𝑺𝒐𝒔 𝒎𝒆́𝒅𝒊𝒄𝒐, 𝒏𝒐 𝒕𝒆 𝒄𝒓𝒆𝒐. 𝑻𝒆 𝒍𝒂𝒗𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒆𝒍 𝒄𝒆𝒓𝒆𝒃𝒓𝒐 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒓𝒆𝒑𝒆𝒕𝒊𝒓 𝒍𝒂𝒔 𝒎𝒆𝒏𝒕𝒊𝒓𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒇𝒂𝒓𝒎𝒂𝒇𝒊𝒂”
En mi cuenta de Instagram, recibo comentarios como este varias veces a la semana. A esta altura, a nadie le debe sorprender, ya que este tipo de discursos se han hecho normales. Teorías sobre intereses oscuros, malignas corporaciones manipulando la realidad y macabros planes de dominación mundial predominan ampliamente por sobre la discusión de hechos concretos en un marco científico objetivable y demostrable. Detrás de estas reacciones podemos identificar algunos sesgos cognitivos que vale la pena describir.
𝐄𝐟𝐞𝐜𝐭𝐨 𝐃𝐮𝐧𝐧𝐢𝐧𝐠-𝐊𝐫𝐮𝐠𝐠𝐞𝐫
Este efecto consiste en que las personas tienden a confiar más en su conocimiento cuando menos saben sobre un tema en cuestión. Vemos este efecto cotidianamente, por ejemplo, cada vez que escuchamos a un influencer sin educación en ciencias de la salud dar una fuerte opinión acerca de un alimento o una dieta, en flagrante contradicción con el consenso científico. El efecto Dunning-Kruger también describe que, a medida que se gana experiencia, uno se hace más consciente de sus propias limitaciones. Es por ello que los verdaderos expertos se expresan de forma cautelosa, reconociendo lo vasto y dinámico que es el conocimiento.
Figura 1. El efecto Dunning-Kruger muestra que las personas que menos saben son las que tienen más confianza en su conocimiento (“pico de la ignorancia”). A medida que se va adquiriendo competencia, la confianza disminuye (“valle de la desesperación”), para luego ir subiendo gradualmente al acercarse a la expertisia.
𝐀𝐩𝐞𝐥𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐚 𝐥𝐚 𝐧𝐨-𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝
La falacia de apelación a la autoridad ocurre cuando, como razón para creer en la verdad o la falsedad de una afirmación, se cita la opinión de alguna autoridad. Es una falacia, porque la verdad de una afirmación no depende quién la diga. Ser conscientes de cuando se está usando una apelación a la autoridad nos hace más críticos de los mensajes que recibimos, ya que evita el “esto es así porque lo dice X”. Pero hoy hemos pasado de lo que podría ser un sano escepticismo a la directa desacreditación de una persona, no sólo a pesar de ser un experto, sino muchas veces debido a que lo es.
No hay más que entrar a posts de redes sociales sobre vacunación, cambio climático o nutrición, para dar cuenta de ello. Como resalta Nicholls: “el problema no es la indiferencia hacia el conocimiento, sino la abierta hostilidad al mismo”. A esto yo lo llamo “falacia de apelación a la no-autoridad”, que consiste en asignar mayor veracidad a una afirmación hecha por una persona que no es una autoridad, por considerar que dicha persona no se halla “corrompida” o “adoctrinada”. De hecho, mucha gente se enorgullece de pertenecer a una minoría “despierta”, que ha escapado del adoctrinamiento que las élites desean imponer. Ya no son borregos que se dejan guiar dócilmente: son “pensadores independientes”. Retomaré esto más abajo.
𝐋𝐚 𝐥𝐞𝐲 𝐝𝐞𝐥 𝐦𝐞𝐧𝐨𝐫 𝐞𝐬𝐟𝐮𝐞𝐫𝐳𝐨
En el libro “Pensar rápido, pensar despacio”, el psicólogo Daniel Kanhemann divide esquemáticamente a nuestra mente en dos sistemas, resumidamente: el sistema 1 es el que predomina en nuestra vida cotidiana, tomando decisiones rápidas basado en prejuicios y emociones, y el sistema 2, que se activa cuando necesitamos usar la racionalidad para tomar decisiones más difíciles. La activación del sistema 2 tiene un alto costo cognitivo, por lo que siempre, por defecto, tendemos a utilizar el sistema 1 en nuestra toma de decisiones. Las teorías conspirativas y descalificaciones le hablan directamente al sistema 1, ya que se apoyan en prejuicios y emociones, y no requieren ningún tipo de educación, estudio formal o análisis racional.
𝐋𝐚 𝐨𝐩𝐨𝐬𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐯𝐢𝐫𝐭𝐮𝐨𝐬𝐚
El hecho de posicionarse en contra de la autoridad establecida está imbuido en un aura de moralidad y resistencia al autoritarismo, valores positivos de las sociedades occidentales en las que la libertad individual y la experiencia personal tienen un valor supremo. Curiosamente, desde el plano político, en este punto los extremos parecen tocarse. Desde la derecha, se rechaza a la autoridad por interpretar que su objetivo es la coartación de las libertades individuales por parte de una élite académica y tecnócrata que responde a una agenda global de dominación. Desde la izquierda, la autoridad es rechazada por representar un poder cuyo fin último es perpetuar la opresión (clásicamente de la clase trabajadora y hoy, bajo la influencia de la interseccionalidad, el tribalismo y la teoría crítica de la raza, más centrada en cuestiones de raza y género), y también en nombre del relativismo. Llegando por derecha o por izquierda, vemos que el resultado es el mismo: la virtuosidad de luchar contra la opresión.
𝐋𝐚 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐥𝐞 𝐠𝐚𝐧𝐚 𝐚 𝐥𝐚 𝐢𝐧𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧
Es evidente que, en el campo de la medicina, los avances científicos han sido tan notables que nos permiten vivir sin pensar en las múltiples enfermedades que hace unas décadas eran mortales o dejaban graves secuelas. Pensemos en los enormes avances que representaron la vacunación contra la poliomielitis o la viruela (primera enfermedad en la historia que logró erradicarse completamente), el desarrollo de antibióticos, la anestesia, procedimientos quirúrgicos, imágenes… Hace menos de 100 años, una mujer tenía cerca del 50 % de chances de morir en el parto y la esperanza de vida promedio no superaba los 40 años. Hoy, la esperanza de vida promedio se acerca a los 80 años, y se están desarrollando terapias de edición génica, nanocirugía y medicina de precisión.
Estos avances increíbles deberían darnos confianza y orgullo de lo que hemos conseguido como civilización, y son una muestra patente y tangible de los logros del método científico. Sin embargo, estos desarrollos parecen ser víctimas de su éxito: son tan notables que ya forman parte de nuestra cotidianeidad, y actuamos como si siempre hubieran estado ahí. No solo eso, sino que incluso se suelen ver opacados por los errores (reales, y lamentables) que han ocurrido a lo largo de la historia de la medicina.
Uno de los casos más frecuentemente citados es el de la talidomida, una droga ampliamente recetada para reducir las náuseas en mujeres embarazadas en la década de 1950, que resultó causar gravísimas malformaciones a los recién nacidos. El impacto emocional que genera esta historia es muy grande y suele tener un peso mucho mayor en la heurística que todos los avances y éxitos médicos, que superan claramente a los lamentables errores.
Figura 2. La tragedia de la talidomida: bebés con focomelia, una grave malformación, producida por la ingesta de talidomida durante el embarazo.
Para ponerlo en los términos de Kanheman: siempre tiende a predominar el juicio emocional (sistema 1) por sobre el racional y estadístico (sistema 2). Es por ello que la emoción (el miedo e indignación que producen las imágenes de los niños con malformaciones) supera a la información (la enumeración de los grandes éxitos de la medicina, las estadísticas de mejoría en calidad y esperanza de vida, y el hecho de consumir habitualmente fármacos seguros y efectivos).
Encontramos ejemplos similares mucho más cercanos: la estadística muestra claramente que es mucho (pero mucho) más probable morir en un accidente de tránsito que en uno aéreo, pero eso no impide que mucha más gente tenga miedo de volar que de subirse al auto, el cual no se modifica conociendo las estadísticas. El peso emocional del “¿y si justo me pasa a mí?” es mayor que el frío dato estadístico. En palabras de López Rosetti: no somos seres racionales, somos seres emocionales que razonamos (yo agregaría: “a veces”).
𝐋𝐚 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐧𝐨 𝐚𝐝𝐦𝐢𝐭𝐞 𝐯𝐚𝐜𝐢́𝐨𝐬
Un viejo adagio de la política dice: “el poder no admite vacíos”. Esto también se aplica al conocimiento, y a las autoridades que lo poseen y transmiten. Quien tiene el conocimiento tiene el poder de ser escuchado, y su opinión puede influir en la toma de decisiones de otros. Cuando alguien pierde la confianza en las instituciones y expertos establecidos, inevitablemente estas figuras de autoridad son reemplazadas por otras, percibidas como más confiables. A pesar de lo que la gente quisiera creer, no existe el “pensador independiente”, que “hizo su propia investigación” y que no depende de nadie más que de su propio juicio crítico. La propia figura del “librepensador” no es más que un reflejo del profundo narcisismo en el que la sociedad se encuentra sumergida. Nuestro conocimiento se construye integrando el conocimiento de los demás. Es llamativo que la enorme mayoría de las personas que se perciben como “pensadores independientes”, además de no tener educación formal sobre la temática de la que opinan con confianza, suelen repetir dogmáticamente lo que dicen ciertos personajes a los que toman como nuevos referentes. Vaya librepensadores ¿no? Hablemos ahora de estos nuevos referentes.
𝐋𝐨𝐬 𝐧𝐮𝐞𝐯𝐨𝐬 “𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐭𝐨𝐬”
En esta era presenciamos el surgimiento de “gurús”, figuras muy carismáticas que se promocionan como “anti-establishment”, posicionándose sistemáticamente en contra de los consensos científicos. Estos personajes suelen ser outsiders académicos, que frecuentemente no tienen educación formal ni experiencia práctica en su supuesta área de expertise (por ejemplo, quiroprácticos o ingenieros dando cursos sobre nutrición). A veces sí cuentan con una formación acorde al área en la que se desarrollan, pero no tienen presencia académica en congresos o publicaciones serias, y su prestigio es escaso o nulo en la comunidad de expertos. Todo esto, paradójicamente, refuerza su aura: su alejamiento de la corrupta comunidad científica es una muestra de su integridad y valentía. Mientras más son criticados, más evidente se hace el esfuerzo de las élites para silenciarlos. Su ausencia de publicaciones y presencia en eventos académicos no es más que otra prueba de la censura.
Es curioso también como muchos de estos gurús venden cursos, planes o suplementos que no cuentan con respaldo de evidencia científica, y jamás son acusados por sus seguidores de tener conflictos de interés.
¿𝐃𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞́𝐧 𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐜𝐮𝐥𝐩𝐚? ¿𝐂𝐨́𝐦𝐨 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫𝐚𝐫?
Seamos claros: echarle toda la culpa a “la gente”, a “Internet” o ahora a la “inteligencia artificial”, no es justo. La realidad es que ni las sociedades científicas ni los expertos se esfuerzan demasiado para ser creíbles (con honrosas excepciones, claro está). El mero hecho de tener un título universitario, o un cargo institucional, hoy no es suficiente. La confianza hay que ganársela, y para ello hay que desarrollar habilidades de comunicación y educar a las personas para desarrollar juicio crítico y pensamiento científico.
Pero no es solo eso. Además, hay que demostrar transparencia e integridad. Ante numerosos escándalos de corrupción y conductas antiéticas de instituciones médicas y farmacéuticas, es lógico que la confianza de las personas haya disminuido. En el campo de la medicina, la injerencia de la industria farmacéutica en la formación de líderes de opinión, que influyen en las tomas de decisiones al participar directamente en la confección de guías de práctica clínica, es inaceptable. En el campo de la nutrición, esto es todavía más escandaloso. Y ni hablar de lo que pasa con la multimillonaria y poco regulada industria de los suplementos…
Si a esto le sumamos la mala comunicación, falta de empatía, y poca relevancia que se le da a la divulgación científica, es lógico que las personas de a pie, ávidas de opiniones confiables y no sesgadas, dirijan su mirada a estos nuevos “expertos”, con los peligros que esto conlleva.
𝐏𝐚𝐫𝐚 𝐬𝐚𝐥𝐢𝐫 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐞 𝐚𝐭𝐨𝐥𝐥𝐚𝐝𝐞𝐫𝐨, 𝐝𝐞𝐛𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫𝐚𝐫 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐡𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐮𝐧𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧, 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞𝐧𝐚𝐫𝐧𝐨𝐬 𝐞𝐧 𝐩𝐞𝐧𝐬𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐢́𝐟𝐢𝐜𝐨 𝐲 𝐟𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐭𝐫𝐚𝐧𝐬𝐩𝐚𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐲 𝐡𝐨𝐧𝐞𝐬𝐭𝐚.
*Dr. Ariel Kraselnik
Médico cardiólogo, profesor universitario, investigador, conferencista y divulgador sobre salud y nutrición. Es co-director del posgrado universitario: “Nutrición Basada en Plantas. Salud, ética y soberanía alimentaria” de la Facultad de Cs. Médicas, Universidad Nacional de Rosario (FCM-UNR). Forma parte del Consejo de Prevención y Epidemiología de la Sociedad Argentina de Cardiología. Es miembro fundador y actual presidente de la Sociedad Argentina de Medicina de Estilo de Vida (SAMEV). Sitio web: www.krasel.com.ar Instagram: .krasel.