28/08/2020
Querido agotado terapeuta,
Ha llegado el final del día, y te acabas de despedir de tu último paciente. Te encantaría correr a tu casa y terminar el día. Una buena ducha caliente está gritando tu nombre. Te han sudado, llorado y babeado encima, y esperas que esa mancha que acabas de ver en tu camiseta sea sólo agua. “Por favor, que sea sólo agua”, piensas.
Te duelen los músculos, te suenan las articulaciones. Necesitas como agua de mayo que se acabe el día. Todo ese gatear por el suelo, levantar niños a pulso y agacharte todo el día tiene su precio. Parece que estás envejeciendo más rápido de la cuenta. Todavía no deberías sentirte tan viejo. Necesitas relajarte y calmar tu cuerpo dolorido, pero esa ducha va a tener que esperar.
Porque el papeleo está sin terminar.
Valoraciones iniciales. Informes de progresos. Altas.
MUCHÍSIMO PAPELEO.
Tienes hojas de objetivos y evaluaciones que completar. Nunca hay suficiente tiempo en el día para acabarlo todo. “¿Por qué tiene que ser tan complicado?”, te preguntas. Todo es una lucha. Nada viene fácil, ni para ti ni para tus pacientes.
Esa pila de papeles que cubre tu mesa no son sólo nombres en un archivo. Son personas reales con historias reales, y tú estás completamente unido a ellos. No puedes olvidarte y dejar el trabajo en la oficina. Te vas a dormir pensando en ellos. Te despiertas de madrugada con una idea para un tratamiento que no puede esperar hasta la mañana. Cuando suena la alarma, te levantas de la cama pensando ya en el primer paciente del día. Sus batallas se han convertido en las tuyas.
No es la carrera glamurosa que te imaginabas en la universidad. Sólo querías ayudar a la gente, dar a alguien el regalo de la independencia. Querías mejorar la vida de los demás, y a veces te preguntas si merece la pena. Te preguntas si estás marcando alguna diferencia.
Deja de preguntarte.
Estás marcando diferencias.
Estás en primera línea de batalla.
Cuando por fin llega el día. Cuando se da el primer paso. Cuando se abotona la primera camisa. Cuando dice la primera palabra. Cuando se traga el primer bocado. En esos momentos, te lo queremos contar a ti. Antes que a nuestras familias, amigos y médicos, te lo queremos contar a ti. Queremos celebrarlo con nuestro terapeuta, porque tú eres el que nos ha traído hasta aquí.
Tú subes a las trincheras con nosotros y luchas en el barro de la recuperación. Es feo y sucio, y tú estás ahí para todo. Nos ves en nuestros mejores días y en los peores. Te remangas y luchas con nosotros, en medio del caos y la confusión. Nos enseñas. Respondes a nuestras preguntas tontas. Nos recuerdas que no estamos solos. Lloras con nosotros, ríes con nosotros, y tú eres con quien queremos celebrar.
Nuestras vidas son mejores porque tú elijes sumergirte en los lugares difíciles con nosotros. Gracias por hacer a tus pacientes reír cuando quieren llorar. Gracias por ayudar a tus pacientes a levantarse una vez más. Gracias por encontrar la manera de hacer divertido el trabajo duro. Gracias por no acomodarte.
Podías haber elegido una carrera con una oficina acogedora, un título elegante y un salario con muchos ceros, pero doy gracias porque no lo hicieras. Gracias por elegir una carrera que da vida. Gracias por luchar para que tus pacientes tengan más que una simple existencia. Gracias por negarte a establecer límites de lo que es posible.
Tú, agotado terapeuta, eres un regalo.
*Traducido de un artículo original.