22/11/2025
No tenía la altura que Hollywood exigía, ni la forma que los productores buscaban. Pero Danny DeVito entraba a cada sala como si fuera dueño del aire que se respiraba. No por arrogancia. Por convicción.
Los Ángeles, 1975. Una sala de casting repleta de actores altos, guiones en mano, posturas perfectas. Silencio profesional. Entonces, la puerta se abrió de golpe. DeVito irrumpió con una chaqueta de cuero desgastada, el pelo rebelde y los ojos encendidos con una seguridad aplastante. Observó a los seis pies de estatura que lo rodeaban y soltó:
—Bueno… ¿cuál de ustedes va a interpretar al tipo alto?
La risa fue inmediata. Pero no duraría mucho.
No era la elección obvia para el papel de Martini en *Atrapados sin salida*. Los productores querían energía, imprevisibilidad, volumen. Creían que la estatura traía ese poder. Pero DeVito se sentó frente a Milos Forman, lo miró como si ya perteneciera a la película, y cuando le preguntaron por qué ese papel le importaba, respondió:
—Porque piensa más rápido que los demás.
Solo que no tiene espacio para demostrarlo.
Silencio. Todos lo sintieron. Y por 350 dólares a la semana, se quedó con el papel que los hombres altos habían ido a buscar.
En el set, mientras otros gritaban y se movían con fuerza, DeVito robaba escenas con un gesto mínimo. Una ceja levantada. Una media sonrisa. La cámara lo buscaba, no porque él la llamara, sino porque se lo ganaba. Un día, deslizó una silla unos centímetros hacia Jack Nicholson. Sin aviso. Nicholson rompió el personaje riéndose. Forman dejó la toma. DeVito había hecho lo que solo los grandes actores logran:
Hizo que el mundo respondiera a él.
Después dijeron que desaparecería. Un papel pequeño. Un personaje raro. Nada duradero.
Entonces llegó *Taxi*.
Los ejecutivos de ABC miraron su foto y dijeron que América no aceptaría a un despachador de metro y medio como protagonista. Demasiado bajo. Demasiado extraño. Demasiado arriesgado. Pero DeVito no se achicó. Entró a la lectura de guion, lo dejó caer sobre la mesa y gruñó:
—¿Quién escribió a este despachador id**ta? Me encanta.
Risas. Contrato. 15.000 dólares por episodio. Globo de Oro en la segunda temporada. El hombre que era “demasiado pequeño para la televisión” se convirtió en su presencia más grande.
Y luego, en 1989, llegó *Batman*. El Pingüino.
Warner Bros quería un villano tradicional. Alto. Pulido. Vendible. Tim Burton se opuso. Le mostró a DeVito un boceto: un rostro solitario, una nariz como pico, un hombre deformado por la crueldad. DeVito lo observó, lo tocó, y dijo:
—Está enojado porque el mundo nunca le permitió ser normal.
Burton no dudó.
—Lo entiendes.
Y por eso eres él.
Tres horas de maquillaje cada mañana. Sets fríos como alcantarillas. Trajes rígidos. Prótesis pesadas. Sin dobles. Sin atajos. Quería el dolor, porque el Pingüino vivía en él. La película recaudó más de 260 millones de dólares. Pero el dinero no era el punto.
El punto era que Danny DeVito—el hombre que nunca fue el ideal—se había vuelto inolvidable.
Y entonces, en 1996, llegó *Matilda*.
Mientras interpretaba al cruel padre de la niña, detrás de cámaras vivía algo completamente opuesto. Mara Wilson, la pequeña protagonista, acababa de perder a su madre por cáncer. Tenía nueve años. Estaba en duelo. Vulnerable. Y DeVito, lejos de su personaje, se convirtió en su refugio.
La llevaba a casa. Le cocinaba. Le leía cuentos. Le mostraba películas. Le recordaba que aún había ternura en el mundo. Cuando la madre de Mara enfermó, DeVito hizo algo que pocos saben: terminó la edición de *Matilda* y se la mostró en privado, antes del estreno, para que pudiera ver el fruto de su trabajo junto a su madre. Un gesto silencioso. Un acto de amor.
Porque Danny DeVito no solo desafió la industria. También la humanizó.
Una vez resumió su vida en una sola frase:
—Si cierran una puerta, yo entro por la ventana.
Y eso fue siempre él.
Entró por cada ventana que Hollywood intentó cerrar. Convirtió sus desventajas en armas. Su duda en combustible. Su cuerpo de metro y medio en una sombra gigante. No ascendió porque lo invitaran. Ascendió porque se negó a sentarse.
Y en ese ascenso, dejó algo más grande que fama:
Dejó huellas de ternura donde nadie esperaba encontrarla.