28/09/2025
Cada persona que existe es el resultado de una cadena inmensa de vidas anteriores. Si pensamos en un modelo matemático sencillo, el número de ancestros se duplica en cada generación: dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, y así sucesivamente. Con esa progresión, en la décima generación tendríamos 1,024 ancestros y en la undécima 2,048. Esta forma de contarlos refleja la potencia de dos (2ⁿ), una relación muy clara y fácil de visualizar.
Sin embargo, la realidad biológica y social es más compleja. El fenómeno conocido como “colapso genealógico” explica que muchos de esos ancestros no son distintos. A lo largo de la historia, sobre todo en comunidades pequeñas o con fuerte endogamia, los mismos individuos aparecen varias veces en nuestro árbol familiar debido a matrimonios entre parientes lejanos o a la falta de grandes poblaciones para diversificar los linajes. Esto significa que, aunque el modelo ideal nos hable de miles de personas diferentes en nuestra ascendencia, en la práctica el número real de ancestros únicos es bastante menor.