16/04/2020
Es tiempo de mirar al que vive al lado y preguntar, qué necesita..
LA CUCHARA VACÍA
Damani: Hola Wendy. Estuve pensando: “¿Qué alimenta más, una cuchara llena o una cuchara vacía?”.
Wendy: –¿A qué conclusión llegaste, amigo? :0)
***
Te cuento, amiga Wendy:
Ayer mi pequeño hijo de 4 años, me dijo una frase que me hizo recordar mi pasado. Su frase al no querer comer fue: –"Papá, no como porque mi cuchara está vacía". Yo sonreí y le llené su cuchara. Comió, pero revivió en mí una imagen que nunca he dejado de tener presente.
Te contaré que yo crecí en Villa Poeta José Gálvez Barrenechea. Y bueno, éramos de una familia pobre, pero gracias a Dios no rozábamos la extrema pobreza. Aunque muchos de mis conocidos sí.
Mis padres, como los de muchos, trabajan desde muy temprano y nos dejaban la comida servida en tapers o pagaban al comedor popular para que recojamos el almuerzo.
Yo tenía 11 años y la hora de comer se daba cuando por su ventana, la mamá de mi amigo "Gallo" gritaba: –¡Gallo, Toño, Henry, Beto, a comer! -Bueno, en ese tiempo aún eran solo cuatro, de los siete hermanos que son hoy.
Todos los muchachos corríamos a nuestras respectivas casas a comer. Entonces, empecé a notar que muchas veces tres hermanitos, Chabelita, Joel y Marilyn no corrían como nosotros, sólo nos esperaban o caminaban con desgano a su casa. Fueron repetidas las veces durante ese verano y yo,
siempre curioso, me acerqué a la más pequeñita, Marilyn, y le pregunté: –¿Por qué no van a comer ustedes?
Ella, en su inocencia y llena de tristeza me respondió:
-No puedo comer, porque mi cuchara está vacía - No entendí, así que después de terminar de jugar me acerqué a Chabelita, la hermana mayor y le pregunté:
-¿Por qué no van a comer, Marilyn dice que su cuchara está vacía?
Ella, procurando mostrar tranquilidad me respondió:
–Es que sólo tenemos panes y ella ya no quiere, dice que quiere su cuchara llena y sólo tenemos panes.
Yo me sentí muy mal y pregunté:
–¿Por qué?
–Es culpa de nosotros, mi mamá trabaja en la playa y ya sabes, mi papá nunca viene, ella me deja el dinero justo para la semana y nosotros nos compramos dulces. Y ya cuando tengo poco dinero compro mucho pan y lo tomamos con té, si mi mamá se entera me mata, por eso no puedo pedirle más.
Yo me quedé pensando y no los juzgué, estaba seguro que también compraría dulces, así no pudiera comprar comida luego.
Más tarde, cuando mis hermanos y yo ya habíamos almorzado, entré a hurtadillas a la cocina de mi casa y toda la comida que mi mamá dejó para la cena la llevé en una olla y la dejé en la puerta de los niños. Imagínate amiga, sí vieras todo lo que me dijeron mis hermanos, sobre todo César que es el mayor. Me acusaron de comerme hasta la olla. Yo agaché la cabeza aceptando la culpa, ahora me da risa, porque realmente buscaban la olla en mi barriga, que era grande. Yo, aunque sintiendo culpa por mentir, les dije:
–Creo que un perro grande se llevó la olla –y les ofrecí ir donde mi tía Irma que vivía muy cerca y nunca nos negaría una cena, y así fue.
Al día siguiente durante el desayuno mi mamá nos preparó una mazamorra de maíz morado deliciosa. Yo no metí la cuchara al plato, la dejé vacía y la miraba atentamente, esperando que ella me de alguna idea y fue así.
Mi mamá me dijo:
-Dani come rápido, para que prepares el arroz -.
Una sonrisa de triunfo apareció en mi rostro, ya que mi madre y la cuchara me dieron la respuesta.
Un par de horas después, todos los muchachos nos reunimos para jugar, incluyendo a los tres hermanitos: Marilyn, Joel y Chabelita. Yo tomé la iniciativa y, procurando poner emoción a mis palabras, dije al grupo de más o menos 13 niños:
–Hoy juguemos a la comida.
Todos me miraron asustados, y Gallo me gritó–: Sonso, eso sólo juegan las niñas –y los demás muchachos, en su mayoría varones, se rieron de mí.
Entonces, con una enorme sonrisa aclaré:
–Pero yo me refiero a la comida de verdad. Yo sé cocinar y sí todos traemos algo a la casa de Chabelita, como arroz, frejol, aceite, papas y más cosas, comeremos rico –terminé de proponer esto con tanto entusiasmo que la mayoría estuvo de acuerdo y empezaron a ofrecer latas de atún,
lentejas, aceite, papa, etc.
Así fue, trajeron demasiadas cosas, los chicos juntaron leña, lavaron el arroz y los frejoles, yo preparé el arroz, Chabelita los frijoles y otros freían huevos.
Ese día junto a todo el grupo, nos sentamos a la mesa de la pequeña Marilyn y ella, emocionada,
dijo:
–Otra vez la cuchara llena, ¡yehh!
En ese momento algo cambió en mi vida, descubrí que no había diferencia entre una cuchara llena y una vacía. Ellas no harán nada en tu vida si no las valoras, si no las miras con amor. Marilyn alimentó su cuerpecito de 5 años con una deliciosa cuchara llena de arroz y frejoles. Yo, alimenté mi alma con la misma cuchara, pero vacía. Aprendí de necesidad, de ayuda, que haciendo un poquito cada uno podemos ayudar a los demás.
Bueno, Wendy, la mesa de Chabelita estuvo llena de chicos locos, dejaron desordenado y sucio todo. Se fueron con la barriga llena y nos dejaron los corazones llenos de agradecimiento, también una despensa con atunes, papas, arroz y demás. Las siguientes días, al menos una vez por semana, hicimos lo mismo y hoy lo recuerdo con una sonrisa.
Gracias amiga por tomarte la molestia de leer. Cuídate, nos vemos pronto :0)
Atte.
Damani Cienfuegos.
PD: Esta historia está publicada en mi libro, reflexiones e historias del año 2013. Sin embargo en este año 2020, frente a la gran cuarentena y a pronta hambruna, debemos, con amor, evitar que muchas cucharas queden vacías amigos. y recuerden lo que dijo Jesucristo:
Mateo 25:40
El Rey les responderá: "Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí."