13/11/2025
📖 Mi hijo, Andrés, nunca se va a casar. No tendrá hijos
propios, ni manejará un coche, ni vivirá muchas de las cosas que para otros son parte de la rutina, algo que se da por hecho...
Pero él es feliz. Y está sano.
Y para mí, eso basta.
Cuando alguien desconocido le sonríe y él responde con esa mirada limpia, algo florece dentro de mí.
Y cuando alguna muchacha le devuelve esa sonrisa con ternura, la alegría se refleja no solo en su cara, sino en cada uno de sus movimientos.
A veces olvidamos que no hace falta mucho para seguir siendo humanos.
Quiero contarte una historia.
En una escuela para niños con necesidades especiales, el papá de uno de los alumnos dio un discurso que todos los presentes recordaron para siempre.
Agradeció a los maestros por su entrega y su cariño, y luego dijo:
—Cuando nada interrumpe el equilibrio de la naturaleza, el orden de las cosas se manifiesta por sí solo.
Guardó silencio un momento y continuó, con la voz temblorosa:
—Pero mi hijo, Luisito, no aprende como los demás. No entiende las cosas del mismo modo. Entonces, ¿dónde está ese orden natural del que todos hablamos?
El auditorio quedó en silencio.
Y el hombre prosiguió:
—Creo que cuando nace un niño con necesidades diferentes, el mundo recibe una oportunidad única: la de mostrar lo que realmente significa tener alma. Y eso se ve en cómo tratamos, apoyamos y amamos a esos niños.
Contó una anécdota:
Una tarde, él y Luisito caminaban junto a un campo donde unos muchachos jugaban fútbol.
El niño le preguntó:
—¿Tú crees que me dejarían jugar con ellos, papá?
El padre sabía que lo más probable era que le dijeran que no.
Pero también sabía que, si le decían que sí, ese pequeño gesto le regalaría a su hijo algo mucho más grande: la sensación de pertenecer, de valer, de ser parte.
Se acercó con cautela a uno de los jóvenes:
—Oye, ¿creen que mi hijo pueda jugar un rato con ustedes?
El chico dudó un poco, miró a sus amigos y respondió:
—Vamos perdiendo 3-0, quedan como diez minutos... Está bien, que entre. Que tire el penal.
Luisito se iluminó. Corrió hasta la banca, se puso la camiseta del equipo, y su papá, con los ojos nublados, lo vio sonreír de oreja a oreja.
Durante todo el partido permaneció al borde de la cancha, feliz, mirando.
Y entonces, en el último minuto, llegó el penal.
El mismo chico que lo había aceptado al principio levantó la mirada hacia el papá y le dijo con un gesto:
—Es su turno.
Luisito colocó el balón, caminando con pasos inseguros. El portero entendió enseguida. Se acomodó entre los postes y, apenas rodó el balón, se lanzó despacio hacia un lado, dejando el arco libre.
El balón cruzó la línea.
¡Gol! ⚽
Los muchachos corrieron a abrazarlo, lo levantaron en hombros y gritaron como si hubieran ganado la final del mundial.
El padre terminó su discurso casi sin poder contener las lágrimas:
—Ese día, algunos muchachos eligieron no ganar el partido. Eligieron la bondad. Y con ese gesto le enseñaron al mundo lo que es la humanidad y el amor verdadero.
Luisito no llegó al verano siguiente. Partió en invierno. Pero hasta el final, recordaba el día en que fue un héroe.
Y su papá jamás olvidó la noche en que regresó a casa y le contó a su esposa sobre el gol más hermoso que su hijo había metido.
Ella lo escuchaba con el niño entre los brazos, llorando, pero de felicidad.
Reflexión:
Cada día compartimos cadenas de chistes, memes, videos sin sentido.
Pero cuando encontramos una historia que de verdad toca el alma, dudamos si vale la pena enviarla.
Quien te compartió esta historia cree en ti.
Cree que tú también puedes ser parte de esta cadena de humanidad.
Porque cada día nos da la oportunidad de regresar al mundo un poquito de calor, de empatía y de bondad.
Como dijo un sabio:
“La grandeza de una sociedad se mide por cómo trata a los más frágiles y vulnerables.” ❤️