24/01/2026
A finales de los años 80, en Japón, médicos comenzaron a observar algo que llamaba la atención. Llegaban personas a urgencias con síntomas muy parecidos a un infarto: dolor en el pecho, sensación de opresión, cambios en los estudios del corazón. El cuerpo estaba reaccionando con fuerza. Sin embargo, al revisar las arterias coronarias, no se encontraba una causa clara que explicara lo que estaba ocurriendo.
Al observar el corazón con mayor detalle, se notó que no se contraía de la manera habitual. Una parte quedaba temporalmente debilitada, mientras el resto seguía funcionando. Esta forma particular recordó a una trampa japonesa para pulpos llamada takotsubo, y así comenzó a nombrarse este cuadro.
Con el tiempo, algo importante se volvió evidente: muchas de estas personas habían pasado por situaciones de alto impacto emocional o físico antes de que aparecieran los síntomas. Duelos, pérdidas, rupturas, conflictos intensos, enfermedades, cirugías o eventos inesperados. El corazón no estaba “fallando” por una causa clásica, sino respondiendo a un nivel de estrés que había sobrepasado la capacidad del cuerpo para regularse.
Hoy se conoce este cuadro como miocardiopatía de Takotsubo, también llamado síndrome del corazón roto. Puede presentarse de distintas maneras y con diferentes grados de intensidad, y en muchos casos el corazón logra recuperarse con la atención adecuada. Más allá del diagnóstico médico, su relevancia está en lo que nos permite comprender.
Este síndrome ayuda a poner en palabras algo que muchas personas ya han sentido: las emociones no solo se viven a nivel mental, también se registran en el cuerpo. El dolor emocional puede expresarse físicamente. Por eso, cuando alguien dice “me duele el corazón” después de una pérdida o una ruptura, no está exagerando. A veces, el cuerpo —y el corazón— están dando una señal real de lo que ha sido demasiado difícil de sostener.