05/09/2020
Te voy a contar un cuento… y el solo hecho de sentarte a leerlo… te va a dar lo que en este momento más necesitas….
Los Tres Cabellos de Oro
Una vez, en una profunda y oscura noche, una de esas noches en que la Tierra es de color negro y los árboles parecen nudosas manos recortándose contra el cielo azul oscuro, en una noche exactamente como ésta un solitario anciano atravesaba el bosque con paso vacilante. A pesar de que las ramas de los árboles le arañaban el rostro y le medio cegaban los ojos, él sostenía en alto una pequeña linterna. Dentro del farolillo la vela encendida se iba agotando poco a poco.
El anciano era todo un espectáculo con su largo cabello amarillento, sus amarillos dientes medio rotos y sus curvadas uñas de color ámbar. Tenia la espalda tan encorvada como un s**o de harina y era tan viejo que la piel le colgaba en volantes de la barbilla, los brazos y las caderas.
El anciano avanzaba a través del bosque agarrándose a un abeto e impulsando el cuerpo hacia adelante para agarrar otro abeto y, con este movimiento de remero y el poco aliento que le quedaba, proseguía su camino.
Todos los huesos del cuerpo le dolían como si estuvieran ardiendo. Las lechuzas de los árboles emitían unos chirridos semejantes a los de sus articulaciones mientras él proyectaba el cuerpo hacia delante en medio de la oscuridad. A lo lejos brillaba una minúscula y trémula luz, una casita, un fuego, un hogar, un lugar de descanso. El anciano avanzó con gran esfuerzo hacia aquella luz. Llegó a la puerta exhausto, la vela de la linterna se apagó y él entró y se desplomó en el suelo.
Dentro había una anciana sentada delante de una espléndida chimenea encendida. La anciana corrió a su lado, lo tomó en brazos como una madre sostiene a su hijo y lo acunó en su mecedora. Allí estaban ellos, el pobre y frágil anciano que no era mas que un s**o de huesos y la vigorosa anciana que lo acunaba hacia delante y hacia atrás diciéndole: “Calma, calma, no pasa nada.”
Se pasó toda la noche acunándolo y, cuando ya estaba a punto de rayar el alba, el anciano había rejuvenecido y ahora era un apuesto joven de cabello de oro y largos y fuertes miembros. Pero ella lo seguía acunando: “Calma, calma, no pasa nada.”
El amanecer ya estaba muy cerca y el joven se había convertido en un niñito precioso de cabello de oro trenzado como el trigo.
Al rayar el alba, la anciana arrancó rapidamente tres cabellos de la preciosa cabeza del niñito y los arrojó a los azulejos del suelo. Los cabellos hicieron: ¡Tiiiiiiing! ¡Tiiiiiing! ¡Tiiiiiiiing!
Y el niñito que la anciana sostenía en sus brazos bajó a gatas de su regazo corrió hacia la puerta. Se volvió un instante para mirar a la anciana, le dirigió una deslumbrada sonrisa y después dio media vuelta y ascendió al cielo para convertirse en el radiante sol matinal.
*Estas agotada… Estas a punto de perder la cordura… Déjame darte un consejo ….
Perder la concentración es lo mismo que perder energía. Lo peor que podemos hacer cuando nos sentimos confundidas, o cuando sentimos que hemos perdido el rumbo, es correr de un lado a otro. Es dispersarnos. Es intentar en vano recuperar todo dentro del caos como si fuésemos pulpos.
Es en ese momento cuando debemos de parar. Dejar de correr. Sentarnos y ACUNAR.
La paciencia, la paz, el recogernos y balancearnos renuevan nuestras ideas. Calman las aguas. Fortalecen energías.
El simple hecho de sostener una idea o proyecto y tener la paciencia de acunarlos es lo que algunas personas llamamos “un lujo” en esta vida de caos. ¡No hay tiempo para nada!
Sin embargo en algunos momentos, esta acción es una NECESIDAD.
Si te sientes perdida, has perdido la concentración, SIENTATE. DEJA DE MOVERTE.
Toma esas ideas, esos proyectos, esos objetivos, acunados hacia delante y hacia atrás.
Quédate con una parte de ella, arroja el resto que no te sirva y verás como te renuevas.
No tienes que hacer NADA MAS.