23/12/2025
Tengo 25 años; hasta hace unos meses, contaba los días para casarme con mi alma gemela, Jake (27 hombres). Cuatro años juntos, una propuesta de matrimonio de ensueño, una boda de ensueño en un granero ya resuelta. Sentía que todo en mi vida por fin se alineaba.
Mi dama de honor era mi mejor amiga desde la secundaria, Maddie (26 mujeres). Sostenía el teléfono mientras me probaba vestidos y pasaba incontables noches en mi sofá rodeada de muestras de tela, comida para llevar a medio comer y hojas de cálculo abiertas. Si yo era la novia, ella era mi mano derecha.
¿Y Jake? Todos decían que había ganado la lotería. Le encantaba participar. Insistía en asistir a todas las reuniones con proveedores, gestionar los contratos, revisar las facturas y ajustar el menú. La gente no paraba de decirme lo afortunada que era de tener un hombre que se preocupara por los centros de mesa y los colores de las servilletas.
Pero había pequeños detalles que empezaban a parecer... raros.
Se volvía un poco raro con el teléfono, saliendo a la calle para "atender llamadas de los proveedores". Bloqueaba la pantalla en cuanto entraba en la habitación.
Si le preguntaba por correos electrónicos o contratos, se reía y decía que estaba "demasiado sensible" y que simplemente "se encargaría del papeleo aburrido" para que yo pudiera "concentrarme en ser una novia hermosa".
Me dije a mí misma que era estrés — el caos normal antes de la boda. Me tragué el n**o en el estómago y seguí planeando.
Entonces, exactamente una semana antes de la boda, recibí un correo electrónico del lugar de la boda en mi bandeja de entrada.
No era el mensaje automático habitual. Era de un coordinador al que solo había visto una vez. Sin saludos, sin charlas intrascendentes — solo una línea en medio de la pantalla:
"TU BODA SE ARRUINARÁ. Ten cuidado".
Y debajo de esa advertencia... HABÍA UN ADJUNTO CON MI NOMBRE. ⬇️