Creaciones del profesor Omar

Creaciones del profesor Omar Esta página es para hacer conocer los materiales que se ha elaborado, tanto para profesores, alumn

ÁNGELES ENTRE NOSOTROSIEl vendedor de tamales fue providencial. No era la ruta habitual ni el horario –casi las seis de ...
24/12/2025

ÁNGELES ENTRE NOSOTROS

I
El vendedor de tamales fue providencial. No era la ruta habitual ni el horario –casi las seis de la mañana- pero estuvo precisamente, o apareció, cuando el anciano que regaba su jardín se desvaneció silenciosamente. Comenzó a dar grandes voces mientras auxiliaba al caído, alertando a los habitantes de la casa. Siempre solícito, ayudó a conducir al anciano al interior mientras los hijos llamaban una ambulancia. Había sufrido un pre-infarto que, por suerte, no fue de necesidad mortal. Fueron momentos de angustia para la familia mientras esperaban la llegada del auxilio médico; sólo los que lo han vivido lo entenderán. En esas circunstancias, nadie sabe en qué momento el tamalero se retiró y, a nadie se le ocurrió pedirle su nombre. No volvieron a verlo más.
Cuando el enfermo –un setentón- se recuperó y volvió a casa, dos días después, narró los hechos, las cosas que recordaba.
— Estaba regando tranquilamente el jardín cuando sentí que me faltaba el aíre. Todo se puso oscuro y caí sobre el gras.
Estaba en el sillón de la sala, rodeado de sus hijos.
— ¿No viste entonces al señor que vendía tamales? –preguntó intrigada su esposa.
— ¿Ah? ¿un vendedor de tamales a las seis de la mañana? ¿y en día miércoles? ¡Por supuesto que no! –dice un tanto enojado.
Todos guardaron penoso silencio. “No puede con su genio”, pensó Wilson.
— Tienes que moderar ese carácter papá –dijo suavemente Julia, la menor de sus hijas- Ya te lo ha dicho el doctor.
“Tiene razón”. Hace un esfuerzo por moderarse. Estuvo un momento reflexionando “Jirón Mariano Melgar es una cuadra larga… puedes ver a alguien acercándose y voceando su producto, desde lejos”.
— Entonces… ¿fue un tamalero el que me auxilio?
— Sí papá –respondió Walter, el mayor.
— ¿No lo viste?
— Un tamalero en día de semana… y a esa hora –mueve negativamente la cabeza.
Sí, era de lo más extraño, generalmente van por las calles gritando a todo pulmón; ¡Tamales! ¡Tamales!, de forma tal que se les escucha de lejos. Gritos que al anciano a veces lo crispaban, la verdad. Los bocinazos de los autos y los gritos de los vendedores ambulantes le incomodaban. Que recordara, siempre había sido así, pero se había vuelto más irritable con la edad. Pero un miércoles ¿a las seis de la mañana?
Él lo sintió como un acicate; tan pronto estuvo totalmente restablecido, se dio a la tarea de buscarlo “Para darle las gracias y una buena propina. De no haber sido por él… Me salvó la vida”. También por la curiosidad de verle la cara y quizás una forma de ocupar su tiempo libre.
Eduardo Martínez era un profesor recientemente jubilado que dedicaba su tiempo a regar su jardín, ver televisión o resolver crucigramas del periódico, como quien ya ha cumplido su ciclo y sólo espera la hora final. Pero esta búsqueda lo sacó de su letargo, un enclaustramiento de años, le dio un motivo para salir a caminar por las calles.

II
Al principio sus hijos se opusieron, naturalmente. “¿Y si se caía o le sucedía un accidente?.
— Ni que fuera un invalido, carajo –renegaba él.
— Es que te puede pasar cualquier cosa –dijo Marcos.
Se pusieron a discutir con acritud hasta que Julia propuso una solución. “¡Que lo acompañe Lucho!”. Todos se quedaron en silencio, de momento, encantados con la propuesta. “Bien pensado” “¿Por qué no se les había ocurrido antes?”
Luis Felipe, sobrino nieto de Eduardo, era el típico adolescente rebelde de diecisiete años; aunque al principio se negó rotundamente (“Tengo mejores cosas que hacer que acompañar al tío”, pensó, no lo dijo) lograron convencerlo con un argumento que le hizo efecto; le prometieron una buena propina, cada vez que saliera con el tío.
Y allí estaban, él ayudándose con el bastón y su sobrino llevándolo del brazo. Caminaban muy despacio, conversando. El anciano había sido profesor de Literatura Universal treinta años en un colegio estatal, no había perdido el tacto para hablar o lidiar con adolescentes y padres de familia.
Encontraron a una tamalera en la puerta de la panadería Bom Apetit.
— Buenos días. Dos tamales de chancho por favor.
— Sí señor. ¿Quiere ensalada?
— No, no, así nomás. Cóbrese. ¿Cuánto es?
— Cuatro soles. Gracias.
Luis estaba sorprendido. “¿En qué momento le va a preguntar?”. Ya estaban por retirarse cuando, como quien se acuerda de algo le dice:
— Ah joven, me olvidaba, una consulta.
— Sí, dígame.
— Hay un tamalero que siempre pasaba por el barrio, cerca del instituto Cesar Vallejo, ya no lo veo semanas, quizás usted lo conozca.
— ¿Cómo es? –pregunta con curiosidad.

“Aprende sobrino, una vendedora amable está garantizando que el cliente vuelva”.
— Alto, delgado, trigueño, de barba abundante y bigote…
Tan pronto lo dice, se siente incómodo, repara en lo que ha descrito “A la mi**da. Casi parece el retrato… de Jesús”.
La mujer –una muchacha de unos veinticinco años- entorna los ojos y arruga la frente mientras parece hurgar en su memoria.
— Hummm… no, lo siento caballero, no conozco a alguien así. Llevo varios años en este lugar… pero no, no he visto a nadie como el que usted describe.
— Bien, gracias de todas maneras.
— Aunque es extraño, sí –lo ataja.
— ¿Por qué lo dice?
— En estos tiempos nadie usa barba y bigote… a menos que sea un israelita.
— ¿Israelita?
— Sí, los israelitas del Nuevo Pacto Universal… aunque ellos llevan el cabello bien crecido. Tienen su local en la avenida Jorge Chávez, frente al mercado.
— Les preguntaré. Gracias.
— A usted, caballero.
La siguiente hora estuvieron en un cafetín comentando las incidencias, mientras despachaban los dos tamales acompañado de tazas de café, pan y una porción de queso mantecoso.
— Imagino que quieres ir a esa iglesia a preguntar, tío.
— Sí, pero ya será mañana domingo, me ha agitado un poco la caminata, la falta de costumbre, ya se ve. ¿Te diste cuenta de la chica?
— ¿De qué tío?
— Es estudiante de algo. Lo saqué ahí mismo por la forma en que se expresaba.
— La verdad, no me di cuenta.
Estuvo a punto de decirle “Deberías ser más observador, sobrino, fijarte en los detalles” y soltarle un sermón, pero lo pensó mejor y se acordó que, cuando él tenía esa edad, nada le irritaba tanto como las filípicas de los adultos.
— Pero si me di cuenta que la chica no es fea –comenta con una sonrisa mientras se ruboriza.
— Ay sobrino –se ríe.

Los siguientes días, la búsqueda fue igual de infructuosa. Nadie le dio razón y todos se extrañaban; ¿un tamalero a esa hora y en día miércoles?
Dos semanas después, estaban sentados en una fuente de soda. Tomando un jugo especial de leche con algarrobina. “Sólo le falta el pisco…”
— Parece que no hay suerte tío.
— Así es sobrino. Como si nuestro personaje se hubiera esfumado de la faz de la tierra. Nadie ha oído hablar de él. Todo me está resultado muy raro.
Llevaban varios fines de semana caminando, preguntando. Se le ocurrió a Luis “como si fuera una cruzada personal”. En esos días se habían acercado más, cierto que el tío estaba de mucho mejor humor ahora que salían a recorrer las calles y podían conversar más. “Le hace bien salir de su encierro” pensaba el muchacho. Adolescente y todo, fue él el que intuyó la verdad o una posible explicación. Lo había escuchado alguna vez en un programa en la radio, pero entonces no le dio mucha importancia.
— ¿Usted es creyente tío?, digo ¿es católico?
— ¿Ah?
— Lo pregunto porque nunca lo he oído hablar de Dios.
— Lo era, sobrino… ahora soy agnóstico.
— Ah que bien.
Sonríe con indulgencia al notar su confusión.
— Soy agnóstico, no ateo. El ateo es el que no cree en Dios; el agnóstico es el que está en la duda, no sabe si existe o no.
— Parecen lo mismo –dijo con la franqueza de su edad.
— Bueno, sí. Son matices. ¿Por qué me preguntas todo eso?
Luis se queda callado un momento antes de responder. Mientras bebe su jugo.
— Porque creo que tengo una posible explicación para lo sucedido.
— Dime sobrino.
— ¿Ha oído hablar de los seres celestiales o seres de luz?
— ¿Ángeles?
— Sí
Hizo un gran esfuerzo para no soltar la risa delante del muchacho.
— Ayer en la noche, llegando de la academia, estuve navegando en internet y en youtube… bastante rato.
— Sigue –tratando de ocultar su sorpresa y satisfacción “Él nunca se interesa por nada”.
— Lo que he encontrado es bastante inquietante, tío. Según algunas religiones y hombres santos, el demonio y las fuerzas del mal deambulan por la Tierra provocando desgracias y sufrimiento.
— Evidentemente. “Como moro sin señor” –se sonríe.
— ¿Ah? ¿cómo dices tío?
— Nada, nada. Sigue.
— Pero también existen estos seres de luz –así les dicen en algunas culturas antiguas- van tratando de ayudar, salvar a la gente, mitigar sus p***s.
Vacila un momento antes de continuar.
— Lo que yo creo es que no salvan a cualquier persona tío, sino a personas señaladas o marcadas por un designio o una tarea por cumplir.
— Creo que no entiendo –aparentemente confuso. Lo hizo adrede, un discreto recurso para que el muchacho se explaye.
— Personas que tienen una misión en la Tierra, aunque ellos mismos lo ignoren.
— Hummm ¿quién sabe?, a lo mejor es cierto.
— En la noche le paso los link, tío. Los he descargado a una carpeta. Imagino que no todos los casos son ciertos y que hay mucha exageración y fantasía… pero la verdad, es perturbador.

III
Luis había hecho algo más que eso. Él mismo se sentía confundido; no se reconocía. En otro momento hubiera estado en el facebook o el whasat chateando con sus amigas o planeando las actividades para el full day del próximo fin de semana; en vez de eso, había escrito a algunos grupos de fanáticos, snobs, curiosos, admiradores de las conspiraciones. Incluso –después de pensarlo mucho- le envió un mensaje a Anthony Choy, el famoso ufólogo peruano. (“Sí, estimado Luis –le respondió brevemente- los seres de la luz están entre nosotros”).
De otras fuentes recibió mucha información basura o de escasa seriedad. Pero una publicación le llamó particularmente la atención:
Basado tanto en su papel histórico como en los planes futuros de Dios, podemos decir que sí, hay ángeles entre nosotros. Aunque no podemos estar seguros de cómo aparecerán o si sabremos cuándo nos encontremos con uno, podemos estar seguros de que los santos ángeles están aquí para cumplir el plan de Dios. Dicho esto, es importante recordar que no debemos adorar a los ángeles por su trabajo; solo Dios es digno de nuestra adoración (Nehemías 9: 6; Apocalipsis 19:10; 22: 8–9). Además, debemos discernir para no ser engañados por demonios que actúan bajo falsas pretensiones (2 Corintios 11: 14–15; 1 Juan 4: 1).

Su curiosidad lo llevó a profundizar sus indagaciones en la red; lo que encontró fue –como él mismo decía- inquietante: Suicidas rescatados en último momento por transeúntes anónimos aparecidos misteriosamente; niños salvados de un accidente por algún extraño surgido de la nada. Incluso testimonios de pequeños que –relatan- como unos seres desconocidos, pero que irradiaban paz e inspiraban confianza, los ayudaron.

IV
Encontró decenas de casos, algunos más llamativos que otros. Como el de las dos mujeres atrapadas al interior de una casona en llamas, salvadas por un intrépido bombero que entró a rescatarlas y a señalarles la salida. Pero ¿qué tenía de extraño? El edificio amenazaba derrumbe y los rescatistas ignoraban que alguien estaba dentro, por lo que nadie había entrado a salvarlas…
En otros casos los sobrevivientes de accidentes de tránsito contaban que sentían que alguien los empujaba o jalaba, en el preciso momento que iban a ser arrollados, salvando la vida. Un video le llamó particularmente la atención: el del náufrago. Un alto ejecutivo de la IBM, descreído y ateo, único sobreviviente de los cuatro pasajeros del yate naufragado. Él mismo diría después: “Había llevado una existencia vacía, disipada, sólo preocupado por los bienes materiales, los placeres y en ganar mucho dinero. Si hubiera justicia en el mundo no debía haber sobrevivido –se puso a llorar- hasta que entendí que era una segunda oportunidad que Dios me daba”. Contaba que estando flotando, sujeto a una tabla de madera, los ojos anegados de lágrimas y tras varias horas de nadar en la inmensidad del mar y cuando estaba a punto de rendirse, escuchó una voz que no logró ubicar. “Resiste, hijo mío. La ayuda está en camino”.
Por algún extraño designio de la providencia –un milagro dirían algunos- el piloto del helicóptero rescatista -que ya se retiraba a su base- inexplicablemente desvió el trayecto cincuenta kilómetros hacia donde el hombre flotaba en la inmensidad del océano.

V
Tras estar leyendo e indagando sobre el tema, llegó a la conclusión; su sobrino llevaba razón, los ángeles están entre nosotros. Por fin, después de muchos años, no lo hacía desde la universidad, rezó aquella oración que su madre le había enseñado de pequeño: El Padre Nuestro. “Cuando tengas miedo, cuando sientas que te abruman los problemas y que nadie te escucha… reza hijo mío”.
En algún momento preguntó “¿Qué quieres de mí, Señor?”. Sería sugestión, dirán algunos, pero esa noche, en sueños escuchó: “Escribe lo que haz descubierto”.
Fue lo que hizo el anciano. Le tomó dos años escribir y publicar -en colaboración con su sobrino Luis- la novela “Ángeles entre nosotros”.
El muchacho tenía razón, están entre nosotros

DINA Y LAS AVESHay travesuras que a veces realizamos en la niñez, sin reflexionar, de la que nos arrepentimos después y ...
23/12/2025

DINA Y LAS AVES

Hay travesuras que a veces realizamos en la niñez, sin reflexionar, de la que nos arrepentimos después y nos marcan para toda la vida… ¡sí!, para toda la vida.

Cierta vez, cuando vivíamos en Santa Cruz de Ucro -una pequeña comunidad campesina entonces- de puro travieso, me metí al corral de las gallinas de colores del señor Vidal, aprovechando que Dina estaba distraída dándoles de comer y había dejado la puerta abierta. Antes de que se diera cuenta y pudiera reaccionar, todas se alborotaron horriblemente, volaron plumas por doquier y alguna alcanzó a darme un picotazo, mientras los dos gallos rojos comenzaron a acercarse encrespados y amenazantes; Dina tuvo que espantarlos con gritos y puntapiés y sacarme a empujones de allí.

Me di cuenta entonces, por la expresión de su rostro y un ligero temblor en sus labios, que estaba hecha una furia y con ganas de decirme muchas cosas, o hasta agarrarme a cachetadas, seguramente, pero se quedó callada y haciendo un gran esfuerzo se contuvo porque me puse a llorar, más por el tremendo susto que por el picotazo.

Después de cerrar la puerta del corral, me llevó de la mano de vuelta a casa, murmurando durante el trayecto cosas que no entendí; yo iba chillando todo el camino, claro.

Cuando se enteró, mamá se molestó y me llamó la atención: “¿Ya ves? ¡Eso es lo que te pasa por chinchoso…! ¿quién te manda a meterte al corral de las gallinas?”.

A la hermosa Dina se le pasó la cólera muy pronto y reanudó su amistad conmigo; yo aprendí una lección aquel día: nunca más volví a acercarme a ese lugar.

Pero habría otras consecuencias…

Todo no hubiera pasado de una diablura, un incidente casi insignificante de no ser por los efectos de esa travesura infantil que se manifestaron luego, años después, cuando desarrollé una fobia a lugares cerrados donde hubiera aglomeración de aves de colores vivas o disecadas.

Así, hoy no puedo entrar, por ejemplo, a la sección Aves Silvestres del Museo de Historia Natural de la universidad San Marcos sin temblar y sudar… de hecho, si estoy solo, no entro.

LA GUÍAIDesde muy  joven –en realidad, desde que comencé a laborar,  adolescente todavía- he tenido afición por los viaj...
21/12/2025

LA GUÍA

I
Desde muy joven –en realidad, desde que comencé a laborar, adolescente todavía- he tenido afición por los viajes y full days, dentro del territorio nacional. Habiendo tanto por conocer en nuestro país, no me entusiasma la idea de viajar al extranjero. Ahora, quiero decir, quién sabe más adelante…
En todos esos años he conocido muy buenos guías –hombres y mujeres- simpáticos y amables, con algunos de los cuales trabe amistad que han durado lo suyo, pero nunca había tratado a una joven tan guapa y agradable: Miriam Flores. Y aún me cuesta creer lo que sucedió aquella vez en Lima y que hoy quiero contarles. Mi esposa –Wanda- me pide que no lo haga, que nadie se lo va a creer, pero yo siento que debo hacerlo. Un caso bastante extraño, la verdad, no es ficción ni fruto de “esa fértil imaginación tuya” como dijo alguna vez.

II
Fue en octubre del 2020 –si mi memoria no falla- que el colectivo “Salvemos las lomas” organizó recorridos por lomas de El Mirador, en San Juan de Lurigancho. El objetivo era evidente –y así lo explicaron- mientras mayor cantidad de gente visitara esos lugares y se involucrara, más efectiva sería su protección y el compromiso de las autoridades locales. Los excursionistas –unos treinta- nos encontramos en la estación Los Postes del metro de Lima; con mis cuarenta y dos años yo era el de más edad, pero por nada hubiera perdido esa visita. Y además, habiendo sido vacunado contra el virus del covid ¿por qué no? Después de meses de cuarentena, lo veía como un escape al encuentro de la naturaleza. Tres muchachos y dos chicas, todos muy jóvenes, serian nuestros guías y orientadores. Los veía con ternura… tenían tanta edad como para ser mis sobrinos o hermanos menores.
— ¡Mascarillas listas! –grita Melania, una de las guías. Trigueña, muy hermosa. Parece alumna de secundaria.
— ¡Listos!
— ¡Alcohol en gel!
— ¡Listo!
— ¡En marcha!
— ¡Nos fuimos! – se escucha la voz estentórea de Julia, una linda ayacuchana.
Y comenzamos a movilizarnos en lo que parecía una caravana de mototaxis hasta un lugar próximo al comienzo de las lomas. Desde allí iniciaríamos la caminata.
Luego de casi dos horas de ascender a pie llegamos hasta la cresta de las lomas. Me fatigó algo, bastante en realidad, después de todo, uno ya tiene su edad.
— No tome mucha agua –aconseja Julia, al ver que le doy largos tragos a la cantimplora.
— ¿Ah?¿por qué? – una pregunta imprudente, según descubrí después.
— En la cresta no hay servicios … -no precisa decir más.
— Okey, okey, gracias –no puedo evitar sonrojarme.
— De nada, caballero

El lugar que visitamos es hermoso, a condición de ir en invierno. Vegetación y vida silvestre vivificada por la humedad de la neblina costera que, desde el mar, avanza arrastrada por la brisa sobre toda esta zona. Aunque ubicado a pocos kilómetros de la ciudad es todo un espectáculo. Parecíamos tan lejos del caótico San Juan de Lurigancho, que uno deseaba aquel recorrido se prolongara por horas.
Bien pronto me separé del grueso de excursionistas. Casi todo el tiempo, yo era uno de los últimos en la caminata. Iba rezagado a propósito -bueno, también algo por la edad- para poder filmar y fotear el paisaje, aves silvestres, la variada vegetación. A veces me detenía en algún punto a contemplar la neblina avanzando sobre ese lugar; ¡sí! como esas clásicas escenas de película en cámara rápida. Respiraba a todo pulmón, experimentando una sensación bienhechora de paz y tranquilidad. Hubiera podido quedarme allí mucho rato. En algún momento me senté sobre una gran roca, rodeado por la vegetación y la soledad. A veces el viento traía hilachas de voces de los excursionistas. El lugar de alguna forma me recordaba a Santa Cruz de Ucro, la comunidad campesina donde, de pequeño, viví con mamá Hermelinda, maestra rural en esa época.
¿Cuánto tiempo estuve allí sentado? ¿quince minutos? ¿media hora? Abstraído en mis pensamientos, reflexionando lo que había sido mi vida hasta entonces, trayendo a la memoria recuerdos del pasado. Me sacó de mis abstracciones el revolotear de golondrinas alrededor mío, incluso alguna, confundida, se posó en mi cabeza, sin temor.
¡Qué flojera! ponerse en pie y recorrer el camino, acelerando algo para reunirme con el grupo que estaba ya buen rato en la cumbre del mirador.

IV
Fue en el momento del retorno, durante el descenso de la cumbre. Nuevamente, iba muy separado del grueso de excursionistas, ya lo dije, cuando, de pronto, la vi parada como si estuviera esperándome, allí en medio de la verdura; aves revoloteaban cerca de ella. Una señorita guía muy linda, de trenzas y chaleco amarillo.
— Creí que ya todos habían pasado –dijo sorprendida.
— Me quedé rezagado.
— Ya veo.
Me mira extrañamente, luego agrega, acercándose.
— Lo acompaño, no queremos que se extravíe.
Mi paso es cansino, lo ha sido siempre. “Caminas como un viejo” me dijo alguna vez mi viejita. Todo el cansancio por el ascenso, fatigoso en verdad, se evaporó durante el regreso.

V
No soy mucho de hablar, pero íbamos conversando durante el trayecto. Su nombre: Miriam Flores, estudiante de Comunicación Social en San Marcos. Por fín algo en común.
— Una sorpresa agradable, señorita.
— ¿Perdón?
— Yo también soy de San Marcos, de la Facultad de Educación pero de varios años anteriores evidentemente. Unos treinta, por lo menos.
— Evidentemente –sonríe con delicadeza, enrojeciendo ligeramente.
— Pero no recuerdo haberla visto con los otros guías, cuando partimos de Los Postes.
No sé si no me escuchó o no quiso responder, pero no insistí. Cambiando de tema, contó sobre su participación, desde hacía cinco años, en el proyecto en defensa de las lomas costeras.
— Tendrá sus anécdotas, me imagino.
— Ciertamente, caballero. Historias que ni se imagina.

No pudo seguir hablando. La verdad, fue culpa mía, me distraje del sendero y resbalé cayendo sentado. Se asustó y me ayudó a levantar.
— Tenga cuidado, el sendero de cabras puede ser resbaloso.
— ¿Sendero de cabras?
— Les decimos así, antaño fueron los caminos que usaban los pastores de chivos o cabras y en siglos anteriores, los de llamas.

El resto del camino lo hicimos ella tomándome del brazo. Llegamos a una pequeña eminencia donde había un triángulo de cemento con una pequeña cruz, como la que se suele poner cuando alguien muere atropellado en la carretera. Nos detenemos un momento. Con un tono de voz singular me dice, antes que pregunte.
— Aquí es donde encontraron el cadáver de una joven.
— ¿Ah? Entonces… ¿es peligrosa la zona?
— Eso fue hace tres años. Ahora no. La comunidad apoya con la seguridad. Saben que los visitantes a las lomas también representan ingresos económicos si saben aprovecharlo.
Cierto. Había visto algunos pequeños restaurantes ofreciendo variedad de comidas y bebidas. Después de una pausa agrega, con voz sorda.
— La policía no dio nunca con el matador.
No sé porque, conforme me contaba lo que había pasado, me comenzó a doler la cabeza y a sentir mucho frío.
— Debe ser por la altura –dijo ella- o por la presión.
Cerca de una pequeña hondonada, se detuvo.
— Aquí me quedo yo. Tengo que ver si hay otros rezagados. Sólo siga el sendero, no hay forma de que se pierda.
— Gracias
Comencé el descenso sólo, pero desde allí podía ver a los del grupo que se retiraban, varias cuadras adelante.

VI
Quedé encantado con la excursión y lo recomendé a mis amigos y conocidos a través de las redes sociales. Semanas después, hablando por inbox con Pamela, una de las chicas guías que se hizo mi amiga, muy simpática también, le comenté sobre la joven asesinada.
— Hummm es algo que no nos gusta contar, para no asustar a los visitantes. Con todo, ahora hay más seguridad. La comunidad de los alrededores nos apoya en eso también.
— Ah que bueno.
— Pero me da curiosidad. ¿Cómo se enteró? Digo, somos muy discretos con eso, no es que sea un secreto, pero en fin…
— ¿Ah? Me lo contó Miriam.
— ¿Quién Miriam?
— Miriam Flores, la guía de trenzas.

Hay un breve silencio en la línea.
— ¿Con un lunar en la mejilla?
— Sí, claro
Nuevamente silencio.
— Creo que usted se está confundiendo.
— ¿Por qué?
— Hummm espere un momento.
Tras una pausa. Me envía una foto de una joven muy bonita, de trenzas con chaleco amarillo.
— ¿Ella?
— Sí, claro. Disculpe ¿ocurre algo? –ya estaba comenzando a sentirme incómodo.
Nuevamente un breve silencio.
— La foto es de hace tres años… el cadáver de la muchacha que encontramos esa vez… fue el de Miriam Flores, nuestra compañera guía.
Recuerdo que estaba de noche, en mi cuarto, frente a la computadora y me puse a gritar, lleno de pánico.
— Ahhh… Entonces qué he visto.
Y –como una revelación- por fín recordé lo que me habían dicho una vez, “te comienza a doler la cabeza cuando un fantasma está cerca”.

VII
Por un tiempo me alejé de Pamela, y de todas las chicas guías. El suceso me había alterado. Al principio creí que me estaba volviendo loco. (¿Me estaré volviendo decrépito prematuramente?) No me avergüenza decirlo, incluso asistí a tratamiento psicológico –durante varias semanas- en el hospital Almenara. Allí conocí a Wanda, una enfermera novata, muy amable que se hizo mi amiga. Ella tenía sus ideas, poco ortodoxas, la verdad.
— Quizás la joven ¿Miriam dices que se llamaba?
— Sí
— Quizás está tratando de decirte algo…
— ¿Tú crees?
— Lo escuché en un programa de Anthony Choy. Quizás la joven tenga asuntos pendientes por resolver. Por eso está atrapada en ese lugar.
Estuve a punto de soltar la risa, “era lo que me faltaba ahora. Escuchar las teorías de Anthony Choy”. Pero entonces recordé la frase “La policía no dio nunca con el matador”. Me sentí confuso, la verdad ¿Y si Wanda llevaba razón?

VIII
Medio año después, a raíz de la muerte del tío Alberto, recibí como herencia un pequeño fundo en Huarochirí. Él había sido toda su vida un chacarero, hombre de campo. Él único entre sus hermanos que se dedicó a la crianza de gallinas, cerdos y cultivo de maíz.
Me gusta la ciudad y aunque pasé una temporada en ese lugar, vivir en una comunidad campesina no era lo mío. Con todo, estuve unas semanas sin decidirme.
— Tiene que venirse a vivir aquí, don Jorge –dice el señor Vidal, el dueño de la bodega en Santa Cruz de Ucro, la comunidad más cercana.
— ¿Ah?
— La tierra de su tío es apropiada para el cultivo de frutas o crianza de gallinas. Si no las ocupa usted, los traficantes de tierras las pueden invadir o los mismos vecinos y…

No agrega nada más, pero entiendo… un juicio de años para desalojarlos si alguna vez termina…
Eso me decidió. Terminé vendiéndolo a una Cooperativa Agrícola - Ganadera. Obtuve un buen precio además: noventa mil dólares.
Concretada la venta y obtenido el dinero, lo deposité en el banco mientras pensaba con calma en qué invertirlo. Con todo, no me había olvidado lo que me tocó vivir en las lomas. Algunas noches –ahora puedo decirlo- veía en sueños a Miriam Flores mirándome con tristeza.
Entonces un día se me ocurrió. ¿Y por qué no ayudarla? Así que, con el apoyo de Wanda, comencé a buscar casas especializadas de Detectives Privados en Lima. (Los hay de mucho prestigio, cuestan un ojo de la cara pero obtienen resultados)
Por fin di con una que me recomendaron como la más seria y eficiente; dirigida por un ex general de la policía, varios de sus integrantes eran policías o detectives retirados o licenciados de sus instituciones. Ajustamos los precios y todos los detalles que conocíamos de la muerte de la joven. Pamela contó todo lo que se sabía de las últimas horas de Miriam.

IX
Tres semanas después me entregaron un voluminoso expediente, que pasé copia a la policía, sobre la muerte de la muchacha. El asesino había sido un tal Walter Ausejo, un ex enamorado –estudiante de San Marcos- al que la muchacha ya había terminado antes. Como se descubrió, las cosas habían sucedido así:
Miriam Flores era guía en el proyecto “Salvemos las lomas de Lurigancho”. Había ido a marcar el recorrido acompañada de Walter, pero eso no lo sabían los demás. Esto consistía en hacer el recorrido anotando en un block los puntos de referencia, haciendo un croquis o fotografiando la zona. Su inexperiencia –recién se iba abrir el circuito turístico- la perdió. Iban a ir otros dos guías, pero a última hora uno no pudo asistir y el otro –extraviado- llegó varias horas tarde al punto de encuentro.
La muchacha cometió el error que le costó la vida, “Nunca se va sola a explorar”. Cansada de esperarlos la joven se aventuró sola con su acompañante.
Cerca de la hondonada, donde ahora está la cruz tuvieron una fuerte discusión. El muchacho quería retomar su relación, incluso –aprovechando la soledad del lugar- quiso besarla a la fuerza, pero ella se negó, no le gustaba que fuera celoso y agresivo; ya la había golpeado antes, incluso en la misma universidad; una relación tóxica de la que le costaba salir.
Irritado por su negativa –él era muy impulsivo- descargó un fuerte golpe con un bastón en la frente de la muchacha, con tan mala suerte que esta cayó de espaldas golpeándose la cabeza en una roca. Los médicos legistas informarían que su muerte fue casi instantánea.
Sin intentar siquiera socorrerla, el matador, el hombre que decía amarla, huyó como un cobarde. Al día siguiente –Miguel, Julia, Marcos y Pamela- asustados por su ausencia, presintiendo lo peor, fueron a recorrer la zona. Las chicas entraron en crisis ante la presencia del cadáver. Pero ¿quién había sido?

En su momento, las indagaciones de la policía no arrojaron ningún resultado, los sospechosos –Walter y dos o tres tipos de un asentamiento humano de los alrededores- tenían coartadas y nada se pudo probar. No hubo mayor interés, la verdad, después de todo, era un crimen de los cientos que hay en la ciudad. Con todo, Sergio Martínez, uno de los más hábiles del pool de detectives privados -él mismo era capitán retirado- localizó a testigos obviados en la primitiva investigación; una corazonada, cierta presión… y el resto es historia conocida….

X
El día que por fin lo detuvieron, presentado en los noticieros y llevado a juicio, fui con Wanda y los seis guías a depositar una corona de flores en la cruz que aún existe en las lomas. Rezamos y estuvimos un buen rato allí.

— Por fin descansa en paz –comentó Pamela.
— Así es –agregó Julia.
Cuando nos retirábamos, estábamos ya a cierta distancia, algo, la curiosidad, una intuición o no sé qué me hizo volver la cabeza… y allí estaba; parada al costado de la cruz, sonriendo, haciendo adiós con la mano mientras se desvanecía. Yo también me sonrío mientras se me llenan los ojos de lágrimas.
— ¿Qué estás mirando? –pregunta Wanda mientras me toma amorosamente del brazo.
Estaba muy emocionado. Sólo dije.
— En otro momento te cuento.

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