24/12/2025
ÁNGELES ENTRE NOSOTROS
I
El vendedor de tamales fue providencial. No era la ruta habitual ni el horario –casi las seis de la mañana- pero estuvo precisamente, o apareció, cuando el anciano que regaba su jardín se desvaneció silenciosamente. Comenzó a dar grandes voces mientras auxiliaba al caído, alertando a los habitantes de la casa. Siempre solícito, ayudó a conducir al anciano al interior mientras los hijos llamaban una ambulancia. Había sufrido un pre-infarto que, por suerte, no fue de necesidad mortal. Fueron momentos de angustia para la familia mientras esperaban la llegada del auxilio médico; sólo los que lo han vivido lo entenderán. En esas circunstancias, nadie sabe en qué momento el tamalero se retiró y, a nadie se le ocurrió pedirle su nombre. No volvieron a verlo más.
Cuando el enfermo –un setentón- se recuperó y volvió a casa, dos días después, narró los hechos, las cosas que recordaba.
— Estaba regando tranquilamente el jardín cuando sentí que me faltaba el aíre. Todo se puso oscuro y caí sobre el gras.
Estaba en el sillón de la sala, rodeado de sus hijos.
— ¿No viste entonces al señor que vendía tamales? –preguntó intrigada su esposa.
— ¿Ah? ¿un vendedor de tamales a las seis de la mañana? ¿y en día miércoles? ¡Por supuesto que no! –dice un tanto enojado.
Todos guardaron penoso silencio. “No puede con su genio”, pensó Wilson.
— Tienes que moderar ese carácter papá –dijo suavemente Julia, la menor de sus hijas- Ya te lo ha dicho el doctor.
“Tiene razón”. Hace un esfuerzo por moderarse. Estuvo un momento reflexionando “Jirón Mariano Melgar es una cuadra larga… puedes ver a alguien acercándose y voceando su producto, desde lejos”.
— Entonces… ¿fue un tamalero el que me auxilio?
— Sí papá –respondió Walter, el mayor.
— ¿No lo viste?
— Un tamalero en día de semana… y a esa hora –mueve negativamente la cabeza.
Sí, era de lo más extraño, generalmente van por las calles gritando a todo pulmón; ¡Tamales! ¡Tamales!, de forma tal que se les escucha de lejos. Gritos que al anciano a veces lo crispaban, la verdad. Los bocinazos de los autos y los gritos de los vendedores ambulantes le incomodaban. Que recordara, siempre había sido así, pero se había vuelto más irritable con la edad. Pero un miércoles ¿a las seis de la mañana?
Él lo sintió como un acicate; tan pronto estuvo totalmente restablecido, se dio a la tarea de buscarlo “Para darle las gracias y una buena propina. De no haber sido por él… Me salvó la vida”. También por la curiosidad de verle la cara y quizás una forma de ocupar su tiempo libre.
Eduardo Martínez era un profesor recientemente jubilado que dedicaba su tiempo a regar su jardín, ver televisión o resolver crucigramas del periódico, como quien ya ha cumplido su ciclo y sólo espera la hora final. Pero esta búsqueda lo sacó de su letargo, un enclaustramiento de años, le dio un motivo para salir a caminar por las calles.
II
Al principio sus hijos se opusieron, naturalmente. “¿Y si se caía o le sucedía un accidente?.
— Ni que fuera un invalido, carajo –renegaba él.
— Es que te puede pasar cualquier cosa –dijo Marcos.
Se pusieron a discutir con acritud hasta que Julia propuso una solución. “¡Que lo acompañe Lucho!”. Todos se quedaron en silencio, de momento, encantados con la propuesta. “Bien pensado” “¿Por qué no se les había ocurrido antes?”
Luis Felipe, sobrino nieto de Eduardo, era el típico adolescente rebelde de diecisiete años; aunque al principio se negó rotundamente (“Tengo mejores cosas que hacer que acompañar al tío”, pensó, no lo dijo) lograron convencerlo con un argumento que le hizo efecto; le prometieron una buena propina, cada vez que saliera con el tío.
Y allí estaban, él ayudándose con el bastón y su sobrino llevándolo del brazo. Caminaban muy despacio, conversando. El anciano había sido profesor de Literatura Universal treinta años en un colegio estatal, no había perdido el tacto para hablar o lidiar con adolescentes y padres de familia.
Encontraron a una tamalera en la puerta de la panadería Bom Apetit.
— Buenos días. Dos tamales de chancho por favor.
— Sí señor. ¿Quiere ensalada?
— No, no, así nomás. Cóbrese. ¿Cuánto es?
— Cuatro soles. Gracias.
Luis estaba sorprendido. “¿En qué momento le va a preguntar?”. Ya estaban por retirarse cuando, como quien se acuerda de algo le dice:
— Ah joven, me olvidaba, una consulta.
— Sí, dígame.
— Hay un tamalero que siempre pasaba por el barrio, cerca del instituto Cesar Vallejo, ya no lo veo semanas, quizás usted lo conozca.
— ¿Cómo es? –pregunta con curiosidad.
“Aprende sobrino, una vendedora amable está garantizando que el cliente vuelva”.
— Alto, delgado, trigueño, de barba abundante y bigote…
Tan pronto lo dice, se siente incómodo, repara en lo que ha descrito “A la mi**da. Casi parece el retrato… de Jesús”.
La mujer –una muchacha de unos veinticinco años- entorna los ojos y arruga la frente mientras parece hurgar en su memoria.
— Hummm… no, lo siento caballero, no conozco a alguien así. Llevo varios años en este lugar… pero no, no he visto a nadie como el que usted describe.
— Bien, gracias de todas maneras.
— Aunque es extraño, sí –lo ataja.
— ¿Por qué lo dice?
— En estos tiempos nadie usa barba y bigote… a menos que sea un israelita.
— ¿Israelita?
— Sí, los israelitas del Nuevo Pacto Universal… aunque ellos llevan el cabello bien crecido. Tienen su local en la avenida Jorge Chávez, frente al mercado.
— Les preguntaré. Gracias.
— A usted, caballero.
La siguiente hora estuvieron en un cafetín comentando las incidencias, mientras despachaban los dos tamales acompañado de tazas de café, pan y una porción de queso mantecoso.
— Imagino que quieres ir a esa iglesia a preguntar, tío.
— Sí, pero ya será mañana domingo, me ha agitado un poco la caminata, la falta de costumbre, ya se ve. ¿Te diste cuenta de la chica?
— ¿De qué tío?
— Es estudiante de algo. Lo saqué ahí mismo por la forma en que se expresaba.
— La verdad, no me di cuenta.
Estuvo a punto de decirle “Deberías ser más observador, sobrino, fijarte en los detalles” y soltarle un sermón, pero lo pensó mejor y se acordó que, cuando él tenía esa edad, nada le irritaba tanto como las filípicas de los adultos.
— Pero si me di cuenta que la chica no es fea –comenta con una sonrisa mientras se ruboriza.
— Ay sobrino –se ríe.
Los siguientes días, la búsqueda fue igual de infructuosa. Nadie le dio razón y todos se extrañaban; ¿un tamalero a esa hora y en día miércoles?
Dos semanas después, estaban sentados en una fuente de soda. Tomando un jugo especial de leche con algarrobina. “Sólo le falta el pisco…”
— Parece que no hay suerte tío.
— Así es sobrino. Como si nuestro personaje se hubiera esfumado de la faz de la tierra. Nadie ha oído hablar de él. Todo me está resultado muy raro.
Llevaban varios fines de semana caminando, preguntando. Se le ocurrió a Luis “como si fuera una cruzada personal”. En esos días se habían acercado más, cierto que el tío estaba de mucho mejor humor ahora que salían a recorrer las calles y podían conversar más. “Le hace bien salir de su encierro” pensaba el muchacho. Adolescente y todo, fue él el que intuyó la verdad o una posible explicación. Lo había escuchado alguna vez en un programa en la radio, pero entonces no le dio mucha importancia.
— ¿Usted es creyente tío?, digo ¿es católico?
— ¿Ah?
— Lo pregunto porque nunca lo he oído hablar de Dios.
— Lo era, sobrino… ahora soy agnóstico.
— Ah que bien.
Sonríe con indulgencia al notar su confusión.
— Soy agnóstico, no ateo. El ateo es el que no cree en Dios; el agnóstico es el que está en la duda, no sabe si existe o no.
— Parecen lo mismo –dijo con la franqueza de su edad.
— Bueno, sí. Son matices. ¿Por qué me preguntas todo eso?
Luis se queda callado un momento antes de responder. Mientras bebe su jugo.
— Porque creo que tengo una posible explicación para lo sucedido.
— Dime sobrino.
— ¿Ha oído hablar de los seres celestiales o seres de luz?
— ¿Ángeles?
— Sí
Hizo un gran esfuerzo para no soltar la risa delante del muchacho.
— Ayer en la noche, llegando de la academia, estuve navegando en internet y en youtube… bastante rato.
— Sigue –tratando de ocultar su sorpresa y satisfacción “Él nunca se interesa por nada”.
— Lo que he encontrado es bastante inquietante, tío. Según algunas religiones y hombres santos, el demonio y las fuerzas del mal deambulan por la Tierra provocando desgracias y sufrimiento.
— Evidentemente. “Como moro sin señor” –se sonríe.
— ¿Ah? ¿cómo dices tío?
— Nada, nada. Sigue.
— Pero también existen estos seres de luz –así les dicen en algunas culturas antiguas- van tratando de ayudar, salvar a la gente, mitigar sus p***s.
Vacila un momento antes de continuar.
— Lo que yo creo es que no salvan a cualquier persona tío, sino a personas señaladas o marcadas por un designio o una tarea por cumplir.
— Creo que no entiendo –aparentemente confuso. Lo hizo adrede, un discreto recurso para que el muchacho se explaye.
— Personas que tienen una misión en la Tierra, aunque ellos mismos lo ignoren.
— Hummm ¿quién sabe?, a lo mejor es cierto.
— En la noche le paso los link, tío. Los he descargado a una carpeta. Imagino que no todos los casos son ciertos y que hay mucha exageración y fantasía… pero la verdad, es perturbador.
III
Luis había hecho algo más que eso. Él mismo se sentía confundido; no se reconocía. En otro momento hubiera estado en el facebook o el whasat chateando con sus amigas o planeando las actividades para el full day del próximo fin de semana; en vez de eso, había escrito a algunos grupos de fanáticos, snobs, curiosos, admiradores de las conspiraciones. Incluso –después de pensarlo mucho- le envió un mensaje a Anthony Choy, el famoso ufólogo peruano. (“Sí, estimado Luis –le respondió brevemente- los seres de la luz están entre nosotros”).
De otras fuentes recibió mucha información basura o de escasa seriedad. Pero una publicación le llamó particularmente la atención:
Basado tanto en su papel histórico como en los planes futuros de Dios, podemos decir que sí, hay ángeles entre nosotros. Aunque no podemos estar seguros de cómo aparecerán o si sabremos cuándo nos encontremos con uno, podemos estar seguros de que los santos ángeles están aquí para cumplir el plan de Dios. Dicho esto, es importante recordar que no debemos adorar a los ángeles por su trabajo; solo Dios es digno de nuestra adoración (Nehemías 9: 6; Apocalipsis 19:10; 22: 8–9). Además, debemos discernir para no ser engañados por demonios que actúan bajo falsas pretensiones (2 Corintios 11: 14–15; 1 Juan 4: 1).
Su curiosidad lo llevó a profundizar sus indagaciones en la red; lo que encontró fue –como él mismo decía- inquietante: Suicidas rescatados en último momento por transeúntes anónimos aparecidos misteriosamente; niños salvados de un accidente por algún extraño surgido de la nada. Incluso testimonios de pequeños que –relatan- como unos seres desconocidos, pero que irradiaban paz e inspiraban confianza, los ayudaron.
IV
Encontró decenas de casos, algunos más llamativos que otros. Como el de las dos mujeres atrapadas al interior de una casona en llamas, salvadas por un intrépido bombero que entró a rescatarlas y a señalarles la salida. Pero ¿qué tenía de extraño? El edificio amenazaba derrumbe y los rescatistas ignoraban que alguien estaba dentro, por lo que nadie había entrado a salvarlas…
En otros casos los sobrevivientes de accidentes de tránsito contaban que sentían que alguien los empujaba o jalaba, en el preciso momento que iban a ser arrollados, salvando la vida. Un video le llamó particularmente la atención: el del náufrago. Un alto ejecutivo de la IBM, descreído y ateo, único sobreviviente de los cuatro pasajeros del yate naufragado. Él mismo diría después: “Había llevado una existencia vacía, disipada, sólo preocupado por los bienes materiales, los placeres y en ganar mucho dinero. Si hubiera justicia en el mundo no debía haber sobrevivido –se puso a llorar- hasta que entendí que era una segunda oportunidad que Dios me daba”. Contaba que estando flotando, sujeto a una tabla de madera, los ojos anegados de lágrimas y tras varias horas de nadar en la inmensidad del mar y cuando estaba a punto de rendirse, escuchó una voz que no logró ubicar. “Resiste, hijo mío. La ayuda está en camino”.
Por algún extraño designio de la providencia –un milagro dirían algunos- el piloto del helicóptero rescatista -que ya se retiraba a su base- inexplicablemente desvió el trayecto cincuenta kilómetros hacia donde el hombre flotaba en la inmensidad del océano.
V
Tras estar leyendo e indagando sobre el tema, llegó a la conclusión; su sobrino llevaba razón, los ángeles están entre nosotros. Por fin, después de muchos años, no lo hacía desde la universidad, rezó aquella oración que su madre le había enseñado de pequeño: El Padre Nuestro. “Cuando tengas miedo, cuando sientas que te abruman los problemas y que nadie te escucha… reza hijo mío”.
En algún momento preguntó “¿Qué quieres de mí, Señor?”. Sería sugestión, dirán algunos, pero esa noche, en sueños escuchó: “Escribe lo que haz descubierto”.
Fue lo que hizo el anciano. Le tomó dos años escribir y publicar -en colaboración con su sobrino Luis- la novela “Ángeles entre nosotros”.
El muchacho tenía razón, están entre nosotros