02/03/2026
Hoy quedarse solo con la propia mente muchas veces se siente como un castigo horroroso, porque el común denominador es vivir anestesiados con lo que sea.
Nuestro cerebro no se apaga cuando no hay estímulo. Al contrario. Cuando no hay música, ni podcast, ni scroll, se activa ese espacio interno donde aparecen las preguntas que evitamos, las pendientes, las inseguridades, las heridas viejas que todavía arden. El silencio no es vacío. El silencio amplifica. 🔇
Cuando hay silencio y no sabemos estar con él, se activa lo que se llama la red neuronal por defecto. Es la red que se enciende cuando no estamos haciendo nada “externo”. Y sí, tiene una tendencia fuerte (en algunos casos se puede sentir incluso como adicción) a irse al peor escenario, a la autocrítica, a la comparación, a todo lo que tenga que ver con el “yo”. No es que sea mala. Es que sin regulación, se vuelve rumiativa.
Y el cuerpo lo siente al instante, sientes esa cosita en el pecho incómoda que no te dejaría hacer en paz la siesta. No es que eso apareció ahí.
Vivimos en una cultura que no tolera el vacío. Una cultura de hiperestimulación constante, de exceso de positividad, de rendimiento, que no deja espacio para la INTERIORIDAD. No sabemos aburrirnos. No sabemos estar. Y cuando no sabemos estar, cualquier silencio se siente como amenaza.
Jonathan Haidt ha hablado de cómo la sobreexposición digital, sobre todo en generaciones más jóvenes, ha reducido los espacios de fricción interna que antes eran inevitables. Esperar. Caminar sin nada. Mirar por la ventana. Esos microespacios eran gimnasios emocionales. Ahí se construía tolerancia. Hoy los hemos llenado de estímulo inmediato.
Y hay algo que me parece brutal. Si no toleras estar contigo, ¿cómo vas a tolerar estar con otro en profundidad? Porque la intimidad también es silencio. También es incomodidad. También es no tener algo que te distraiga de lo que sientes.
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