02/01/2026
LOS EFECTOS DE NUESTRAS EMOCIONES Y EL CALENTAMIENTO GLOBAL
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Creemos que la voluntad creadora de Eón unió los iones para dar origen a los átomos; cohesionó los átomos para producir las moléculas; asoció las moléculas, generando la existencia de las células; organizó las células para formar los tejidos; y, con los tejidos, conjugó y conformó los órganos, constituyéndose así los cuerpos de todas las formas de existencia. De este modo, la omnipresencia energética de Eón, de inteligencia eterna, anima la esencia de todo cuanto existe.
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Esta omnipresencia energética permite que entre el ser humano y el planeta exista una relación íntima de acción y reacción. Estamos convencidos de que las tensiones emocionales del humano desencadenan precipitaciones iónicas en la atmósfera terrestre, produciendo una serie de alteraciones moleculares que provocan trastornos climáticos, somáticos y psíquicos. El humano es lo que el estado energético del planeta aporta. Tan es así que, cuando la Luna actúa en alguna etapa de nuestra vida, vemos cómo el ser humano recibe estas influencias y reacciona modificando sus estados anímicos. Lo mismo sucede con las alteraciones que sufren todas las estructuras de la naturaleza.
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Los ejemplos más evidentes son aquellos que las plantas nos revelan… ¿cuántas personas no han comprobado que el cariño hacia las plantas actúa como un abono, como una vitamina que las tonifica, las embellece y las hace crecer? Los seres humanos, con sus actitudes mentales y su comportamiento cotidiano, influyen dinámicamente en las estructuras energéticas del planeta.
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Cada una de nuestras actitudes mentales y/o emocionales es un estado energético que interactúa estructuralmente con las leyes universales, cumpliendo una función dual —constructiva destructiva— en correspondencia con la polaridad de sus impulsos. El equilibrio energético entre las funciones constructivas y destructivas debería ser la meta moral de toda la humanidad. Por ello, la misión de los mensajeros y místicos ha tenido siempre la finalidad de contrarrestar el predominio del mal —entiéndase destrucción— sobre el bien, que procura la construcción.
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Las virtudes, los valores, el orden y la armonía familiar y social, el conocimiento recto y muchas otras actitudes constituyen fuerzas constructivas; mientras que el mal, constituido por los vicios, la violencia, las discordias, la envidia, el odio y los conflictos familiares y sociales, tiende a destruir la armonía, el equilibrio y el orden de la naturaleza.
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Se nos ha persuadido de que la causa del calentamiento global es consecuencia de la proliferación libertina de las industrias capitalistas, de la sobreproducción del parque motorizado que ha sobresaturado la atmósfera del planeta, y de que la única forma de neutralizar sus desastrosos efectos climáticos es exigir que las industrias reduzcan las emisiones tóxicas. Nosotros estamos convencidos, en cambio, de que el calentamiento global es más bien consecuencia del calentamiento que los humanos generamos con nuestras reacciones emocionales cotidianas y con nuestras equivocadas políticas de sobrepoblación.
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A menor congestión poblacional, menores complicaciones de supervivencia. Todos sabemos que criar una población mínima de cualquier especie reduce la incidencia de enfermedades, y que a mayor concentración de las especies se incrementa la temperatura corporal y ambiental de quienes viven en hacinamiento.
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Creemos que la mayoría de los movimientos telúricos del planeta recibe su fuerza destructora, en casi un 70 %, de las cargas emocionales del ser humano, siendo el resto producto de influencias exteriores. No comprendemos por qué sociólogos, ecólogos y ambientalistas se empeñan en minimizar la trascendental y determinante responsabilidad que tiene la sobrepoblación mundial en la problemática del calentamiento global.
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En la medida en que este planeta conserve la armonía, se establece su interconexión con la energía solar. Si hay equilibrio, no penetrarán en la atmósfera terrestre energías nocivas provenientes del Sol; pero si la estructura del planeta experimenta desarmonías iónicas, estas energías perjudiciales para la vida se precipitarán inevitablemente, alterando el dinamismo de las leyes cósmicas y desencadenando impredecibles trastornos de la vida terrenal, caos y todo tipo de alteraciones telúricas. No es que nuestras inconductas puedan destruir la totalidad de la naturaleza, pero sí pueden influir para que este mundo sea mucho más negativo para nosotros mismos.
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Este equilibrio depende sustancialmente de la actitud mental que los humanos tengan, no solo hacia el planeta, sino también hacia sus propios congéneres. ¿Es posible que cerca de tres mil millones —hoy casi ocho mil millones— de seres humanos, generando una tremenda potencia mental de odio o de amor, no influyan en la estructura energética del planeta?
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Por ello planteamos la necesidad de una moral. No por temor a Dios, ni por el “qué dirán los demás”, sino por una conciencia de trascendencia espiritual que nos permita asumir un rol superior en el dinamismo de la creación; porque conocemos el papel que jugamos en el universo y en qué medida el universo es parte de nosotros y nosotros parte de él.
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