20/01/2026
Ignorar un diente perdido puede parecer inofensivo al principio, pero silenciosamente puede provocar una reacción en cadena que afecta a toda tu salud bucal.
Cuando se pierde un diente, los dientes circundantes no permanecen en su lugar. Gradualmente van a la deriva hacia el espacio vacío, lanzando tu mordedura natural y poniendo una presión desigual sobre tus dientes y mandíbula mientras mastican. Al mismo tiempo, el diente opuesto a la brecha puede comenzar a sobreeruptir porque ya no encuentra resistencia. Con el tiempo, estos sutiles cambios interrumpen el equilibrio de tu boca, aumentando el riesgo de dolor de mandíbula, dolores de cabeza, desgaste de esmaltado y más daño dental.
La consecuencia más grave a largo plazo de la pérdida de dientes sin tratar es el deterioro de la mandíbula. Las raíces de los dientes juegan un papel crucial en la estimulación de la mandíbula durante actividades diarias como masticar. Sin esa estimulación, el hueso comienza a encogerse y debilitarse, un proceso conocido como resorción ósea. Esta pérdida de hueso puede cambiar con el tiempo los contornos faciales, llevando a una apariencia hundida o prematuramente envejecida y haciendo futuros tratamientos dentales más complicados.
Reemplazar un diente que falta temprano (a través de implantes dentales, puentes u otras opciones restaurativas) ayuda a preservar la densidad ósea, mantener una alineación adecuada y proteger la salud de los dientes circundantes. Actuar con rapidez no sólo salvaguarda la apariencia de tu sonrisa, sino que también previene complejos y costosos problemas dentales en el futuro, asegurando comodidad y función a largo plazo.
Fuente: American Dental Association (2022), Missing Teeth: The Impact on Your Healthy