09/12/2025
Esteban Cáceres Lozano
El túnel del tiempo
Ha vuelto a hablarse de la portada de La República que titulaba “El túnel existe” en el contexto de la toma de la residencia del embajador del Japón por parte del MRTA, a inicios de 1997. Al igual que muchos, yo no le tomaba importancia a una acusación tan ridícula. Será porque era adulto en el momento de los hechos, y sé, como sabemos todos —aun los que se hacen los amnésicos— que cuando La República sacó esa portada no solo coincidió con otros medios que hicieron lo mismo, sino que nadie acusó al periódico de nada. No salió ningún fujimorista —y esos eran de fujimoristas de verdad, que trabajaban con el presidente en ejercicio e iban a la salita del SIN— a acusar a La República de traicionar a la patria o de ser proterrorista. Desde hace por lo menos quince años, circula esa portada. Se multiplica en Twitter para terruquear al diario y deslegitimar cualquier denuncia contra los remanentes naranjas. Y en todo ese tiempo siempre ha habido, una y otra vez, alguien que responde y aclara el tema. No ha servido de nada. Incluso la película que acaba de salir sobre la operación Chavín de Huántar recoge el hecho, como parte de la trama.
Según esta gente, la cosa fue así. La República descubrió que el gobierno estaba construyendo un túnel para una incursión armada. Preocupados por sus camaradas ideológicos, sus compañeros equivocados, los editores comunistas decidieron avisar inmediatamente al comando subversivo utilizando su carátula, lo que puso en riesgo la operación.
Como sabe cualquiera que se interese en informarse, la portada de La República no fue un soplo del diario para alertar a los emerretistas. Fue el propio Néstor Cerpa, cabecilla del MRTA a cargo de la toma, quien denunció el hecho a una agencia internacional. ¿Cómo lo supo? Escuchaba ruidos de excavaciones y picos. Dijo que por esa razón había decidido suspender las negociaciones en curso, que buscaban acuerdos para la liberación de los rehenes.
Solo entonces, cuando Cerpa habló y se hizo evidente que sabía lo que pasaba, los tres diarios más importantes del país decidieron publicar el hallazgo. Lo que pasó entonces es una muestra significativa de cómo funciona el periodismo (algo que no todos conocen). Los medios sabían bien que el gobierno estaba construyendo un túnel. Había rumores e indicios que crecían con los días. Los diarios habían investigado el tema. La República había hecho un seguimiento de dos meses. La construcción túnel era un hecho.
Por supuesto, no dijeron nada. No lo hicieron porque era información sensible de un asunto de seguridad nacional. No lo hicieron aun cuando esa información probaba una absoluta torpeza de parte del gobierno, que decidía correr altísimos riesgos. Había un secuestro con rehenes hecho por un grupo armado —uno que había cometido ejecuciones en el pasado—; y el gobierno estaba cavando un túnel del que se enteraron más personas de las recomendables, en cosa de días.
Cualquiera de los diarios pudo haber denunciado el hecho antes de que hablara Cerpa, con el argumento ético de proteger la vida de los rehenes ante lo que era, a todas luces, una torpeza que podía ser fatal. Ninguno lo hizo, tampoco La República.
Solo cuando el MRTA denunció el túnel, los diarios dieron luz verde para publicar las investigaciones que ya tenían. Lo hicieron El Comercio, Expreso, y La República. No estaban avisándole nada a nadie. Cerpa y los otros miembros del MRTA, por cierto, estaban incomunicados. No recibían diarios del exterior. En 1997, Internet como servicio doméstico tenía dos años en el Perú. Solo funcionaba con línea telefónica; y eso fue lo primero que se le cortaron a la residencia.
Una vez en circulación la noticia del túnel —El Comercio hasta publicó un infográfico muy completo con un croquis—, se dice que Vladimiro Montesinos aprovechó la circunstancia a su favor, para hacer creer que esa vía estaba “quemada” y asumiendo que los emerretistas la descartarían o la verían improbable.
Cuando los comandos lograron retomar la sede diplomática, hubo gente que hizo sonar sus bocinas en las calles, en señal de júbilo casi deportivo. 148 soldados de élite consiguieron aniquilar a los 14 emerretistas, que fallaron al final en ejecutar a su pieza mayor: Francisco Tudela. La operación fue casi perfecta y desde entonces es parte del orgullo castrense. Pero yo siempre me acuerdo de lo que dijeron algunos analistas de esa época. Que el éxito rotundo de la incursión, de un riesgo altísimo, se podía también por un factor: que era el MRTA y no Hamas o Hezbollah. Ni siquiera el MRTA de Peter Cárdenas y Jaime Castillo Petruzzi. No hubo ejecuciones individuales de presión o represalias, ni siquiera cuando el túnel, una burla a las supuestas negociaciones, se hizo evidente por la ruidosa y burda excavación “secreta” (no por lo que publicaron los diarios). En ese tiempo esos análisis me parecieron aguafiestas. Hoy no estoy seguro.
La campaña presidencial está por empezar y son tiempos de mentiras repetidas. La de La República y su titular “soplo”, ahora repotenciada gracias a una película taquillera que cuenta con el aval y los recursos del Ejército (o sea, una pieza de propaganda que, por ejemplo, no menciona a los gallinazos), seguirá en el aire. El pasado se ha vuelto territorio fértil para la reescritura. Ante mentiras burdas, verdades simples igual de poderosas: tres años después de salir por el techo de la residencia, Francisco Tudela estaría encima de un estrado, bailando El baile del Chino para ayudar a la reelección ilegal del séptimo presidente más corrupto del planeta. Ese mismo año, Fujimori se fugaría y mandaría su renuncia por fax.
(Por Juan Manuel Robles. Hildebrandt en sus trece # 759)