12/02/2026
🌿 ☕✍🏽REFLEXIÓN: CUANDO EL PREJUICIO SE DISFRAZA DE FE: A QUIENES ALGUNA VEZ HAN SENTIDO LA NECESIDAD DE SEÑALARME
Hay algo profundamente agotador en ser constantemente juzgada por existir diferente.
Durante años he sentido el peso del prejuicio por mi estética, por mi forma de pensar y, más intensamente, desde el momento en que decidí vivir mi espiritualidad de manera abierta. No desde una religión específica, sino desde la libertad interior. Porque la espiritualidad, entendí con el tiempo, no es una etiqueta: es una vivencia.
Cuando anuncié mi intención de abrir un grupo de estudio sobre Wicca, la reacción no fue curiosidad ni diálogo. Fue señalamiento. Pastores compartiendo mis publicaciones con acusaciones. Mensajes privados cargados de advertencias. Conversaciones en iglesias donde mi nombre se convirtió en tema de debate.
Y lo más doloroso: la utilización de la imagen de mi hijo para alimentar una narrativa de miedo.
Nada de eso fue una conversación. Fue prejuicio.
Con el tiempo entendí algo importante: el prejuicio no siempre grita odio explícito. A veces se presenta como “discernimiento espiritual”. A veces se esconde detrás de frases como “es por el bien”, “mi religión no me lo permite” o “estamos defendiendo valores”.
Pero el respeto no puede ser unilateral.
En mi experiencia personal, los ataques más intensos que he recibido han venido de personas que se identifican como cristianas. No digo esto como una generalización absoluta, sino como una vivencia concreta. Nunca he tenido conflicto con quien vive su fe con coherencia y respeto. Mi conflicto ha sido con el extremismo que pretende controlar, censurar y decidir quién es digno de existir en ciertos espacios.
Lo viví en mi comunidad. Lo viví en redes sociales. Y lo he vivido en mi espacio profesional.
Como educadora, mi responsabilidad es enseñar valores, pensamiento crítico y respeto. No evangelizar. No adoctrinar. No imponer creencias personales. Cuando un estudiante trae un tema al salón, se aborda desde la ética, no desde el miedo.
Sin embargo, he enfrentado intentos de censura basados exclusivamente en creencias religiosas ajenas a mi labor pedagógica. He visto cómo se intenta convertir diferencias espirituales en amenazas morales.
Y ahí es donde surge la pregunta esencial:
¿En qué momento la fe se convirtió en permiso para vulnerar la dignidad del otro?
El prejuicio nace cuando alguien decide que su cosmovisión es la única válida. Cuando la diferencia no se ve como diversidad, sino como peligro. Cuando el respeto se exige, pero no se practica.
Yo no estoy en contra del cristianismo. No estoy en contra de ninguna religión. Estoy en contra del fanatismo que convierte la fe en arma.
La verdadera espiritualidad —la que yo elijo vivir— no necesita controlar a nadie. No necesita expulsar, señalar ni vigilar. La espiritualidad madura sabe convivir con la diferencia sin sentirse amenazada por ella.
He aprendido que cuando alguien intenta reducirte a un estereotipo, en realidad está revelando sus propios temores.
Y yo no voy a encogerme para acomodar el miedo de otros.
Mi ética profesional sigue intacta. Mi respeto hacia quienes creen diferente sigue intacto. Mi compromiso con la educación sigue intacto.
Lo único que se ha roto es el silencio.
Porque hablar del prejuicio no es atacar. Es visibilizar.
Y visibilizar es el primer paso para que la fe deje de ser una excusa y vuelva a ser lo que siempre debió ser: una práctica de amor, no de persecución.
-Carla Carla Marí