02/01/2026
Reflexionemos : Cuando nuestros padres ya no son los mismos
Hay etapas de la vida para las que nadie nos prepara.
Una de ellas es aceptar que nuestro padre o nuestra madre comienzan a cambiar cognitiva y emocionalmente.
No ocurre de un día para otro.
Llega poco a poco, casi en silencio.
Primero son olvidos.
Luego repeticiones.
Después, conductas que no reconocemos, reacciones inesperadas, palabras que hieren e historias que nunca sucedieron, pero que para ellos son completamente reales.
El deterioro cognitivo no discrimina.
Puede tocar a cualquier familia.
Nadie está exento.
En los hogares de envejecientes, estas historias se repiten a diario.
Vemos los cambios mentales.
Vemos los cambios emocionales.
Vemos cómo una madre o un padre se confunden, se alteran, desconfían, se tornan hostiles o repiten narrativas que no corresponden a la realidad.
Pero también vemos algo más…
vemos a la familia desgastarse.
Vemos al hijo o a la hija que sufre al escuchar las acusaciones.
Al que se hiere cuando su propio padre o madre habla mal de él o de su entorno.
Al que intenta entender cómo la persona que un día lo cuidó, hoy dice cosas que no siente, pero que nacen de una mente que ya no logra organizar recuerdos, emociones y hechos como antes.
Y es bien importante decirlo con claridad:
muchos de estos cambios forman parte del proceso natural de envejecimiento y de condiciones de salud preexistentes.
No siempre se pueden evitar.
No siempre se pueden controlar.
Existen medicamentos que pueden ayudar a retrasar o estabilizar el proceso, pero la realidad es que no todos los casos evolucionan igual.
Algunos avanzan lentamente.
Otros se aceleran de forma inesperada, aun con tratamiento, seguimiento y acompañamiento profesional.
Y ahí es donde más duele.
Porque nadie está preparado para ver a sus padres perder partes de sí mismos.
Porque nadie enseña cómo manejar el duelo anticipado de quien aún está vivo, pero ya no es el mismo.
Aceptar esta etapa implica soltar la imagen del padre fuerte o de la madre clara que siempre supo guiar.
Implica aprender a relacionarnos con una versión distinta de quien fue.
Implica entender que no todo lo que dicen nace de la intención, sino de la confusión.
Que no es falta de amor.
Que no es ingratitud.
Que es una mente luchando por sostenerse.
Acompañar este proceso requiere paciencia, educación emocional y límites saludables.
Porque cuidar no significa permitir el desgaste emocional constante.
Significa comprender, proteger y también cuidarnos a nosotros mismos.
Por eso, siempre es importante buscar alternativas que prioricen la salud y el bienestar físico y emocional de nuestros adultos mayores.
Existen hogares buenos.
Hogares preparados.
Hogares comprometidos que dan la milla extra en el cuidado, la dignidad y el respeto que merecen.
Si llega el momento de necesitar ayuda, no lo veas como un fracaso.
Oriéntate.
Busca información.
Evalúa opciones.
Visita los lugares.
Conoce a las personas que cuidan de tu ser querido.
Y, sobre todo, mantente presente.
Visita con frecuencia.
Observa.
Pregunta.
Involúcrate.
Porque cuando la familia se informa, acompaña y se mantiene cercana, hace la diferencia.
Y porque amar, en esta etapa de la vida, también significa tomar decisiones difíciles…
pero necesarias.