25/11/2025
El “lo siento” automático se ha convertido en una muletilla para muchos de nosotros. Pero, desde la psicología, sabemos que el exceso de disculpas a menudo no nace de la cortesía, sino de la vergüenza o del miedo a ser “demasiado” (demasiado intenso, demasiado lento, demasiado necesitado).
Cuando nos disculpamos por tener necesidades básicas como descansar, poner límites o tener emociones, le estamos enviando un mensaje peligroso a nuestro cerebro: “Mis necesidades son una carga para los demás”. Esto erosiona nuestra autoestima y nos coloca en una posición de deuda constante en nuestras relaciones.
Cambiar la disculpa por el agradecimiento es un acto profundo de salud mental.
En lugar de enfocarte en tu supuesta “falla” (la vergüenza), te enfocas en la bondad o comprensión del otro (la conexión).
Validas tu necesidad sin sentir culpa y reconoces el apoyo que recibes.
El lenguaje que usamos construye nuestra realidad. Cuando vivimos pidiendo perdón por tener necesidades humanas (cansancio, emociones, dudas), construimos una realidad donde nos sentimos una carga.
En cambio, la gratitud, a pesar de las situaciones difíciles o realidades complejas, nos permite reconocer el apoyo que recibimos, las bendiciones que a veces pasamos por alto, los aspectos positivos de la vida que aún persisten.