27/12/2025
"A esos hermanos y hermanas quiero decirles algo sencillo pero necesario: los vemos. Los honramos. Y el amor que aprenden y practican cada día deja una huella que va mucho más allá de su hogar."
Dra. Fermina L. Román – Psicóloga
Hay un grupo de niños que crece aprendiendo lecciones que no aparecen en los libros ni en el currículo escolar: los hermanos y hermanas de niños con necesidades especiales y enfermedades crónicas.
Desde muy pequeños desarrollan una sensibilidad distinta. Aprenden a leer silencios, a esperar, a ceder, a adaptarse. Entienden temprano que el amor no siempre se ve como reparto equitativo del tiempo o de la atención, y que pertenecer a una familia significa sostenerse mutuamente, incluso cuando el camino se vuelve cuesta arriba. Son testigos y guardianes de logros que para otros pasan desapercibidos. Un avance mínimo, una crisis que se logra atravesar, un día que termina en calma. Crecen aprendiendo que el progreso no se mide con comparaciones, sino con constancia, coraje y humanidad. Muchas veces se convierten en defensores naturales, en voces firmes, en presencia protectora sin que nadie se los pida. Este rol fortalece, pero también moldea. Les enseña flexibilidad, tolerancia a la frustración y una forma muy auténtica de alegría. Ven valor donde otros solo ven dificultad. Comprenden que la diferencia no resta, transforma. Y el vínculo que construyen con sus hermanos es profundo, complejo y para toda la vida.
Por eso es importante decirlo con claridad: ellos también importan. Sus emociones cuentan. Sus procesos merecen ser vistos y cuidados. No son “los que están bien” ni “los que no necesitan atención”. Muchas veces son el equilibrio emocional del sistema familiar, la pausa necesaria, el sostén invisible.
A esos hermanos y hermanas quiero decirles algo sencillo pero necesario: los vemos. Los honramos. Y el amor que aprenden y practican cada día deja una huella que va mucho más allá de su hogar.
Dra. Fermina L. Román – Psicóloga