01/03/2026
Desde que comencé a practicar yoga, algo muy profundo empezó a revelarse dentro de mí. Es como si pudiera percibir con claridad la existencia de dos presencias: una externa y una interna.
La externa es la que el mundo ve, la que habla, la que actúa, la que a veces reacciona sin alcanzar a expresar la verdadera esencia que habita en mí. Esa parte todavía está aprendiendo, todavía se está acomodando a una nueva forma de existir.
Pero la interna… la interna es un espacio sagrado.
Allí encuentro una calma inmensa.
Una tranquilidad que no depende de nada externo.
Una paz que no necesita explicaciones.
En ese lugar me reconozco. Me reencuentro. Me sostengo.
Es una presencia suave, sabia, amorosa. No se apresura. No se defiende. Simplemente es.
Y es allí donde quiero habitar.
El yoga se ha convertido en el puente entre estas dos presencias. Cada respiración consciente, cada postura, cada instante de silencio, va alineando lentamente mi exterior con mi interior.
Llegué al yoga prácticamente desconectada de mí misma, fragmentada, dispersa en las exigencias del afuera. Pero ahora siento que estoy regresando. Regresando a casa.
Me siento más sostenida.
Más tranquila.
Más contenida dentro de mí.
Todavía estoy en el proceso de permitir que esa paz interior se exprese completamente en el exterior. Aún me cuesta. Aún estoy aprendiendo a dejar que mi interior guíe mis palabras, mis gestos, mi presencia en el mundo.
Pero algo es seguro: ya no soy la misma.
El yoga no me convirtió en otra persona.
Me está ayudando a volver a quien siempre fui.
Y en ese regreso, me encuentro.
Y al encontrarme, descanso.
Gracias por tu testimonio Lilia ❤️