02/06/2026
🎪 EL ORIGEN OCULTO DE LOS PAYASOS: LA VERDADERA HISTORIA QUE BORRARON 🎪
Antes de ser figuras de circo, antes del maquillaje brillante y las pelucas fluorescentes, los payasos nacieron de un miedo antiguo.
Un miedo tan profundo que ninguna cultura quiso conservarlo…
y por eso lo transformaron en risa.
La palabra clown no surgió del humor, sino de un vocablo que significaba aldeano.
Pero en las montañas heladas de Europa, ese nombre tenía otro eco.
Allí, en una villa olvidada llamada Momokha, se hablaba de los Crathull —o Clouides— seres deformes que emergían desde las grietas de las montañas cada vez que el invierno oscurecía el valle.
Criaturas alargadas, de piel verdosa y rostro blanco por el frío extremo.
Nariz roja por la escarcha.
Ojos amarillos acostumbrados a la oscuridad de las cuevas.
Cabellos rojizos endurecidos por la sangre seca.
Dientes torcidos, largos, capaces de desgarrar hueso.
Eran cazadores.
Pero no de animales.
Los Crathull salían durante las tormentas buscando niños.
La pureza de su carne, decían los ancianos, les otorgaba fuerza para permanecer en este mundo.
Se disfrazaban de aldeanos: ropas viejas, capas de piel, caminar lento.
Se mezclaban con los habitantes.
Esperaban a que los niños se reunieran para limpiar cuero o trabajar en las tareas nocturnas…
y los atacaban quebrándoles el cuello de un solo movimiento.
Para unos, eran demonios que habían encontrado una salida desde el inframundo a través de la montaña.
Para otros, eran los restos degenerados de antiguas familias circenses, deformadas por el aislamiento y el hambre.
El terror duró generaciones.
Hasta que la villa decidió contraatacar.
Muchos murieron intentando cazarlos.
Pero unos pocos lograron derribar a los Crathull.
Y cuando uno caía, los aldeanos le arrancaban la piel para demostrar que estaba muerto…
y luego, en un acto de burla y desafío, se vestían con ella, imitando su andar grotesco.
Esa costumbre —primero ritual, luego festiva— se transmitió de generación en generación.
Con el tiempo, la piel se sustituyó por telas coloridas.
Los rostros blancos por maquillaje.
La sangre por pintura.
Los cabellos enmarañados por pelucas rojas.
Los pies deformes por zapatos enormes.
El monstruo se convirtió en caricatura.
La fobia se transformó en risa.
Así nació el payaso.
No como símbolo de alegría…
sino como un eco distorsionado de criaturas que alguna vez cazaron niños en la nieve.
Y cada vez que un payaso sonríe, exagerado, imposible…
solo está repitiendo la máscara de aquello que la historia intentó enterrar.
Bajo la superficie, emerge un patrón inquietante.
Las piezas encajan cuando se mira desde fuera del sistema.
La verdad no se revela. Se descubre.
Todos los créditos a su autor
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