02/05/2026
Puedes seguir con tu vida porque eso ocurre hacia afuera.
Responder mensajes, cumplir pendientes, hacer lo que toca, seguir funcionando. Ahí sabes qué hacer. Ahí te sientes útil. Ahí todavía tienes control. Hacer, resolver, avanzar… todo eso entra dentro de un lenguaje que conoces y que te ha ayudado a sostenerte.
Pero cuando se trata de disfrutar, de entusiasmarte o de sentir ganas reales, ahí algo no aparece.
No porque no quieras. Sino porque el deseo, la motivación y el placer dejaron de responder como antes.
Eso tiene un nombre: anhedonia.
No es tristeza constante.
Es levantarte sin ilusión.
Es que lo bueno no genere impulso.
Es saber que algo debería gustarte… y no sentir nada.
Cuando el cerebro vive estrés, ansiedad o carga emocional durante mucho tiempo, aprende algo peligroso: que sentir demasiado cuesta. Entonces baja el volumen del placer, del interés y de la motivación para protegerse. No te apaga por completo. Te deja funcional, pero desconectado.
Por eso puedes seguir haciendo cosas, pero sin ganas.
Por eso todo se siente neutro.
Por eso incluso los logros se sienten vacíos.
Y ahí viene la culpa.
Te dices que deberías agradecer más, poner más de tu parte, esforzarte más. Pero la anhedonia no se corrige con voluntad, porque no es un problema de actitud. Es un estado neurobiológico.
Cuando el origen está en cómo el cerebro regula el placer y la motivación, el abordaje también tiene que ser cerebral.
Por eso existen tratamientos no invasivos y basados en neurociencia, como el TMS, que trabajan directamente sobre los circuitos involucrados en la emoción, el interés y la respuesta al placer.
Si esto describe demasiado bien lo que estás viviendo, no lo normalices.
Aplicar a una evaluación es una forma consciente de empezar a tratarlo desde donde realmente ocurre. 🧠