02/19/2026
Aqui les dejo una bonita reflexión. La forma de ver la vida determina como vives.
Nunca te contaron esta parte de la historia.
Y cuando la entiendes… ya no vuelves a leerla igual.
Cuando Moisés fue puesto en la canasta (Éxodo 2)
La parte más impactante no es el milagro.
Es la decisión.
Porque antes de que Moisés dividiera el mar,
antes de que enfrentara a Faraón,
antes de que liberara a un pueblo…
fue un bebé escondido.
Había un decreto de muerte.
El faraón había ordenado matar a todos los niños hebreos varones.
No era un rumor.
Era ley.
Y en medio del miedo, una madre hace algo que parece contradictorio:
para salvarlo… lo suelta.
Lo coloca en una canasta impermeabilizada
y lo pone sobre el río Nilo.
Piénsalo.
El mismo río que representaba peligro
se convierte en el camino del propósito.
Muchas veces imaginamos la escena romántica.
Pero no lo era.
Era una madre soltando lo que más amaba
en un río que podía llevárselo para siempre.
Eso es fe real.
No es fe cuando todo está seguro.
Es fe cuando no tienes control.
Y aquí está lo profundo:
La Biblia dice que lo puso entre los juncos.
No lo lanzó al centro de la corriente.
Lo colocó estratégicamente.
La fe no es irresponsable.
Hace lo que puede…
y confía en lo que no puede.
Ella construyó la canasta.
Dios dirigió la corriente.
Ella lo escondió tres meses.
Dios lo protegió después.
Hay cosas que te tocan hacer a ti.
Y hay cosas que solo le tocan a Dios.
Y entonces ocurre lo inesperado:
La hija de Faraón encuentra al bebé.
No un egipcio cualquiera.
No un soldado.
La hija del hombre que firmó el decreto.
El sistema que quiso destruirlo
termina financiando su formación.
El niño condenado a morir
crece en el palacio.
Aquí está la ironía divina:
El enemigo crió al libertador.
Lo educó.
Lo alimentó.
Lo entrenó.
Dios no solo salvó a Moisés.
Lo posicionó.
Y mientras tanto, su hermana observa a lo lejos.
Eso también es fe.
Hay momentos donde no puedes intervenir.
Solo puedes mirar y confiar.
La madre soltó.
La hermana vigiló.
Dios movió corazones.
Nada fue casual.
El río no lo ahogó.
El decreto no lo alcanzó.
El palacio no lo corrompió.
Porque cuando hay propósito,
la amenaza no cancela el llamado.
Y aquí es donde la historia se vuelve personal.
Tal vez sientes que estás en una canasta.
Pequeño.
Vulnerable.
Sin control del rumbo.
Tal vez el entorno parece peligroso.
Tal vez las decisiones de otros parecen más grandes que tú.
Pero lo que parece abandono
puede ser posicionamiento.
Lo que parece pérdida de control
puede ser dirección divina.
La madre pensó que solo estaba salvando a su hijo.
No sabía que estaba preservando a un libertador.
Tú no siempre sabes lo que Dios está preservando en ti.
Hay temporadas donde no estás avanzando…
estás flotando.
Y flotar también es parte del proceso.
Porque antes de caminar en autoridad,
Moisés tuvo que aprender a depender.
Antes de dividir el mar,
tuvo que sobrevivir al río.
Y tal vez el milagro no fue que lo rescataran.
Tal vez el milagro fue que,
desde el principio,
la corriente ya sabía exactamente a dónde llevarlo.
Cuando entiendes eso…
dejas de temer al río
y empiezas a confiar en la mano invisible
que dirige su curso.